
Alejandra Lobelo
Maga, artista, sanadora: Silencio lúcido
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El Cielo
No tienes que levantarte del dolor
como quien se sacude el polvo de un camino.
No tienes que dejar atrás tu cuerpo
como quien sale de una habitación pesada.
Escucha, tú, la de la herida fresca:
el corazón roto no es un error de percepción.
No es una nube de paso
que debas disipar con el cuchillo de la mente.
Es un animal herido en la maleza.
Es el mar tras la tormenta,
tardando días en observar su furia.
Es una niña pequeña que necesita que la sostengan.
Claro, puedes ascender. Puedes flotar
hacia la luz sin bordes, hacia el gran vacío tranquilo.
Y sí, allí hay paz. Allí también eres bienvenida.
Pero pregúntate: ¿a quién dejas atrás en el suelo?
Porque el dolor no es un ladrón que vino a robarte,
es un visitante que ha llegado a quedarse un rato,
y quiere que le pongas una silla, no la puerta.
Quiere que le mires a la cara,
que le ofrezcas té, que le dejes temblar
en tus huesos.
La madurez, alma mía,
no es elegir entre el cielo y la tierra.
Es mantenerlos a ambos en la única mano.
Es sentir el infinito latiendo en la rotura,
y aún así, dejar que la rotura tenga su tiempo.
Así que quédate. Siéntate en la orilla de ti misma.
Deja que la ola de la pérdida te rompa.
No necesitas salvarte.
Solo necesitas no irte.
El mundo necesita tu corazón entero,
no tu corazón escapado.
Y un corazón no se cura
saltando por la ventana hacia lo absoluto.
Se cura
quedándose.
Contesto
Ellos me llaman.
Yo escucho desde el pozo donde me han dejado.
Su mandato cae hacia arriba.
Prostituta.
La palabra se abre como un tajo.
La palabra me viste, me desviste.
Pero yo soy la que calla.
La que escribe en la pared del cuarto
con uña y sangre:
No soy el nombre que me das.
Soy la que camina cuando todos duermen.
Me llaman puta
porque no saben otro modo de decir mujer que vuelve sola,
mujer que mira fijo,
mujer que no se tapa la boca cuando ríe.
Me llaman calle
porque me han visto pasar
abrir.
Y yo escribo:
A veces soy todas las mujeres que me miran desde los espejos rotos.
A veces soy ninguna.
Me llaman calle
Me llaman noche
Me llaman puta
Me llaman desvergonzada.
Me consumen y me matan
Me aman y me matan
Me necesitan y me matan.
Pero yo soy la que escribe en los márgenes,
la que habita las grietas,
la que sale de noche.
Porque el nombre
es la primera celda.
Y yo
soy la que no cabe.
Me llaman prostituta y contesto:
sí, también eso soy
y todo eso
y nada de eso.
Consejos del viento
A veces el pájaro canta la misma nota
hasta que su garganta es una llaga diminuta
y no es porque haya olvidado las otras.
Mira cómo el jardín
tan dócil, tan ordenado
repite cada año las mismas flores.
Pero el cardo que brota entre las piedras
ése sí sabe.
La tristeza
no es sólo la nube que pasa:
es el agua que bebes
y no te quita la sed.
Quien manda
quiere tus alas plegadas
quiere tus ojos mirando al suelo
quiere tu boca callada.
Pero tú
atraviesa el día como si cruzaras un río
con una piedra en cada mano
y el agua hasta la cintura.
No se trata de huir.
Se trata de saber
qué hierba comes
qué agua bebes
qué fuego enciendes
cuando nadie te ve.
Aprende del arroyo:
si encuentra una roca
no se detiene a odiarla
la rodea cantando.
La libertad no es un lugar
a donde se llega.
Es el modo en que respiras
cuando nadie te pide que respires.
Aprende a distinguir
lo que empequeñece
de lo que ensancha.
No todo lo que duele
es enemigo.
Pero hay dolores
que sólo existen
para que te arrodilles.
Pasa de largo.
Cuando termines el día
pregúntate:
¿qué semilla planté?
¿crecerá hacia el sol
o hacia la sombra?
El mundo
quiere tu tristeza
como el pozo quiere el agua.
Pero tú
sé el árbol
que da frutos
en el lado del muro
donde nadie mira.


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