
Aura Diaz
Politóloga y socióloga
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Desde hace meses, Facebook restringe las visualizaciones de mis historias por publicar contenido político. Y, aun así, hay gente que reacciona con un «me divierte» a mis publicaciones. La pregunta que me hago es: ¿quién les hizo tanto daño como para reírse de quien analiza con seriedad el futuro del país?
Porque esto va en serio. El 31 de mayo, Colombia elige entre tres visiones de nación que no se parecen en nada entre sí.
¿Ya leyeron los programas de gobierno? ¿Ya sacaron conclusiones sobre quién garantiza más derechos y quién propone recortarlos? ¿O van a votar por fanatismo, por «paraquismo» o simplemente porque el candidato presume del tamaño de su miembro? —Bajo y soez.
Permítanme ayudarles con algo concreto. Iván Cepeda y Aida Quilcué proponen prohibir el fracking y acelerar la transición energética, protegiendo los ecosistemas que nos dan agua y vida. Paloma Valencia y Abelardo de la Espriella, en cambio, son abiertamente favorables a la explotación de hidrocarburos, incluido el fracking. Así que, si usted se considera cristiano, católico o simplemente amante de la naturaleza que Dios y el universo nos dieron, sepa que votar por ellos es respaldar políticas que implican una mayor explotación de esos ecosistemas y de los bienes comunes. No parece muy coherente, ¿verdad?
Hablemos de lo que toca más de cerca.
Hay personas que mejoraron sus condiciones gracias a políticas del Gobierno del Cambio —como los equipos básicos de salud, Colombia Mayor o Renta Ciudadana— y hoy hacen campaña por candidatos que se opusieron a esas medidas en el Congreso.
Hay hijos cuyos padres reciben una pensión gracias a la reforma que tanto costó sacar adelante, y aun así hacen propaganda por quienes votaron en contra de ella.
Hay abuelos que reciben el bono pensional de $230.000 de este gobierno y van a votar por candidatos que se indignan porque el Estado les da «una chichigua» para garantizar una vida digna. No se trata de ingratitud; es una paradoja dolorosa que merece reflexión.
De la Espriella promete un ajuste fiscal de 70 billones de pesos y reducir el tamaño del Estado en una cuarta parte: «el Milei colombiano». Y miren cómo va Argentina. Paloma Valencia quiere eliminar el impuesto al patrimonio y reducir la carga tributaria empresarial. Que quede claro: esos recursos tienen que salir de algún lado, y ese lugar rara vez es el bolsillo de quienes ya lo tienen todo.
Gente pobre creyéndose parte de una élite económica. Gente pobre defendiendo candidatos con raíces oligárquicas y apellidos que, en este país, han estado históricamente asociados al poder, la tierra y la exclusión. Gente pobre haciendo propaganda por quienes se oponen a las garantías que les permitirían vivir con dignidad. Eso no es libertad; es uno de los mayores éxitos que puede alcanzar una élite política: lograr que sus propias víctimas la defiendan.
No se trata de fanatismo al revés. Aquí nadie es nuestro padre político. Nadie es infalible y cualquier gobierno merece una crítica permanente. Pero hay diferencias que sí importan: entre quien propone una reforma agraria y quien propone más zonas francas para los mismos de siempre; entre quien quiere prohibir el fracking y quien quiere destrabar la minería; entre quien amplía la protección social y quien la recorta en nombre de la austeridad.
Y hay perfiles que tampoco podemos ignorar. No podemos hablar de futuro con un abogado defensor de capos, con alguien que tiene señalamientos de corrupción y misoginia, ni con quien apareció en la política nacional sin una trayectoria clara ni un programa sólido que lo respalde, exhibiéndose con chalecos antibalas y urnas blindadas.
Deseo de todo corazón que desarrollemos un sentido crítico frente a la realidad política de este país. Que leamos, que comparemos, que preguntemos. Y, a partir de ahí, que tomemos decisiones informadas. Porque el voto es una de las pocas herramientas que todavía nos pertenece y vale la pena ejercerlo con conciencia.
Me despido con la convicción de que somos millones quienes creemos en la importancia de pensar, cuestionar y votar con criterio.
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