
Edgar Torres
Profesor de filosofía. Narrador
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Cuando ya era una vieja a punto de morirse, Dámasa Varela —la abuela de Heliodoro Cárdenas— soñaba que era niña. Sin despertar, se enderezaba en el camastro y gritaba lecciones de geografía local expresadas en versos compuestos sin aprobación de los viejos curas doctrineros:
Pajarito zurruco, por Chimaná al Lenguaruco.
Chayita y ají, para llegar a Gualí.
Del Guate a Perique, y a la Loma de Fique.
Nadie supo de dónde sacó esas rimas ni cómo las aprendió. Seguramente de sus propios abuelos y bisabuelos, que tenían apariencia de gente dulce. Otras noches sonreía soñando que una tía de manos pequeñas y suaves le tomaba la cabeza para buscarle las liendras y triturarle los piojos.
La madrugada de un quince de marzo, cuando todos en el rancho tempranearon a sembrar el maíz, la descubrieron de pie, paseando a oscuras con sonrisa infantil, como una niña que exhibe sus trenzas. Entre su hija, Belén Varela y el marido de esta, Severo Cárdenas, la detuvieron y recostaron cuidadosamente. La despertó el ruido de los quienes se preparaban para irse a trabajar. Tomó su café escrutando a los presentes, sin pronunciar palabra.
Una semana después tuvo una serie de pesadillas que la ahogaban, como palabras que se detenían en su garganta sin dejarla respirar, mientras su cuerpo pataleaba.
Esas crisis se desbordaron el viernes a medianoche: en sueños asistía al ingreso indetenible de una marea de pajarracos con cabezas infernales, perros devoradores de gente en huida y olor de pólvora restallada por jinetes que gritaban vivas al señor Jesús, a su Santísima Madre y a la majestad de un rey de tierras que ella nunca vio.
A veces, en su delirio, los perros se convertían en chanchos que corrían mascando los restos corporales de sus amigos y parientes. Bajo la fuerza de esas imágenes absurdas, se enderezó enloquecida y, con los ojos desorbitados, levantó los brazos mientras gritaba a voz en cuello:
—¡Malditos sean los sueños! ¡Malditas las memorias! ¡Va de retro!
El resultado de esta maldición fue tan grave que una sombra fue cubriendo de olvido las historias familiares a medida que los mayores morían. Hasta los vecinos de la Parroquia de Nuestra Señora de Vélez cayeron víctimas de este silencio: Constancio Franco, quien publicó una extensa historia de los hechos de esa provincia, no escribió una sílaba sobre el contenido de aquellos sueños. Ni el historiador local Juan Alberto Rivera aludió al asunto.
Solo al joven Heliodoro le salía de vez en cuando alguna frase sin sentido sobre las pesadillas y la muerte de su abuela. Se avergonzaba de ello y enderezaba rápidamente sus relatos.
Pero el asunto volvió a salir a flote cuando ya nadie se ocupaba del tema. Un joven estudiante de historia, Javier Díaz Díaz, mientras investigaba para su tesis de pregrado, encontró en mohosos archivos de papel periódico unas referencias sueltas a la batalla de Santana, ocurrida a finales de mayo de 1876, durante lo que se conoció de boca en boca como la Guerra de los Curas o Guerra de las Escuelas. Díaz no estaba interesado en el tema puntual y lo dejó consignado como una nota de la que se ocuparía cuando tuviera tiempo libre.
Esa guerra, como tantas otras, enfrentó a unos ricos llamados liberales con otros ricos llamados conservadores. Los primeros querían comerciar los bienes del país e importar suntuarios del otro lado del mar sin pagar impuestos; los segundos, llamados godos regeneracionistas, querían protegerse de todos lo que viniera de afuera: telas, comidas, herramientas y, sobre todo, ideas y lenguas que pusieran en duda la religión católica como la única y verdadera, el castellano como idioma único y el control de los niños mediante la escuela.
Tal vez poca gente supo por qué estaba peleando. Muchos combatientes solo eran liberales y conservadores dando y recibiendo hasta morir. Parte de lo que Heliodoro contaba al respecto coincide con los escritos del profesor Díaz. Según ellos, unas guerrillas conservadoras regeneracionistas, expertas en salvajadas de destrucción y amedrentamiento, llegaron a Santana marchando desde la región del Guavio, territorio cercano a Bogotá.
Esos grupos habían pasado y crecido en Boyacá al mando de quien se hacía llamar su comandante general, un tal Valderrama. Cuando arribaron a la geografía santanera, en una vereda que bautizaron “El Triunfo”se enfrentaron, a cuchillo, machete, garrote y piedra con los rezagos de una tropa liberal acantonada en Vélez.
Dámasa Varela, como todo el vecindario campesino sin distingos de raza ni color, corrió de un lado a otro esquivando los enfrentamientos y esperando el desenlace, como si la pelea no fuese con ella. Al mediodía la reyerta estaba decidida, pero los de Vélez hicieron de tripas corazón para resistir hasta la oscuridad. Se escondieron en la noche y huyeron. La población quedó desprotegida.
Durante la noche, los godos recorrieron sementeras y trochas celebrando su triunfo a los gritos de “¡Viva el Santo Padre!”, “¡Viva la religión católica!”, “¡Viva el obispo de Tunja!” y “¡Viva la obediencia al presidente del Estado Soberano de Boyacá!”.
Sin atender súplicas ni maldiciones, se metieron en los ranchos, donde violaron a las mujeres sin importarles si eran viejas, jóvenes o niñas, en tanto que a las embarazadas les rajaron los vientres y asesinaron a sus criaturas sin haber nacido.
Ninguno de los atropellados supo jamás cuántos ni quiénes de sus hermanos y vecinos se negaron a vivar a los conservadores, prefiriendo ser degollados sin fórmula de juicio. Pero el asunto sobrepasó esos límites. Los liberales asesinados fueron abandonados allí mismo, con la prohibición de enterrarlos, para que, a la vista de todos, los devorasen los perros, los chulos y los cerdos.
Parece que esa destrucción de mundos fue lo que Dámasa les prohibió a sus sueños. Otras personas prefirieron olvidarlo para siempre o convertirlas en nota a pie de página.
Después de la derrota y los desbarajustes, durante meses enteros, los campesinos trigueños, descendientes de blancos y cobrizos, vagaron desorientados, sin atender los cambios de la luna ni la dirección de los vientos. Un amanecer de mediados de agosto se corrió la voz de que habría reunión de dispersados en La Loma de Capitanes. Convocaba un enviado de los veleños.
Dámasa Varela y sus parientes que sobrevivieron al ultraje fueron llegando al sitio. Les ofrecieron café negro y arepas de maíz pelado. Entre cuchicheos y miradas bajitas se enteraron de que estaban reclutando a cuantos quisieran marchar en montonera para meterse en la guerra y cobrarles desquite a los partidarios de la regeneración conservadora.
Conforme pasaron las horas, un clima de confianza caliente levantó a jóvenes y viejos, fueran hombres o mujeres, y terminó arrastrándolos consigo a donde tuvieran que ir para cobrar venganza. A los gritos y vivas al Partido Liberal y sus radicales, estas chusmas de Santana corrieron por los caminos de Oiba y Guadalupe, bajaron por las riberas del Saravita hasta llegar por fin a la Villa de Nuestra Señora del Socorro, pero no tuvieron confrontación con enemigo alguno.
Entre la confusión de los caminos, la joven Dámasa recibió propuestas de abrazarse con otros mozos montoneros, pero ella solo pensaba en poner las cosas en su sitio con quienes ultrajaron su cuerpo y cegaron la vida de sus parientes y amigos.
Las órdenes llegaban y volvían como un revoltijo de rumores que los llevaron por vecindarios de la población de Bucaramanga. Treparon por una geografía arisca y paramuna hasta dar con las famosas tierras de Pamplona y más allá.
Por fin, envalentonada por una rabia santa de puños cerrados, Dámasa participó en las griterías y palizas de La Donjuana y estuvo a punto de entrar en acción en Mutiscua, pero los godos Valderrama, el boyacense, y Canal, que venía movilizándose desde Cúcuta, se rindieron a cambio del respeto por sus vidas.
El día que se firmó la rendición, el coronel Salvador Vargas, jefe del segundo ejército de los liberales radicales, explotador de bosques y comerciante de quina en asocio con el presidente del Estado Soberano de Santander, general Solón Wilches, se paseó triunfal entre sus montoneras.
Deslumbrada por semejante aparición divina, esa santanera, recién bañada y con las ropas sucias cambiadas por otras nuevas que le habían entregado los cuadrilleros de su partido, quebró el silencio respetuoso gritando a todo pulmón, mientras levantaba el brazo derecho y empuñaba un machete:
—¡Viva mi coronel Vargas! ¡Viva el Partido Liberal!
Terminado el acto de revista a las cuadrillas, el militar la hizo arrimar a su presencia, le puso la mano sobre los hombros y la jaló hasta sentir su vientre palpitando contra su barriga. Sin más consideraciones, celebró con ella la victoria.
Su preñez compensó la deshonra de la joven y le devolvió el orgullo. No se le ocurrió pedir el apellido para su criatura, sino que la marcó con el suyo y le puso por nombre Belén Varela, para que todos supieran de su venganza: que el apelativo de su padre quedara en las sombras de la guerra, mientras ella proclamaba a los cuatro vientos que en su vientre crecía la hija del Coronel Vargas.
Nada más y nada menos.


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