
Antonio Sanguino Páez
“El Mono” de aquellos tiempos.
•
Se llamaba Carmenza Landazábal Rosas. La llamábamos La Mencha. Estudiaba Trabajo Social en la Universidad Industrial de Santander. Era de izquierda. Militó en el Frente Estudiantil Revolucionario Sinpermiso y, luego, en el movimiento político A Luchar. Hacía poco había tenido una hija. El 17 de octubre de 1988, en Girón, Santander, la detuvieron, secuestraron y desaparecieron junto a su compañero Oswaldo Gómez. Era mi amiga. Escribo para recordarla y para que ustedes no la olviden.
El mismo 17 de octubre de 1988 lo supimos. Eran días azarosos. La Quinta Brigada y los organismos de inteligencia habían desplegado una verdadera “cacería de brujas” contra todos nosotros en Bucaramanga y sus alrededores. El ambiente se sentía pesado, brumoso, aculillante. Y todos vivíamos en vértigo, a la espera de lo peor.
Yo había tenido que moverme del lugar donde vivía con Marta y nuestra pequeña Laura. Mientras Marta se refugió en casa de la nona y la negra, su tía, yo me atrincheré en las residencias de la Universidad Industrial de Santander, nuestro territorio liberado”, como solíamos decir. Había que esperar que la marea bajara.
Carmenza estaba en la ciudad desde hacía varios meses. Había llegado con su compañero Oswaldo para el parto de su única hija, que dieron por llamar Luz Elena. Se establecieron, primero con unos familiares de La Mencha, en el barrio San Alonso, territorio de conspiraciones, sueños y bohemias. Y luego en la icónica Villa de San Juan de Girón, en el Área Metropolitana de Bucaramanga. Fue allí, cuando esa mañana ambos salieron a hacer un par de llamadas en un teléfono público situado al frente de su vivienda temporal, cuando recibieron sorpresivamente una avalancha de golpes de un grupo de hombres armados y uniformados de trabajadores de la extinta Telecom, quienes los redujeron y se los llevaron sin rastro y destino final conocido hasta la fecha.
Supimos que habían sido “capturados”, aunque pronto constatamos que engrosaban la dolorosa lista de los desaparecidos de nuestro país, por el llanto de Elena que había quedado sola en la residencia de Carmenza y Oswaldo. Su angustioso reclamo de comida y calor de sus padres, advirtió a los vecinos de que algo no andaba bien. Fueron ellos los que nos avisaron de la “captura” de la pareja y del involuntario abandono de Elena. Los compas nuestros organizaron una brigada para recuperar a la bebé y recoger las primeras informaciones sobre la desaparición de nuestros amigos y hermanos. Elena fue criada por sus abuelos y tíos en la Tona natal de La Mencha, y nosotros emprendimos una dolorosa e infructuosa expedición por ella y su compañero de vida. Nunca más supimos de ellos.
La Mencha, la más desparpajada y descomplicada del grupo, había adquirido su remoquete de parte nuestra, por “la niña Mencha” la protagonista de la telenovela “El Gallito Ramírez”, de moda por aquellos tiempos. Nos conocimos en 1985 cuando arribé a la ciudad, proveniente de Valledupar, para estudiar sociología y luego intentar cursar historia y para darle rienda suelta a una rebeldía que no me cabía en el cuerpo. Ella militaba en Sinpermiso, el lugar perfecto para mis búsquedas revolucionarias. Mi espíritu caribeño enganchó instantáneamente con la irreverencia de la Mencha y desde entonces nos hicimos amigos, compañeros y cómplices.
La Mencha siempre tuvo para mí, afecto a manos llenas. Aunque ella no se comprometía en las disquisiciones teóricas y doctrinarias que me despertaban pasión, su aterrizaje para la actividad práctica era básico y concreto. Pero su humor y su espíritu bohemio enganchaba muy bien con mi aire caribeño que saltaba fácilmente agrietando el caparazón ideológico que me esforzaba tener.
Fue la Mencha, quien, sin pedírselo, se convirtió en la celestina de mi segundo amor en el mundo de la revolución. Como compartía con Marta la militancia en sinpermiso, el ritual y las discusiones académicas en la carrera de trabajo social y las actividades en el movimiento estudiantil y popular, sabía de los dolores y desamores que abrigaba en su alma. Ella también se fue enterando de mis soledades y mi mala suerte en el amor en una ciudad que en sus inicios se me reveló dura y cargada de cierta xenofobia frente a los caribeños. Con fina coquetería me ayudó a reabrir el corazón de Marta y a vencer mis propios prejuicios y timideces. Luego fue nuestra cómplice por siempre, sobre todo en el embarazo y la llegada de Laura.
En medio de los ajetreos de un demandante activismo político no pude percatarme con cercanía de su drama por la salida de la Universidad. Estoy seguro que le dolió. Ella en algún momento me indagó por su quehacer en la actividad política revolucionaria si ya no podía ejercerla en la UIS, que se había convertido en nuestro espacio natural. Yo, si mal no recuerdo, le dije un poco grandilocuente, algo así como: Mencha, no importa donde se estudia, sino donde se lucha.
La Universidad le negó el reintegro a la Mencha y ella buscó espacio para desplegar toda su vocación de lucha y su compromiso social. Lo encontró en A Luchar y pudo estar en la primera línea de pelea en el gran paro del nororiente colombiano de junio de 1987 y en las marchas campesinas de mayo de 1988.
Allí se metió hasta las últimas consecuencias en la organización campesina y popular. Organizaba asociaciones campesinas acá, participaba como formadora en escuelas políticas con activistas en toda la región, en especial en el Magdalena Medio, animaba organizaciones cívicas y populares y barrios y comunas, y se involucraba en las comunidades eclesiales de base en donde hervía el cristianismo revolucionario de Camilo. Su activismo fue desaforado, junto a Oswaldo, su compañero de vida, sin darle tiempo al embarazo de su hija Luz Elena.
Solo el parto y los primeros meses de su hija le dio un poco de reposo, el que no tuvieron quienes nos la arrebataron aquel octubre de 1988. A esos criminales les decimos, les pedimos, les exigimos, devuélvanos el cuerpo de la Mencha, que su risa y sus sueños ustedes no fueron ni serán capaces de llevarse nunca.


Deja una respuesta