
Leonardy Bolívar
No soy escritor, soy desempleado
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Prefacio
Este texto no es un análisis ni una verdad revelada. Es una constatación incómoda: el poder no cambia, solo se disfraza. La historia no avanza; se repite, casi siempre contra los mismos.
La historia que comparto hoy ha sido más que un reto: una verdadera tortura contra mi pensamiento, contra mis principios fundamentales y, sobre todo, contra la realidad del mundo en el que el Humus sapiens se cree la especie dominante. Llegó a mis horas de ocio —por esa manía tan moderna de “canalear”, más exactamente de zapear— una entrevista que le hiciera, el 22 de febrero de 1964, la periodista norteamericana Lisa Howard, de la cadena ABC, al comandante Che Guevara, en su despacho del Ministerio de Industrias de Cuba, en La Habana. Una verdadera joya histórica, no solo por los personajes involucrados, sino por el pensamiento que representaban y las posturas ideológicas que cada uno encarnaba.
Por esa costumbre casi compulsiva de compartir lo que considero valioso, le envié el enlace de la entrevista a César, quien —por alguna razón que aun no entiendo— ha publicado un par de mis historias en su portal de opinión. La intención era simple: que la viera y, si podía, le sacara algún provecho. Sin embargo, para mi sorpresa, me respondió que efectivamente era una joya y que escribiera algo en torno a ella. Como buen autómata, le contesté de inmediato que con mucho gusto lo haría, sin medir las implicaciones que eso significaba. Entre otras, la más grande: no soy analista político, ni periodista en la nómina de ningún gran emporio económico. Solo soy un campesino al que su taita echó a la escuela, donde aprendí a leer y, desde entonces, conozco el mundo sin salir del patio de la casa.
Para entrar en materia, compartiré dos de las preguntas y respuestas de aquella entrevista de casi dos horas. Son las dos primeras, suficientes para meternos en el entresijo del poder político y pasearnos por un poco de historia, esa que hasta hace poco yo creía exclusiva del subdesarrollo de América Latina, pero que hoy entiendo —con algo más de ampliación cerebral— que pertenece al mundo entero, y no solo al actual. Lo que hoy ocurre en los países pobres ha ocurrido desde siempre, desde los pueblos más primitivos.
Lisa le dice al Che:
—“Señor Guevara, desde el triunfo de la revolución, la economía cubana —según los informes— se ha deteriorado seriamente en todos los sectores”.
El Che responde como funcionario que conoce su cartera y como revolucionario convencido:
—“Su pregunta es una afirmación; lo primero que hay que hacer es destruir la afirmación. Las cifras muestran la realidad: la producción industrial ha aumentado desde 1959 a una tasa del 7 % anual… La industria azucarera ha decrecido un poco debido a la sequía de los dos últimos años. Eso ocurre porque dependíamos del monocultivo de la caña. Estamos produciendo algodón que antes se importaba en su totalidad…”
Luego Lisa pregunta:
—“¿Cuánto afecta el bloqueo económico impuesto por los Estados Unidos a la economía cubana?”
Y el Che responde:
—“No puedo dar una cifra exacta de la incidencia del bloqueo sobre Cuba, incluso porque el bloqueo tiene facetas negativas y facetas positivas. Entre las positivas está el desarrollo de la conciencia nacional y del espíritu de lucha del pueblo para superar las dificultades. Pero si usted considera que casi toda la maquinaria cubana, la mayoría de las industrias —algunas de carácter exclusivo— provenían de los Estados Unidos, y que Cuba era receptora de maquinaria vieja que los capitalistas enviaban aquí para aumentar sus ganancias…”
Mi padre decía: “No hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista”. Hoy veo que tenía razón. Cuba lleva más de 65 años de bloqueo económico impuesto por los Estados Unidos, con el aval tácito de las Naciones Unidas. Recordemos que la ONU nació al terminar la Segunda Guerra Mundial, en un mundo reordenado por los vencedores: Estados Unidos y la Unión Soviética. Desde entonces comenzó la Guerra Fría, con dos potencias ideológicamente enfrentadas, cada una aplicando sus propias formas de colonialismo sobre los pueblos más débiles.
Estados Unidos aplicó para América la Doctrina Monroe, política exterior formulada en 1823 bajo el lema “América para los americanos”. Inicialmente pensada para frenar el colonialismo europeo, terminó convertida en la justificación de la hegemonía estadounidense, legitimando intervenciones militares y políticas, transformando la región en su patio trasero y dejando un legado de desconfianza que aún persiste.
Los vencedores siempre ponen las reglas, y la creación de la ONU no fue la excepción. Fundada por 51 países con el supuesto compromiso de mantener la paz y la seguridad internacional, fomentar la amistad entre las naciones y promover los derechos humanos, hoy cuenta con 193 miembros. Sin embargo, sus objetivos ideales se diluyen cuando se observa su funcionamiento real: centralizar y armonizar los intereses de las grandes potencias, subyugando pacíficamente —cuando es posible— a los Estados más débiles.
Como decía mi padre: “Hecha la ley, hecha la trampa”. El Consejo de Seguridad de la ONU, encargado de velar por la paz mundial, está compuesto por 15 miembros, cinco de ellos permanentes y con poder de veto: China, Estados Unidos, Francia, Rusia y Reino Unido, todos vencedores de la Segunda Guerra Mundial. Ese veto les permite bloquear cualquier resolución que afecte sus intereses, salir impunes legalmente y legitimar sus acciones a costa de los más débiles.
En ese orden de ideas, Estados Unidos legalizó su intervencionismo y colonialismo, que ya practicaba desde siempre: la anexión de territorios mexicanos, el patrocinio de la separación de Panamá de Colombia en 1903, y una larga lista que se amplió tras la creación de la ONU. Corea, Vietnam, el bloqueo a Cuba desde 1958, En 1965 la Invasión de República Dominicana, En 1967 interviene en el Congo (Zaire), 1968 Estados Unidos inicia una campaña secreta de bombardeos contra objetivos a lo largo de la ruta Ho Chi Minh entre Laos y Camboya, Guatemala en 1954 con el derrocamiento de un gobierno legítimo por atreverse a impulsar una reforma agraria que afectaba a la United Fruit Company, Bahía de Cochinos en 1962, Laos, Indonesia, República Dominicana, Congo, Camboya, Chile en 1973 con el golpe contra Allende, la Escuela de las Américas y los escuadrones de la muerte en Centroamérica, Libia, Panamá, Irak, Haití y una lista interminable que llega hasta nuestros días.
El 16 de abril de 1986, el presidente Reagan informó ataques contra instalaciones del líder libio, coronel Muammar Gaddafi que termino con su derrocamiento, el proyecto social más ambicioso, tal vez del mundo en del siglo pasado. En 1989 y 1990, invadieron Panamá y secuestraron al general Manuel Noriega.
En el 2003 invadieron y robaron Irak acusándolo de tener armas de destrucción masivas, y siguieron interviniendo en todo el mundo; hasta la actualidad; En el 2004 patrocinan y colaborar con el golpe de estado en Haití.
En la historia reciente, ya entrado el 2025, bajo el gobierno de un mitómano de apellido Trump, Estados Unidos volvió a atacar Irán acusándolo de tener armas de destrucción masiva, luego, concentró su flota naval en el Caribe, asesinó decenas de pescadores acusándolas de narcotraficantes y coronó la faena con el secuestro del presidente venezolano Nicolás Maduro, en una acción militar que dejó más de cien muertos. Todo, por supuesto, en nombre de la democracia y la seguridad hemisférica.
Lo que parecía una apertura geopolítica quedó descartado en cuestión de semanas. Se demostró, una vez más, que el débil no puede confiar su vida en el poderoso: este siempre tendrá intereses propios, casi nunca coincidentes con los del aliado circunstancial. En geopolítica, las grandes ligas negocian a espaldas de los países sin respaldo militar. Venezuela fue moneda de cambio, Ucrania ficha de negociación y la traición se ejecutó sin pudor ni testigos.
Rusia tampoco es inocente. Aunque a menor escala, ha ejercido su propio imperialismo en su zona de influencia, siendo la invasión a Ucrania el ejemplo más reciente y brutal.
Lo verdaderamente triste de todo este recuento no es el sufrimiento de los pueblos —eso ha ocurrido a lo largo de la historia—. Desde Alejandro Magno, que conquistó el Imperio Persa y extendió su influencia hasta la India, creó el período Helenístico más grande de la antigüedad; hasta Gengis Kan, fundador del Imperio Mongol en la Edad Media fue el imperio más grande de la historia, abarcando desde Asia Central hasta Europa Oriental, incluyendo partes de China, Rusia, Persia y más, se cree por estudios de genética que cerca del 0,5% de la población mundial actual portamos sus genes.
Incluidas las conquistas europeas hasta el colonialismo moderno, el fuerte siempre ha impuesto su ley, “la ley de la selva”. La diferencia es que hoy ya no se necesitan ejércitos cuerpo a cuerpo: bastan préstamos impagables, bloqueos económicos, sanciones y, cuando eso no funciona, una invasión “justificada”.
Eso mismo explicaba el Che en 1964. Y hoy, 65 años después, la estrategia sigue intacta.
Y para reafirmar que las cosas no cambian, el poder se mantiene en todas las esferas de la vida cotidiana. La educación forma ciudadanos dóciles a las estructuras económicas que los formaron “verbigracia”, escuche en una entrevista anoche a un decano de economía, de una prestante universidad capitalina decir: “el incremento del salario mínimo para este año hace daño a la economía del país”; los medios de comunicación repiten el libreto que les dictan; los periodistas aprenden rápido hasta dónde pueden preguntar. Las potencias militares ya no ocupan países: ocupan narrativas. Un poder más sofisticado, más limpio y, por eso mismo, más peligroso, “los medios de comunicación”.
Mientras tanto, el ciudadano común sigue creyendo que la historia avanza, que el mundo ha cambiado, que las instituciones internacionales existen para proteger a los débiles. Pobre iluso. La historia no avanza: se repite, con mejores cámaras, discursos más pulidos y muertos más anónimos.
Hoy, como ayer, los poderosos deciden el destino de los pueblos en salones cerrados. Intercambian países como fichas de dominó y luego salen a hablar de derechos humanos, democracia y paz mundial. El bloqueo se llama “sanción”, la invasión “intervención humanitaria” y el saqueo “libre mercado”. Y la ONU, fiel a su costumbre, mira para otro lado y bendice con su silencio.
Por eso, cuando uno vuelve a escuchar aquella entrevista de 1964, entiende que no hablaban solo de Cuba. Hablaban del mundo. De este mismo mundo que, seis décadas después, sigue funcionando bajo la misma ley no escrita: el fuerte manda, el débil resiste y el que no aguanta… desaparece del mapa y del noticiero.
Por eso sigo zapeando, miro noticieros, no miro canales tradicionales busco información de diferentes fuentes. No es ideología ni nostalgia. Es memoria.
Lo mismo que antes


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