
Leonardy Bolívar
No soy escritor, soy desempleado
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Prefacio
Esta historia nació de un café con mi hermana, donde un perro muerto, un ocobo de cien mil pesos y la memoria de nuestros antepasados bastardos se mezclaron sin pedir permiso. Así volvió la inspiración: recordándome que, en nuestra familia, hasta la tierra heredada tiene mejor cuento que nosotros mismos.
Nunca he sabido si escribir es un don, una manía o una condena hereditaria, como la rodilla mala del abuelo o los silencios incómodos en las reuniones familiares. El caso es que llevaba meses seco, en ayuno de palabras, tratando de sacar adelante una historia muy seria ―demasiado seria― sobre una entrevista al Che de 1963. Cada vez que abría el archivo en el computador sentía que el Che me miraba desde la pantalla, con cara de: “¿Y a este vago quién lo obligó a escribirme?”. Así que avanzaba a paso de tortuga reumática: dos líneas por semana y un bostezo por párrafo.
Fue mi hermanita la que me rescató del letargo, como suele pasar: uno se cree escritor porque leyó dos libros y medio, y luego llega la vida con su brutalidad cotidiana, se sienta a la mesa, pide café y le suelta una historia mejor.
Aquella tarde estábamos en la cocina de su casa, apoyados en la barra, con dos pocillos de café recién colado. El aroma era de esos que uno quisiera canonizar: café de olla, sin más pretensiones que despertarle a uno la conciencia y, si se puede, la memoria.
—¿Y entonces, ¿qué hizo el fin de semana, hermanita? —le pregunté, más por compromiso que por interés, convencido de que me iba a hablar de mercado, de trasteos o de esas reuniones familiares por Zoom donde nadie sabe a quién mira.
Ella suspiró, apretó el pocillo con las dos manos y dijo:
—Estábamos por la Senda de Ícaro… en el sepelio de las cenizas de Ícaro.
No supe si reírme o persignarme. La “Senda de Ícaro” es la finca de recreo de ellos, llamada así en honor al perro de la casa, un Golden Retriever más sabio que todos los humanos que lo rodeaban. Yo siempre lo dije sin vergüenza: ese animal entendía mejor el mundo que la familia entera. Cuando Ícaro me saludaba con ese meneo de cola solemne y esos ojos de filósofo cansado, yo sentía que por fin alguien en esa casa tenía algo de pensamiento crítico.
—¿Y qué tal el sepelio? —le pregunté, con una ceja levantada.
—Preocupada con el hijito —respondió ella, refiriéndose a mi sobrino— Le dio por enterrar las cenizas de Ícaro y sembrar un ocobo encima, en su honor.
Hasta ahí todo sonaba razonable, casi poético. Pero había subestimado el poder destructivo de la ignorancia citadina mezclada con el comercio electrónico.
—Para empezar —continuó mi hermana—, la novia le regaló el árbol. Lo compró por internet, por supuesto, sin preguntar dónde se conseguía. Le costó cien mil pesos.
Hizo una pausa dramática y me miró como si yo tuviera la culpa.
—Si lo hubieran comprado en el vivero, camino a Garagoa, no pasaba de quince mil —remató, con esa precisión contable que solo da la experiencia de pagar sobrecostos toda la vida.
Yo ya me imaginaba a la novia, iluminada por la pantalla del celular, pulsando el botón de “comprar ahora”, sintiéndose ecologista de Instagram y novia ejemplar: “amor, mira, te compré un árbol por Mercado Libre, para sembrarlo sobre tu perro muerto”. Hermoso gesto, sí, pero cien mil pesos por un ocobo que en el pueblo brota hasta entre las piedras… El capitalismo no perdona ni el duelo.
—Y eso no es lo peor —siguió ella, ya con tono de editorial de domingo—. El muchacho decidió hacer él mismo el hueco.
Yo, que conozco a mi sobrino, casi me atraganto con el café. Ese niño no ha cogido en su vida una herramienta que no tenga pantalla táctil.
—Se levantó tempranísimo —me contó mi hermana—, todo decidido, creyendo que en media hora dejaba todo listo. Se fue con un azadón como si fuera a plantar una matica de albahaca en maceta. Cuando le dije que el hueco debía ser de cuarenta por cuarenta, casi se muere. Terminó usando barra, ahoyador, y lo que pretendía hacer en media hora se le volvió dos horas de sudor y blasfemias.
Yo me lo imagino, pobre criatura, luchando con la tierra como si fuera enemigo personal, mientras Ícaro, desde el más allá, lo miraba y movía la cola con condescendencia: “Doce años fui tu perro, y apenas hoy sabes lo que es un azadón”.
Pero la parte realmente gloriosa vino después:
—Quería enterrar las cenizas de Ícaro con su cobija preferida, sus juguetes, la pelota, todo… —dijo mi hermana, abriendo los ojos en señal de tragedia—. Y encima sembrar el árbol.
—¿Y qué pasó? —pregunté, ya divertido.
—Pues que le dije que no podía enterrar ese montón de trastos que no se descomponen y, encima, pretender que el árbol creciera. Eso fue el acabose. Se armó el drama. El niño no entiende de campo, ni de árboles, ni de finca…
La vi mirarme como buscando complicidad, y decidí echarle sal a la herida:
—La generación de nuestros hijos es citadina, hermanita —le dije—. Nosotros tenemos la culpa. Los criamos para que no supieran distinguir entre una pala y una tablet.
Ella frunció el ceño.
—Eso mismo pensé —respondió—. Entonces le pregunté: “Hijo, cuando yo me muera, ¿qué será de las propiedades que tenemos en el campo?”.
Tomó aire, se acomodó mejor en la banqueta, como quien se prepara para disparar.
—¿Y qué dijo el ingeniero de sonido? —pregunté.
—Pues madre —me respondió él—, si no necesito dinero, lo único que no venderé son los Cinchos y el Escubillal. Porque tú dices que son herencia desde los tatarabuelos y significan mucho para ti. Lo demás… tú sabes que el campo no es lo mío.
Por un momento se hizo silencio. El café seguía humeando entre nosotros, como si no se atreviera a meterse en ese tema de herencias, ventas y sentimentalismos rurales.
Los Cinchos. Ahí estaba la palabra mágica. Un pedazo de tierra heredado con más historias que metros cuadrados, más cicatrices que escrituras. Yo conocía el nombre, por supuesto, pero no toda su historia.
—A ver, hermanita —le dije—, ¿y desde cuándo se puso tan romántico ese pedazo de terreno?
Ella sonrió con esa mezcla de ternura y rabia que solo despierta la memoria familiar.
—Yo le he dicho siempre —me explicó— que esa parte de la herencia no se enajena. Nunca. Así me toque enfrentarme a la modernidad, como me ocurrió hace un par de años, cuando un abogado de pacotilla quiso pasar una carretera por su suelo. ¿Sabía usted, hermanito, que los Cinchos los compró el padre de nuestro padre con monedas de limosna?
Yo me enderecé en la silla.
—No señora, eso sí no lo sabía. ¿De dónde saca usted eso?
Ahí comenzó a desplegarse, como telón viejo de teatro, toda la escena de nuestro pasado.
Resulta que el abuelo Manuel, campesino pobre hasta la transparencia, descendía de los guanes, los indígenas que ya estaban en esa tierra cuando llegaron los españoles a enseñarles a trabajar para otros, a rezar de rodillas y a morirse en nombre de Dios y de la patria. Para completar, el pobre era hijo bastardo, de esos que ni apellido completo podían llevar porque el honor de los señores había que protegerlo, aunque ya hubieran cumplido con el pecado completo.
—Por eso —me recordó mi hermana— nuestro apellido es Bolívar y no Gómez, como los tíos.
Yo asentí. Algo de eso nos había contado mi padre, una vez, en una noche de esas en que el aguardiente afloja las verdades que la vergüenza mantiene amarradas. El abuelo se llamó Manuel Gómez porque era hijo bastardo; el llevaba el apellido materno, el apellido de la sangre, ese era Bolívar, pero eso no se escribía en ninguna parte. Bastardo marcado desde la partida de bautismo.
—Y mire cómo son las vueltas de la vida —siguió ella—. Nuestro padre, cuando fue al ejército, tenía que sacar sus papeles de identidad. En esa época uno no andaba con cédula desde los dieciocho; allá lo bautizaban de nuevo, pero con tinta. Le preguntaron cómo se llamaba y él, por fin, reclamó lo suyo: se identificó como Martín Bolívar.
Uno podría pensar que con eso se acababa la maldición, pero no. El estigma de ser “hijo del bastardo” se extendió como plaga a nuestras tías. En la vereda nadie perdía la oportunidad de sentirse un peldaño más arriba si podía señalar a otro hacia abajo.
—A la tía Herminia —me contó mi hermana, removiendo el café como si removiera el tiempo— nunca la respetaron. Fue amante de don Justo, hombre de plata, casado, por supuesto. De esa unión nació Ana. La tía Herminia murió cuando la niña tenía apenas dos años.
Ana, heredera doble de la bastardía, fue criada por la tía Socorro, que se echó encima la niña y el chisme. Hasta en el colegio en Boavita le cerraron puertas: las monjas, guardianas del decoro ajeno, no admitían “hijas bastardas”, por eso sé quedo sin estudiar.
La otra tía, María, corrió peor suerte. Fue amante de don Juan y murió en su primer parto, junto con el hijo que venía en camino. En esos tiempos se paría en la casa, con partera, y cuando el parto se complicaba, la voluntad de Dios solía coincidir sospechosamente con la falta de médico.
—La única que se salvó fue la tía Socorro —concluyó mi hermana—, y eso porque se casó con un viudo. Ya nadie más la quería por estar señalada de antemano.
Yo, con la insolencia que me caracteriza, no pude evitar decir:
—Hermanita, yo diría que mis tías fueron progresistas en su tiempo. Por lo menos eligieron con quién acostarse. Y hasta privilegiadas, porque eran hermosas y las cortejaban.
Ella me miró como quien mira a un hereje al que, igual, se le tiene cariño.
—Usted siempre con sus comentarios —refunfuñó—. Pero deje la payasada y ponga atención a lo del abuelo Manuel.
Ahí vino la parte épica, de guerra y miseria, esa mezcla tan colombiana que parece receta de cocina: tres partes de pobreza, dos de abuso, una de patrioterismo y un cura que bendice todo.
El abuelo Manuel, joven y ya viviendo con la abuela Encarnación, fue reclutado por los conservadores para pelear en la famosa Guerra de los Mil Días. No lo llamaron por héroe ni por patriota; lo agarraron por pobre. En Boyacá hicieron barrido: todo hombre que respirara y pudiera sostener un fusil era candidato. Que tuviera familia era un detalle menor.
—Ahí no importó que fuera bastardo —dijo mi hermana, con ironía—. Bastardo sí, pero útil para morir.
Lo mandaron a Santander, a enfrentar a las guerrillas liberales, mientras en Bogotá los señores liberales y conservadores discutían en el Congreso, tomaban café y se cuidaban mucho de que la guerra no les salpicara la ropa. Ni un solo político muerto, eso lo dicen los libros. Pájaros de cuenta mandando a pelear gallos flacos, con la bendición de la Iglesia que siempre tiene una oración lista para cada bando, y la misma caja de diezmos para todos.
En una de esas batallas, una bala de Gras ―ni siquiera balas decentes le tocaron― le destrozó el fémur de la pierna izquierda. Quedó lisiado para siempre. No hubo rehabilitación, subsidio, ni pensión de veterano. Se demoró un año en regresar a su vereda por sus propios medios, apoyado en lo que encontró, arrastrando una pierna que ya era más madera que carne. Volvió sin gloria, sin medallas, pero con una pierna de palo.
Y, sin embargo, con esa pierna de palo se echó encima la tarea de alimentar a su familia. Caminaba hasta las salinas de Chita a comprar sal, la cargaba a la espalda, y la llevaba hasta Boavita y La Uvita para venderla, muchas veces en trueque: sal por maíz, sal por fríjol, sal por sobrevivir un día más.
Entre posada y posada pedía limosna. Las moneditas que le daban, las guardaba aparte, como quien guarda un sueño en una cajita. Esas monedas, recogidas de manos ajenas, de caridad que a veces venía más cargada de lástima que de misericordia, fueron las que le permitieron comprar, en 1901, ese pedazo de tierra llamado los Cinchos.
—No pude encontrar por cuánto los compró —dijo mi hermana—. Pero sí sé que para él aquello fue más que un negocio. Fue desagraviar su vida. Tener algo suyo, propio, un pedazo de tierra que nadie pudiera negarle por bastardo o por pobre.
Nos quedamos callados un instante. Yo miré el pocillo de café, ya medio frío, y sentí que ese terreno, con nombre de trampa —porque “Cinchos” suena a lugar donde el mundo aprieta y su nombre describe perfectamente su topografía—, pesaba como un testamento sobre la mesa de la cocina.
—Y ahora viene el hijo —continuó mi hermana, ya volviendo a la actualidad—, y dice que si necesita dinero vende todo menos los Cinchos y el Escubillal.
—Algo es algo —dije—. Por lo menos respeta la historia.
—Respeta a distancia —me contestó—. No distingue un ocobo de un palo de escoba, pero eso sí, los “Cinchos” no se venden, porque la mamá se lo repite desde chiquito.
Ahí entendí la escena completa: el muchacho enterrando cenizas de perro en cobija sintética, con juguetes de plástico, bajo un árbol que le costó siete veces lo que valía, en una finca que para él no es más que un escenario de fines de semana. Y al fondo, como telón, la historia de un abuelo cojo que caminó con una pierna de palo, llevando sal a la espalda, recogiendo limosna para comprar un pedazo de tierra que no lo humillara.
Si eso no es la radiografía del país, no sé qué lo sea.
—Hermanita —le dije al final—, no se preocupe tanto. Al fin y al cabo, eso somos: hijos de bastardos, nietos de lisiados de guerra, herederos de un pedazo de tierra comprado con monedas de limosna… y padres de muchachos que compran árboles por internet.
Ella sonrió, rendida.
—Y entonces, ¿qué va a hacer con esa historia? —me preguntó.
Yo miré la pantalla apagada del celular, donde me esperaba el archivo del Che de 1963, bostezando en silencio.
—Lo que haría cualquier bastardo que se respete —respondí—: escribirla.
Y ahí, entre el aroma del café ya tibio y el eco de las palabras “Cinchos”, “bastardo”, “ocobo de cien mil pesos” y “perro sabio llamado Ícaro”, sentí que la inspiración regresaba, no como un rayo divino, sino como lo que siempre ha sido en nuestra familia: una necesidad terca de dejar constancia, aunque sea en papel, de que existimos y de que, a pesar de todo, no nos vendemos tan fácil. Ni nosotros, ni los Cinchos.


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