
Fanny Cáceres Manrique
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En mis recuerdos no existe un solo día en que en la casa paterna no sonara un radio, ya fuera un viejo radio negro que sonaba a los totazos, o la bonita grabadora que un yerno le había traído de regalo a mi mamá en una Navidad. Siempre sonaba un radio. Cuando mi papá se iba a trabajar había que salir corriendo a apagarlo, porque siempre llamaba desde el saladero porque algo se le olvidaba, o algo se le había olvidado mandar decir para que hiciéramos después de salir de la escuela. Cuando en la tarde llegaba cansado de trabajar, decía que apagaran ese sonsonete, y era verdad: cuando caía la tarde y al haber tanta neblina, la emisora casi ni se podía escuchar, pero como sonaba todo el día, uno ni se daba cuenta de que era solo un ruido con síntomas de chirrido.
Antes de irnos para la escuela debíamos recoger las vacas y los terneros y cuando comenzaba el programa Colombia y su Música, que era a las siete y media, ahí estaba el radio y ya sabíamos que, hubiera lo que hubiera por hacer, debíamos salir corriendo a bañarnos y ponernos el uniforme para llegar a horas a la escuela, que quedaba como a diez minutos a toda carrera por una vega abajo, pasando por el puente de palo que cada tanto había que cambiar cuando el río bajaba grande y se lo llevaba, a veces sin tenedor, esa era la prueba de equilibrio más difícil. Cuando mis hermanas y mi sobrino se adelantaban, yo pasaba montada en el puente, porque la presión de llegar tarde le ganaba a mi equilibrio. Por el radio sabíamos cuando salía una canción nueva; recuerdo que la primera canción que me aprendí fue La carta número tres, de Alfredo Gutiérrez, que fue una bomba porque no se escuchaba otra cosa en todas las emisoras. Por eso se me quedaron de memoria esas canciones y muchas otras que ya la memoria no me deja cantar.
El radio del Roque Julio sonaba con las pilas que ya no le servían a la grabadora de mi mamá; ese señor era feliz. Alguna vez nos contó que necesitaba urgente las pilas porque ese día jugaba Colombia en algún mundial; decía que las ponía al sol o las hervía en agua, y que así le servían, mientras que en la lista del mercado de nuestra casa no podían faltar: las pilas. Cuando mi mamá era la que venía a mercar, ella llevaba una caja de pilas que tenía diez pares; eso significaba que podíamos poner los casetes. Alguna vez mi mamá vino a Charalá y compró un casete de Gabriel Raimón y otro de Las Palomas —a mí no me gustaron, me parecía que los cantantes estaban borrachos, o como bebiendo me imaginaba, por eso no me gustaron—. Para esos tiempos, en la escuela había una clase que se llamaba canto, y debíamos salir a cantar al frente del profesor Raúl y los compañeros: Omaira cantaba Caballo de patas blancas; José cantaba El venadito; Esperanza cantaba Mañana me voy de aquí; Yamile cantaba Sácame este corazón; mis hermanas y yo cantábamos las de José A. Morales, Pueblito viejo, Pescador, lucero y río, o Ven, ven, niña de mi amor, gracias al radio, que todos los días tenía algo nuevo para enseñarnos.
Hoy creo que de allá viene que en mi casa no deje de sonar el radio, ya sea en la Alexa o en la última grabadora que fue de mi mamá y que aún conservo, en la que mi hija pequeña aprendió cómo suena un casete. Por todo esto y tanto más, voy a estar agradecida con la radio, ya que sin ella no hubiera aprendido a escuchar a Juan Gossaín y sus relatos, que lo hacían a uno vivir los momentos con solo oírlo, o a amar las canciones de Roberto Carlos, Raúl Santy, o un tal Joaquín Sabina y su canción con Rocío Dúrcal: Y nos dieron las diez, que me la aprendí sin culpa y la cantaba, pero mi hermana, que era monja, me regañaba, y hoy le hallo la razón: qué hacía una niña de doce años cantando una letra de tan alto calibre. Que Dios nos perdone, y a la radio, mil gracias por las bonitas canciones y también por los difíciles momentos, donde aprendimos a estar siempre del lado correcto de la historia.


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