
Roque Monteiro
Cultivador de escritos, alimentos y animales
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Don quijote y su mancha
Tu padre fue camionero; el de ellos, profesor; aquel, pensionado de Telecom; el vuestro, desempleado; el de allá, campesino; el de acá, mensajero; el de ustedes, mecánico; el de nosotros, comerciante; el de vosotros, vendedor ambulante; el de ella, carpintero; el de aquella, músico… reciclador, artista, payaso de circo, cocinero, mesero, policía, trabajador del Idema, empleado del ICA, vendedor en la plaza de mercado, prostituta, cotero, serenatero, médico, locutor, pescador, modista, celador, zapatero.
Tu padre, nuestra madre, la de unos y otros, fueron humildes. Ninguno amasó fortuna porque, de ser así, yo no estaría escribiendo editoriales insulsas y tú no me estarías leyendo. A unos y otros los engañó el patrón que se enriqueció con su sudor; de manera ingenua creyeron, como borregos, las promesas de sus empleadores, de los terratenientes que birlaron sus pertenencias, de los banqueros que expropiaron sus casas, de los políticos que se reeligieron a cambio de mendrugos y bazofia, de la Iglesia que los llenó de miedos y culpas.
Fue gente buena, aunque inocente y servil. Nosotros somos sus hijos e hijas: empleados de sol a sol, docentes de escuelas sin terminar, profesionales a la espera de una pensión, taxistas tras una carrera, rebuscadores, desahuciados. Nada tenemos; nada perderemos tomando riesgos, excepto este falaz bienestar que se derrite bajo el sol canicular.
No fuimos lo que quisieron nuestros progenitores. Nuestros hijos no serán lo que deseamos mientras sigamos eligiendo a los mismos de siempre, a esos sospechosos habituales que gobiernan como si la historia fuera su propiedad privada.
La historia se repite, terca y burlona. Ellos ríen. Vos los elegís. Y no sonriás demasiado: en esa sonrisa se asoma la intemperie de los dientes rotos, las caries sin tratar, obviamente, por falta de dinero.
Ahí está tu mancha, la imborrable. Aunque no seas ningún Quijote.
Buchipluma
En una guerra nadie gana: todos pierden. Por eso resulta de una superficialidad casi cancerígena intentar apostar por un vencedor. Lo que sí parece claro —y lo digo sin ánimo de análisis, pues no soy analista de nada— es que el poder militar estadounidense, aunque magnífico, no es infalible. De ello, sin duda, tomaron atenta nota Xi Jinping y Vladimir Putin.
Sobre este último se dice que, en los albores de la guerra con Ucrania, recibió drones iraníes que luego mejoró, tecnificó y devolvió a los persas, quienes —con resultados innegables— pusieron en calzas prietas a la hasta ahora temida industria armamentística gringa y sionista. Ejemplo de ello sería la perforación del Domo de Hierro, altamente efectivo frente a misiles de factura semiartesanal como los de Hamas o Hezbollah, pero no del todo preparado para enfrentar armamento de mayor tecnología, potencia y precisión. Todo esto sugiere que las mejoras del aparato militar ruso se fraguan en terreno, en guerras crudas y reales, y no en invasiones insulsas contra soldaditos de plomo, como las de Granada, Panamá o Irak.
Los gringos ya no meten tanto miedo. Se les ha señalado el talón de Aquiles: la vulnerabilidad de sus sistemas Patriot, la fragilidad de bases destruidas, la afectación de sus temidos portaaviones —en retirada, dizque por incendios en la sección de lavandería (“a otro perro con ese hueso”)—, el cuestionamiento a la supuesta invencibilidad aérea de sus F-15 y, sobre todo, la dependencia económica que ha dejado ver sus grietas. El país de las barras y estrellas parece novato ante una guerra asimétrica como la planteada desde Teherán.
Donald Trump, como buen glotón y matoneador, se sacudirá frente a sus rivales geopolíticos con la misma brusquedad con la que la gallina se sacude tras el gallo, y exhibirá su poderío planetario allí donde mejor sabe hacerlo: ante naciones desarmadas, vulnerables, frágiles, incapaces de defenderse. América Latina, por supuesto, está en esa lista. El continente debería prepararse para tiempos de mayor voracidad sobre sus recursos, sus políticas y sus economías.
En Colombia, el asunto adquiere especial gravedad: a las puertas de las elecciones de mayo, la injerencia no será sutil ni entre telones, sino abierta y descarnadamente evidente. Especial cuidado deberían tener los candidatos del zoológico uribista —la paloma y el tigre— y entender que ni ellos ni sus ideologías le importan un rábano al señor naranja; si es necesario patearles el trasero, lo hará. Ya lo hizo antes, incluso con figuras como María Corina Machado, quien, por más titulares que acumule en Semana, no podrá borrar aquella humillación soberbia. Pero, claro, la palabra dignidad no figura en ciertos diccionarios.
Iván Cepeda tendrá que jugar con inteligencia: más que confrontarlo, quizá convenga anticiparse, proponer alianzas, plantear estrategias que logren, si no contenerlo, al menos apaciguarlo. No dejarse ganar terreno por voces venenosas que susurran al oído, como la de Marco Rubio.
Porque, si la diplomacia de funcionarios suele ser inocua, la de las bombas nucleares ha demostrado ser brutalmente efectiva. Si no, que lo diga Kim Jong-un.
Brasil, por su peso regional, debería abanderar un proyecto de tal envergadura en este —todavía— patio trasero del Tío Sam.


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