
Gustavo Melo Barrera
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En Colombia no hace falta tinta roja para contar tragedias. Aquí la política ya viene manchada de fábrica, como mantel de fonda popular: manchado antes de servir el primer plato.
El 31 de mayo, las elecciones podrían convertirse en la Última Cena de los apóstoles de Uribe. Doce sentados en la mesa, rodeados de discípulos advenedizos que no saben si habrá cena mañana, mientras el gobierno del cambio disfruta los logros en un gran banquete servido.
Porque los números —inflación bajando, desempleo cediendo, turismo subiendo— no son simples estadísticas: son platos fuertes que se sirven en la mesa del cambio. Y mientras los oficialistas mastican con gusto, los otros miran con hambre y sospecha. La derecha, la ultraderecha y la centro derecha sienten que lo que para unos es cena, para ellos es autopsia.
En el Caribe, el turismo baila como orquesta de feria patronal. Los hoteles se llenan, las cifras suben, y los clanes políticos —esos apellidos repetidos como letanías coloniales— siguen firmando contratos como si fueran escrituras sagradas. El pueblo vota, sí, pero otros siguen contando. En esta Última Cena, ellos traen el vino… y se lo beben antes de repartirlo.
En Antioquia, donde la disciplina empresarial es religión, el cambio entró como visita incómoda: se le escucha, se le tolera, pero todavía no se le entrega la casa. El poder real sigue guardado como caja fuerte sin combinación para extraños. Allí, los apóstoles de Uribe se preguntan si será un ayuno prolongado.
En los Llanos, el petróleo y la transición energética suenan bonito en Bogotá, pero en el Meta suena a incertidumbre. Los discípulos uribistas miran la mesa y preguntan: ¿quién trae la carne? Porque el sermón no llena ollas.
En el Chocó, el milagro del cambio aun está en la estufa, cocinándose a fuego lento . Y por ahora todo sigue casi que igual en un lugar históricamente olvidado, el cambio aun esta lejos de ser realidad. Allí, los apóstoles de Uribe se quedaron en el camino, atrapados entre promesas y selva.
Mientras tanto, en los Santanderes, la frontera se reabre y el comercio revive, pero la
tranquilidad no llega. Como si el cambio avanzara con una mano… y con la otra se jalara hacia atrás. En la Última Cena, estos discípulos son los que traen el pan, pero alguien siempre se lo roba antes de repartirlo.
El verdadero informe forense del país es claro: el poder cambió de discurso, pero no de manos. Y entonces aparece la gran pregunta, la que no sale en encuestas: ¿sirvió ganar si no se desmonta lo que siempre ha mandado?
El llamado “cambio” logró algo que parecía imposible: meterse en regiones donde antes no existía. Romper techos. Incomodar élites. Alterar mapas políticos. Pero no ha sido suficiente. No cuando los mismos de siempre siguen administrando la realidad cotidiana. No cuando la salud se siente más lejana que antes. No cuando la reforma llega más lento que la necesidad.
Así que el país queda en un punto extraño: no es el desastre que gritan unos, y la victoria que celebran otros, aun esta a un hervor . Un país suspendido, como mesa servida pero con platos vacíos. La Última Cena del 31 de mayo no será un cuadro de Leonardo da Vinci, sino un bodegón criollo: los apóstoles de Uribe preguntándose si habrá cena mañana, mientras los discípulos del cambio se sirven los logros postre.
Adenda: Alvaro Uribe y La espada de Damocles
Sobre Álvaro Uribe cae hoy algo más pesado que la nostalgia del poder: la incertidumbre judicial. Sus procesos —que han marcado la agenda pública durante años— siguen abiertos, avanzando con la lentitud desesperante de la justicia colombiana, pero avanzando. Es, para muchos, una espada de Damocles suspendida sobre uno de los hombres más influyentes del país en lo que va del siglo.
Si su sector político pierde fuerza, el escenario cambia: aumenta la posibilidad de que los procesos sigan su curso sin el mismo blindaje político que históricamente lo ha rodeado. No es una condena asegurada, pero tampoco una hipótesis lejana. Si su sector se fortalece, el riesgo es otro: una dictadura vitalicia en el sentido formal, una concentración de poder que prolongaria las mismas estructuras que el país dice querer superar. Y lo mas grave , en el cuerpo ajeno de una política que solo sabe gritar “Uribe es mi papá” o el de alguien que aun no sabe quien es.
Colombia, entonces, queda atrapada entre dos temores: la justicia politizada o la política intocable. Y ese dilema —más que cualquier elección— es el verdadero síntoma de un país que aún no resuelve su relación con el poder.


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