
Francisco Cepeda López
Profesor y músico
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Lo que constituye la diferencia entre la democracia y la oligarquía es la pobreza y la riqueza y, necesariamente, cuando el poder se ejerce en virtud de la riqueza, ya sean pocos o muchos, se trata de una oligarquía; cuando mandan los pobres, de una democracia… (Aristóteles)
Las democracias están viviendo momentos de crisis, de cambios muy profundos. Toda crisis implica un proceso de destrucción y construcción que nunca es simultáneo y en el que, al diagnóstico conocido de los vicios presentes, a la certeza de las estructuras e instituciones viejas, se opone la incertidumbre de lo desconocido y de las alternativas futuras.
La crisis se cinsidera un momento de inestabilidad de desequilibrio o de cambio decisivo con conse-cuencias graves, representa el evento disruptivo, el punto de inflexión. Se caracteriza por la urgencia, el peligro y, a menudo, la escasez de recursos para resolver todos los problemas a la vez.
La criticidad es la cualidad que mide la severidad, el riesgo y el impacto de dicha situación o de una falla; es la métrica o evaluación que determina qué es lo más importante en medio de la crisis. Ayuda a clasificar el nivel de afectación o riesgo para asignar recursos de manera eficiente.
Son conceptos estrechamente ligados a la toma de decisiones, la resiliencia y la gestión de prioridades.
Ayudan a detreminar la gravedad del impacto emocional o psicológico de un evento, permitiendo a los individuos enfocar sus capacidades de afrontamiento en lo esencial.
¿Cómo dar respuesta a esa anomalía, a ese desfase actualmente vigente entre las nuevas realidades sociales y el viejo orden político?
Hasta ahora se ha optado por mantener una defensa a ultranza de la vieja normalidad, atrincherarse en la inercia de gastadas instituciones y estructuras, manipular su funcionamiento, y otorgarles una función que tiene muy poco que ver con lo que realmente correspondería en tiempos en los que el escenario ha variado substancialmente.
Es ese empeño se ha logrado desvirtuar el papel de tales instituciones convirtiéndolas en tan solo un enunciado y -en no pocos casos- en un simulacro. Esta postura nos ha conducido a un determinismo fatalista, a una metafísica justificadora de la despolitización, que consiste en la creencia de la imposi-bilidad de cambio o de la mejora de los sistemas actuales,o bien, a la resistencia tozuda frente a las corrientes transformadoras, lo cual revela la incapacidad de los actuales sistemas político-guberna-tivos para adecuarse a nuevas situaciones y realidades.
El resultado de todo ello ha sido la aceptación de la democracia no tanto por sus virtudes intrínsecas,
cuanto por los defectos de los otros sistemas. Se trata de una opción por exclusión. Hemos dejado que el kratos avasalle al demos, permitiendo unas circunstancias en las que no se vive la democracia, simplemente se la soporta. Se ha extendido una creencia generalizada que tiende a considerar los vigentes modelos democráticos como los mejores sistemas «posibles», cuando en realidad tan sólo constituyen los mejores «hasta ahora conocidos».
Esto ha traído como consecuencia la renuncia de los actuales sistemas políticos a la búsqueda perma-nente del ideal democrático, de la «utopía» democrática, olvidando o -simplemente- negando que la democracia ha sido el producto resultante de la tensión dialéctica existente entre hechos y valora-ciones.
En las sociedades actuales no toda forma de poder, incluso de poder político estricto, se encarna en el Estado, pues grupos teóricamente integrantes de la sociedad civil tales como los sindicatos, los grupos de presión, las corporaciones, los movimientos sociales, ejercen influencia, poder; una actividad política de primer orden, frente a otros poderes surgidos de las anteriores condiciones de las cuales emanó la democracia liberal moderna. La complejidad derivada del desarrollo tecnológico y el predominio de las grandes organizaciones están dando lugar al surgimiento de un cuarto orden social, el asociativo corporativo. Este nuevo orden, que no sustituye, sino que se superpone a los órdenes clásicos, considera los acuerdos concertados entre corporaciones como el principio rector y motor de la nueva sociedad.
La teoría competitiva de la democracia ha sustituido la participación política de los ciudadanos por el liderazgo de una serie de organizaciones jerárquicas. En las actuales gobernancias competitivas, el agente de la actividad política, económica y social lo constituye la alianza de las élites en torno al ejecutivo y las burocracias corporativas desplazan así del centro del poder a las instituciones demo-cráticas, particularmente a las legislaturas, los partidos y la aceptación de los resultados electorales. Los intereses políticos que no se encuentren organizados encuentran verdaderas dificultades para asegurarse el acceso al conjunto de élites estratégicas situadas dentro del estado, hasta el punto de quedar en no pocos casos expulsadas del sistema político.
AI contrario de lo que sucedía en los partidos de integración social, los actuales partidos políticos se sustentan cada vez menos en un electorado de base confesional o de clase, sustituyendo así la acción ideológica por una propaganda encaminada a abarcar a toda la población. Ello implica un esfuerzo para establecer lazos con el mayor número posible de grupos de interés, así como para armonizar en sus propias filas los deseos muchas veces diferentes -cuando no antagónicos- de esos grupos de intereses sociales y económicos.
Habrá que recuperar, entonces, la noción orgánica de los partidos políticos en torno de programas que encarnen y expresen la voluntad de sus integrantes, superando dicotomías ya desuetas como la de liberalismo/conservadurismo porque hoy las contradicciones son de otra naturaleza; ya no existe un “Estado de partidos”
Los partidos se muestran cada vez menos capacitados para ejercer los mandatos más importantes a ellos asignados: comprender y hacerse portavoces de las anteriores demandas hasta ahora surgidas en la sociedad de masas y canalizar hacia el Estado esas demandas. Con una amplitud e intensidad cada vez mayores las funciones derivadas de las nuevas demandas están siendo protagonizadas por los movimientos sociales surgidos a partir de la década de los sesenta.
Esa es la descomunal tarea de nuestros tiempos.
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