
Aura María Díaz
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Un día después de los resultados de las elecciones del 31 de mayo en Colombia, me escribió mi profesora de Álgebra del colegio. Me dijo: “No puedo creer que en Santander haya tantos hipócritas votando por un man que quiere hacer fracking y minería. Como cuando se incendió el páramo de Santurbán, ahí sí todos preocupados. Son unos hipócritas”. Acto seguido, me sugirió que escribiera una columna sobre ellos.
Estos días estuve rumiando, sí, con mis cuatro estómagos mentales, visionando los diferentes escenarios. Recordé a mi tía Mariela cuando dice que le pidamos al Espíritu Santo que nos ilumine antes de hacer cualquier cosa. Y aquí ando. Prendí mi velita amarilla y, después de pensar desde ayer cómo escribir estas líneas, recordé a Esmeralda, la que me enseñó álgebra, aunque siempre me resistí a esa matemática, aprendí, ahora ¿Cómo podría enseñar a otros que se resisten a votar por un plan de gobierno sensato para el país?
Permítanme entonces explicarles, desde la política del amor, cómo despejar una incógnita de la política y darles unas y miles más razones para votar a conciencia en la segunda vuelta. Porque en el campo aprendimos que sembrar conciencia es más difícil que sembrar maíz, pero es la única cosecha que no se pierde con las sequías.
Lo primero que hay que tener claro es que aquí los grandes perdedores fueron los del Centro Democrático. Si andan pensando que el proyecto político por la vida perdió, déjenme decirles que no es así. Somos casi diez millones de personas que votamos por la política de la vida. Eso no es cualquier chichigua. ¿Cuándo se había visto eso en la historia de Colombia? Mi nono, que fue un liberal que luchó por el trabajo digno, que le dio más de un plato de comida y enseñó a trabajar a la gente en el Guadual, estaría orgulloso. Sus abuelos, que defendieron las causas libertadoras de Galán y los que lloraron cuando asesinaron a Pizarro, también estarían orgullosos.
En esta tarea de despejar a X tenemos que conocer a Y. Resulta que Y representa a esa parte de personas que, sin formación política, votan en contra de sí mismas. Ese es el misterio más amargo de la derecha: la oveja que defiende al lobo porque no sabe que es cordero. Mirando el recuadro de los graduados del colegio conmigo, podía apenas ver quiénes tuvieron la oportunidad de acceder a una universidad y tener una carrera. Otros, gracias al trabajo, tienen sus negocitos y sus familias, y hoy gritan “firmes por la patria”. Me pregunto: ¿serán conscientes de que con la subida del salario mínimo a dos millones de pesos muchas familias pudieron comprar en sus tiendas de verduras, tiendas de cerveza y sus papelerías? Eso fue gracias a este gobierno. Al gobierno del cambio.
¿Y qué me dice de los abuelos y las abuelas que, gracias al bono, que en los gobiernos de derecha era de tristes ochenta mil pesos, subió a los doscientos treinta mil pesos? Con eso es que la gente compra en sus negocios. La derecha no alimenta, solo da limosna; el cambio devuelve derechos.
El día antes de las elecciones me fui a comer a un lugar de comidas rápidas. Recuerdo a un muchacho que lo único que decía era “firmes por la patria y firmes por la patria”. Él mismo pidió una base militar para el pueblo, dizque para tener seguridad. En ese momento me devolví a Brasil, donde tuve que vivir lo duro de la extrema derecha del gobierno de Jair Bolsonaro, cuando la gente, envenenada y por ir en contra de Lula y de la izquierda, pedía intervenciones militares porque sí. Me pregunto entonces si esa gente está firme para defender nuestros bienes comunes, nuestra agua, nuestro territorio, o solo repiten y repiten lo que escuchan y ven en redes sociales.
Volviendo al tema de despejar X, aquí todo es clandestino. El día de las elecciones podía oler el miedo de algunas personas que votaban por primera vez por Cepeda y Aída. La historia les ha mentido tanto sobre la izquierda que no reconocen que gracias a ella hoy hay derechos laborales, derechos sociales y nosotras las mujeres tenemos derechos. Ese mismo miedo lo sintieron los que votaron por Galán, por la UP, por todos los proyectos que buscan que se defiendan nuestros derechos humanos y nuestro proyecto político de vida. Pero todo eso la derecha lo ha tildado, lo ha señalado y ahora lo ha canalizado en la “Petrofobia”, el miedo a un gobierno de izquierda. El miedo se siembra, pero la dignidad se riega todos los días.
Luego del resultado me encontré con varios amigos. Con algunos que ni siquiera sabía que eran de nuestro lado. Debatíamos sobre las mejoras que ha tenido el gobierno. Hizo llegar la salud a donde nunca había llegado. Ese fue el programa de Equipos Básicos de Salud, que invirtió más de seiscientos millones en mi pueblo. ¿Cuándo se había visto eso? Subió el salario mínimo, garantizó subsidios para las personas mayores, financió educación pública gratuita y de calidad para varios estudiantes. De mi pueblo hay varios estudiando, gente que nunca pensó llegar a la universidad. Algo sumamente importante: en el gobierno del cambio se reconocieron los derechos del campesinado con el acto legislativo 01 de 2023, que entró a modificar el artículo 64 de Constitución Política. Antes, nosotros los campesinos y las campesinas ni siquiera existíamos en la Constitución. Y ahora usted va a votar por alguien que no ha hecho nada por el campesinado.
Este gobierno es uno de los que más tierra les ha entregado a los campesinos sin tierra, les ha dado esperanzas para tener una vida digna, les devolvió la dignidad. Pudimos salir a marchar a las calles sin que nos mataran. Bueno, algunos, porque a otros sí nos apedrearon feo en varias movilizaciones campesinas en territorios donde hoy se reconfigura el paramilitarismo y las reservas.
En la universidad escuché en 2019 sobre la reconfiguración de la ultraderecha en América Latina como proyecto político. Luego llegó el gobierno de Bolsonaro, que negó la pandemia de COVID y dejó a la gente trabajadora desprotegida. Llegó el gobierno de Bukele en El Salvador, que, si usted no sabe, ese tipo no es un héroe, es un dictador y un violador de derechos humanos. Llegó el gobierno de Milei en Argentina, que hoy tiene a la gente comiendo gatos en las calles. En Bolivia, hoy el pueblo se moviliza para sacar a un candidato de la derecha del poder porque ha golpeado con sus políticas a los pobres y a los indígenas. En Perú, eligen presidente este mes y para ellos somos un ejemplo vivo de resistencia y victoria política.
Ahora, el ascenso de un candidato en Colombia que representa a la derecha, a la ultraderecha y al miedo a la izquierda, quiere ascender para reconfigurar ese poder y celebrar del lado de Trump e Israel, que son unos genocidas que están matando al pueblo palestino. Usted, ¿de qué lado de la balanza se va a poner? ¿O va a seguir siendo un hipócrita defendiendo el páramo y votando por alguien que nos quiere hacer fracking, minería y dejar sin agua? Aquí no se trata de quién grite más fuerte. Esto se trata de dos proyectos políticos: elige la vida o elige la muerte.
Por último, diré que el agua no tiene forma constante y la victoria no tiene método fijo. Y nosotras somos como el agua. Entramos por las grietas, hacemos política en medio de la clandestinidad, fluyendo y entrando con ideas y hechos concretos. Nos regamos donde la derecha solo ve sequía. Y ahí, compañeros, es donde germina la historia.


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