
Juan Carlos Silva
Magíster en Lingüística y Economista UPTC
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Hay expresiones populares que parecen haber sido inventadas para impedir que la filosofía se vuelva demasiado solemne, como «Sin huevos no hay paraíso.» Suena a chiste, a vulgaridad, a bravuconería de esquina; sin embargo, bajo su aparente simplicidad se esconde una pequeña máquina filosófica. Todo depende de una palabra: huevos.
¿Qué son los huevos? Son alimento. Son valentía. Y, en el registro coloquial, son también una manera de nombrar la potencia sexual masculina. Una sola palabra abre, por lo tanto, tres caminos distintos hacia el paraíso.
EL PARAÍSO NECESITA ALIMENTO
En su primer sentido, el epigrama es brutalmente materialista: sin huevos para comer no hay paraíso. Podemos imaginar todos los cielos, inventar todas las utopías y prometer todas las salvaciones; pero el hambre conserva una capacidad extraordinaria para destruir las metafísicas. Quien tiene el estómago vacío difícilmente puede entregarse a la contemplación de las estrellas.
Antes del espíritu está el cuerpo. Antes de la salvación está la supervivencia. Antes de las grandes palabras está la comida. No hay paraíso posible para un hombre que no tiene qué comer. Esta afirmación, que parece elemental, contiene una crítica profunda a todas las ideologías que pretenden construir la felicidad humana olvidando las condiciones materiales de la existencia.
No basta con prometer libertad a quien no puede alimentarse. No basta con hablar de dignidad a quien vive permanentemente acosado por la necesidad. El paraíso comienza, quizá, de una manera mucho menos celestial: con algo sobre la mesa.
«Sin huevos no hay paraíso» podría ser, en este sentido, una versión popular de una filosofía materialista. No que reduzca al hombre a su estómago, sino que recuerda que el hombre que piensa, ama, reza y sueña es también el hombre que come. Somos espíritu, sin duda. Pero somos espíritu con hambre.
EL PARAÍSO EXIGE VALENTÍA
La segunda interpretación desplaza el sentido de los huevos desde la cocina hacia el carácter. Tener huevos es tener valor. Entonces la sátira dice: Sin valentía no hay paraíso. Nada importante se consigue completamente a salvo. Amar exige riesgo. Crear exige exponerse. Pensar exige, muchas veces, enfrentarse a lo que todos consideran evidente. Vivir de acuerdo con uno mismo puede resultar peligrosamente costoso.
Todo paraíso tiene sus guardianes. Y, a veces, sus guardianes son interiores. El miedo. La costumbre. La comodidad. La opinión ajena. La necesidad de ser aceptado.
Queremos llegar a lugares nuevos, pero tememos abandonar los viejos. Deseamos ser libres, pero la libertad nos asusta porque nos obliga a responder por nuestras decisiones. Por eso, en este segundo sentido, no hay paraíso para quien jamás se atreve.
No que el valiente siempre triunfe, sino que quien nunca arriesga permanece prisionero de aquello que ya conoce. Hay que tener huevos para abandonar una vida que ya no se soporta. Hay que tener huevos para decir no. Para amar. Para escribir lo que uno piensa. Para comenzar de nuevo. Para equivocarse. Incluso para reconocer que se ha vivido equivocado.
El paraíso no es solo un lugar al que se llega: también es aquello que hay que tener el valor de buscar.
EL PARAÍSO TAMBIÉN TIENE CUERPO
Y llegamos a la tercera vía, quizá la más provocadora. En el lenguaje coloquial, los huevos remiten también a la sexualidad masculina. La expresión adquiere entonces una dimensión erótica. Sin huevos no hay paraíso. La invectiva parece decirnos que tampoco podemos expulsar el cuerpo de nuestras ideas sobre la plenitud.
Durante siglos, una parte importante de nuestra tradición cultural imaginó la elevación espiritual como una victoria sobre la carne. El cuerpo aparecía como obstáculo; el deseo, como distracción; la sexualidad, como aquello que debía ser dominado para que el espíritu pudiera ascender.
Pero seguramente la experiencia humana sea más compleja. Tal vez el cuerpo no sea la negación de lo sublime. Puede ser uno de sus caminos. Sin erotismo no existe cierta forma de amor. No todo amor necesita el encuentro sexual, desde luego, y sería absurdo convertir la sexualidad en una condición universal de toda experiencia amorosa. Hay amores castos, imposibles, distantes, platónicos. Hay incluso afectos profundísimos que no reclaman el cuerpo.
Pero existe también un amor cuya plenitud pasa por él. Un amor en el que acariciar y ser acariciado de ninguna manera constituye una degradación de lo espiritual es una forma de comunicación que las palabras no consiguen sustituir. El cuerpo dice cosas que la lengua –bueno…- no puede decir.
Hay abrazos que piensan. Hay caricias que recuerdan. Hay encuentros en los que dos cuerpos parecen llegar a una región donde el lenguaje pierde autoridad.
Desde antiguo, el erotismo ha sido asociado con experiencias de trascendencia. No que el sexo sea automáticamente sublime —puede ser también rutinario, mecánico, decepcionante o solo corporal—, sino que puede llegar a serlo. La carne no garantiza el paraíso. Pero tampoco debe ser expulsada de él.
LA POLISEMIA DE LOS HUEVOS
Lo interesante de la expresión está en que sus tres significados no se excluyen. Huevos puede ser alimento. Puede ser valentía. Puede ser sexualidad. Y cada significado modifica la idea misma de paraíso.
El primer paraíso es material: el lugar donde la necesidad deja de devorarnos. El segundo es existencial: el lugar al que solo se llega mediante el riesgo y el coraje. El tercero es erótico: la plenitud corporal en la que el deseo puede convertirse, por un instante, en una forma de comunión.
Tenemos así una especie de trilogía terrestre. Comer. Atreverse. Y follar –amar con el cuerpo. Necesidad, voluntad y deseo. El estómago, el carácter y la carne.
CONTRA LOS PARAÍSOS SIN CUERPO
El problema de muchas ideas del paraíso es que imaginan un hombre que no existe. Un hombre sin hambre. Sin miedo. Sin deseo. Un espíritu puro, separado de la materia que lo constituye. Pero nosotros no somos así. Pensamos con un cerebro que necesita alimento. Nos atrevemos —o no— con un cuerpo que tiembla. Amamos desde una piel.
La grandeza humana no es negar esta condición; es comprenderla. No somos menos espirituales porque comamos. No somos menos profundos porque tengamos miedo. No somos menos capaces de amar porque tengamos cuerpo.
Al contrario: todo aquello que llamamos espíritu solo puede aparecer porque existe previamente una criatura material capaz de sentir hambre, temor, placer, dolor y deseo.
El cuerpo no es la cárcel del espíritu. Es su condición de posibilidad.
UNA FILOSOFÍA EN TRES HUEVOS
«Sin huevos no hay paraíso» podría parecer una sentencia demasiado vulgar para sostener una filosofía. Pero también la filosofía debería aprender a desconfiar de su propia solemnidad. Las grandes preguntas no siempre aparecen formuladas con palabras grandes. A veces se esconden en un refrán. En un chiste. En una grosería. En una expresión que, precisamente porque pertenece a la vida ordinaria, conserva algo de la experiencia que los sistemas filosóficos suelen olvidar.
La oración nos recuerda tres verdades sencillas. Sin alimento, no vivimos. Sin valentía, difícilmente conquistamos aquello que deseamos. Sin cuerpo, no existiría una parte esencial de nuestras experiencias de deseo y amor.
El paraíso, entonces, deja de ser exclusivamente un asunto celestial. Se vuelve humano. Terriblemente humano. No está hecho solo de ángeles, himnos y eternidad. También necesita una cocina, un corazón capaz de vencer el miedo y, cuando el amor y el deseo se encuentran, un cuerpo capaz de tocar otro cuerpo.
Esta es la enseñanza secreta de la expresión: el hombre busca el paraíso con el estómago, con el coraje y con el deseo. Y no hay ninguna contradicción en ello. Porque el ser humano es, simultáneamente, materia que necesita alimento, conciencia que debe decidir y cuerpo que desea.
Somos hambre. Somos miedo. Somos valentía. Somos carne. Somos pensamiento. Y, desde esa condición contradictoria y maravillosa, seguimos imaginando el paraíso.
Por eso la agudeza, detrás de su apariencia cómica y vulgar, termina formulando una pregunta profundamente seria: ¿Qué clase de paraíso puede prometerse a un ser humano si se olvida su hambre, su miedo y su deseo?
Probablemente ninguno. Porque no existe paraíso humano que pueda construirse contra el hombre. Y el hombre, por mucho que aspire al cielo, sigue siendo una criatura de la tierra. Una criatura que come. Que teme. Que se atreve. Que desea. Que ama. Por eso, dicho con toda la filosofía que cabe en una expresión popular: Sin huevos no hay paraíso.
(Y, por supuesto, también se vale hacer tortillas.)
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