
Gustavo Melo Barrera
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A un año y medio de las elecciones presidenciales en Colombia, el panorama político parece un tablero abarrotado de piezas, pero con las más decisivas aún en reserva. Se habla de cerca de cien posibles candidaturas entre partidos tradicionales, movimientos emergentes y campañas por firmas. Sin embargo, los verdaderos pesos pesados esperan su momento, cuidándose de no “quemarse” prematuramente en medio de la polarización y la guerra mediática.
En la derecha, y particularmente en el uribismo, no aparece una figura capaz de romper con los vínculos históricos de ese sector con el paramilitarismo, la corrupción y el narcotráfico. Las apuestas se reducen a nombres desgastados y sin credibilidad. En la centro-derecha la situación no es mejor: abundan las sombras de investigaciones, desfalcos y escándalos de contratación. Incluso figuras que en su momento coquetearon con el gobierno actual, hoy tratan de sobrevivir al desgaste de la corrupción.
La izquierda, en cambio, amplía sus opciones. A la indiscutible figura de Carolina Corcho se suma la solidez de Iván Cepeda, político con trayectoria, respaldo social y proyección internacional. Ambos representan rostros frescos dentro del proceso de cambio iniciado en 2022.
Lo que sigue siendo inexplicable es la ausencia en el escenario de Iván Velásquez, exministro de Defensa y hoy embajador en el Vaticano. Su nombre, por peso histórico y capacidad, tendría el potencial de alterar radicalmente el equilibrio de la contienda.
Iván Velásquez, el presidente del “segundo tiempo”
La eventual candidatura de Velásquez sería un plus para la baraja electoral. Su carrera lo ha enfrentado, sin titubeos, a las mafias políticas y criminales que durante décadas han permeado las instituciones. Fue perseguido por el uribismo y atacado por su independencia en la investigación de la parapolítica. En Guatemala, las élites corruptas lograron expulsarlo tras sus investigaciones desde la CICIG. En Colombia, sectores de la oposición, parte de la prensa y un Consejo de Estado con magistrados al servicio de las mafias lo apartaron de la cartera de Defensa, con la complicidad de un procurador cuestionado.
Y sin embargo, Velásquez se mantuvo en pie. Su hoja de vida es un inventario de servicios al país: magistrado auxiliar de la Corte Suprema, investigador de parapolítica, jefe de la CICIG en Guatemala, ministro de Defensa y ahora diplomático en la Santa Sede. Su nombre representa independencia, transparencia y coraje.
Un eventual ingreso suyo a la carrera presidencial lo convertiría en el presidente del “segundo tiempo”, el encargado de consolidar el cambio y blindarlo frente a los embates de las mafias políticas y económicas. Su sola presencia en la baraja de precandidatos podría reordenar la contienda y darle a la izquierda un candidato de consenso con talla de estadista.
La gran pregunta es si su silencio es una estrategia o una renuncia.
Uribe y el error que fracturó a su partido
Uno de los elementos más visibles del panorama es el error político de Álvaro Uribe Vélez. Desesperado por mantener la vigencia de su partido, decidió entregar las banderas del uribismo a dos herederos de clanes cuestionados: Juan Carlos Pinzón y Miguel Uribe Londoño. Ambos representan la continuidad de una política tradicional atada a sectores de poder con conexiones con la corrupción.
Ese movimiento abrió un boquete interno en el uribismo. Los llamados “pura sangre”, aquellos seguidores que todavía creen en el mito del líder incansable, se sintieron traicionados. La desazón en las bases es evidente: no solo ven a su jefe debilitado, sino que ahora deben respaldar a figuras sin carisma, sin independencia y con una sombra de ilegitimidad que ni siquiera el caudal histórico de Uribe logra maquillar.
Este error refleja algo más profundo: el esfuerzo del expresidente por salir de la casa por cárcel lo debilitó en su inteligencia política. El hombre que en su momento parecía un estratega imbatible, hoy luce acorralado, temeroso de volver a caer en manos de la justicia. Esa desesperación lo ha llevado a movimientos erráticos, entregando el capital político de su partido a candidatos que no representan renovación, sino decadencia.
El “paso al costado” de Vicky Dávila
En medio de este panorama aparece un capítulo paralelo que revela el papel de ciertos sectores de la prensa. Vicky Dávila, quien durante años se presentó como periodista independiente y crítica, terminó alineada con los intereses de Miguel Uribe Londoño. Su promesa de dar un “paso al costado” en la campaña, para apoyar de manera velada al candidato uribista, dejó claro que su función no era otra que actuar como bisagra mediática para oxigenar a una figura débil.
Ese movimiento terminó por sepultar la poca credibilidad que le quedaba. Vicky, que alguna vez fue temida por su estilo incisivo, pasó a ser vista como una operadora política más. Y con ello, se derrumba también la ilusión de un periodismo independiente, hoy reducido a herramienta de las mafias políticas.
El tablero por armar
De aquí a 2026 veremos no una carrera de cien candidatos, sino la consolidación de tres o cuatro fuerzas reales: una derecha debilitada y sin liderazgos claros, un uribismo fracturado después de entregar sus banderas a herederos de la corrupción, un centro reducido a acuerdos de supervivencia y una izquierda que, con figuras como Corcho, Cepeda y eventualmente Velásquez, podría capitalizar el momento histórico.
El silencio de algunos puede ser estratégico, pero en política los tiempos lo son todo. En esa espera se juega no solo una elección, sino la posibilidad de consolidar o frustrar definitivamente el cambio.
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