
Leonardy Bolívar
No soy escritor, soy desempleado
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Reflexiones sobre el poder, la obediencia y la renuncia al pensamiento crítico
Oh, estupidez, qué grande eres.
Cómo has iluminado a nuestros dirigentes.
Sin tu generoso concurso, no tendríamos lo que hoy tenemos: esta nación que algunos llaman remanso de igualdad y paz, mientras otros la padecen como un largo ejercicio de resignación.
La estupidez humana no debe confundirse con la falta de inteligencia. No se trata simplemente de no saber, de no haber leído o de no haber tenido acceso a la educación. La estupidez, en un sentido más profundo y peligroso, es una falla del juicio; una renuncia voluntaria o inconsciente a pensar con independencia, aun cuando se tengan las capacidades para hacerlo. Es la conducta de quien, pudiendo ver, prefiere cerrar los ojos; de quien, pudiendo dudar, elige obedecer; de quien, pudiendo razonar, se refugia en la consigna.
Durante mucho tiempo no entendí que el manejo del Estado en manos de dirigentes torpes, autoritarios o moralmente extraviados no dependía únicamente de ellos, sino también de la estupidez colectiva que los elige, los aplaude, los justifica y, en muchos casos, los convierte en salvadores de la patria.
En la Alemania nazi, Dietrich Bonhoeffer, pastor luterano, teólogo y opositor al régimen de Hitler, reflexionó desde la prisión sobre una pregunta dolorosa: ¿cómo un pueblo culto, con tradición filosófica, científica y artística, pudo permitir, propiciar y celebrar el ascenso del horror? Su conclusión fue inquietante: más allá de las condiciones económicas, políticas o sociales, existía una fuerza más peligrosa que la maldad misma: la estupidez.
Bonhoeffer entendía que contra el mal todavía es posible luchar. El mal puede denunciarse, exponerse, enfrentarse e incluso contenerse. Pero frente a la estupidez, decía, estamos casi indefensos. Las razones caen en oídos sordos. El estúpido no se reconoce como tal; por el contrario, suele estar satisfecho de sí mismo. Cree que su opinión es lucidez, cuya obediencia es criterio y que su fanatismo es convicción.
Por eso resulta tan difícil discutir, en estos tiempos preelectorales, con quien ha entregado su pensamiento a una causa, a un caudillo o a una consigna. Cuando se le presentan argumentos que contradicen sus creencias, no los analiza: los rechaza. Si las pruebas son demasiado evidentes para negarlas, las minimiza. Y si la razón lo acorrala, no cambia de opinión; se irrita, ataca y convierte el diálogo en una batalla.
Para Bonhoeffer, la estupidez no era un defecto intelectual. Conoció personas inteligentes que actuaban de manera estúpida, así como personas sencillas, sin gran brillo académico, capaces de conservar un juicio limpio y sensato. La estupidez, entonces, no dependía de la inteligencia, sino de la relación del individuo con el poder, con la masa y con su propia libertad interior.
La estupidez se propaga con facilidad cuando el individuo deja de pensar por sí mismo y se funde en el grupo. En la multitud, muchos renuncian a su criterio personal. Ya no hablan desde su conciencia, sino desde los lemas que otros les han entregado. Ya no razonan: repiten. Ya no juzgan: obedecen. Y así, poco a poco, se vuelven instrumentos de una fuerza que no comprenden, pero que defienden con fervor.
Todo poder, necesita de esa estupidez. Un partido político, una religión, un líder mesiánico o una ideología fanática requieren seguidores dispuestos a suspender su juicio. Cuando una figura promete orden, seguridad, trabajo, orgullo nacional o redención moral, muchos ciudadanos aceptan el paquete completo sin preguntarse por sus costos humanos. En nombre de la estabilidad, justifican abusos. En nombre de la patria, toleran la crueldad. En nombre del progreso, aceptan el despojo.
Colombia no ha sido ajena a esa tragedia. Hemos visto cómo amplios sectores de la sociedad justifican políticas, discursos y decisiones que hieren la dignidad humana, siempre que vengan envueltos en palabras convenientes: seguridad, crecimiento, mano firme, autoridad, productividad, patria. El problema no es solo el dirigente que engaña, manipula o destruye. El problema también es el ciudadano que aplaude sin pensar, que vota contra sí mismo, que defiende al verdugo porque le enseñaron a temerle más al vecino que al poder.
En ese sentido, la estupidez colombiana no es falta de educación formal. Es una enfermedad moral y social. Es la costumbre de elegir con rabia, con miedo o con resentimiento. Es la manía de perdonar al poderoso todo aquello que se condena en el débil. Es la facilidad con que se repiten frases ajenas como si fueran pensamientos propios. Es la obediencia disfrazada de carácter.
Bonhoeffer advertía que, al conversar con una persona atrapada por la estupidez, uno siente que ya no habla con un individuo pleno, sino con consignas, lemas y fórmulas que se han apoderado de él. Esa persona está bajo una especie de hechizo. Ha sido maltratada en su capacidad de pensar y, convertida en herramienta, puede participar del mal sin reconocerlo como tal.
Sin embargo, Bonhoeffer también dejaba abierta una esperanza: la estupidez no es necesariamente permanente. Quien ha sido capturado por ella puede liberarse, pero esa liberación interior suele necesitar primero una liberación exterior. Mientras el individuo permanezca sometido a un poder coercitivo, propagandístico o emocionalmente dominante, tenderá a asumir como propias las ideas de la autoridad para evitar el dolor de pensar en contra de aquello que obedece.
Décadas después, el historiador y economista italiano Carlo Cipolla propuso sus famosas leyes sobre la estupidez humana. La primera de ellas afirma que siempre subestimamos el número de estúpidos en circulación. La segunda sostiene que la probabilidad de que una persona sea estúpida es independiente de cualquier otra característica: no depende de su riqueza, de su grado de educación, de su cargo o de su posición social. La estupidez se distribuye democráticamente entre pobres y ricos, doctores e ignorantes, gobernantes y gobernados.
La tercera ley de Cipolla es quizá la más contundente: una persona estúpida es aquella que causa daño a otros sin obtener beneficio alguno para sí misma, e incluso pudiendo perjudicarse en el proceso. Esta definición resulta especialmente dolorosa cuando se mira la vida política de un país. ¿Cuántas veces los pueblos eligen opciones que los empobrecen, los dividen o los condenan, sin recibir a cambio más que la ilusión de haber ganado una batalla ideológica?
Cipolla distingue entre personas inteligentes, malvadas, indefensas y estúpidas. Las inteligentes actúan de manera que se benefician a sí mismas y también benefician a los demás. Los malvados, o “bandidos”, perjudican a otros para obtener provecho propio. Las personas indefensas ayudan a los demás incluso a costa de sí mismas. Pero los estúpidos son los más impredecibles: dañan sin ganar, destruyen sin construir, arruinan sin comprender siquiera el alcance de sus actos.
Por eso la estupidez resulta más peligrosa que la maldad. El malvado suele tener un cálculo. Puede ser perverso, pero en algún punto es racional: busca un beneficio. El estúpido, en cambio, no obedece a una lógica comprensible. Actúa desde la confusión, desde el impulso, desde la consigna o desde una confianza absurda en su propio juicio. Por eso es tan difícil anticiparlo y tan costoso enfrentarlo.
La cuarta ley de Cipolla señala que las personas no estúpidas siempre subestiman el poder dañino de los estúpidos. Creen que pueden razonar con ellos, neutralizarlos o evitar sus consecuencias. Pero tratar con la estupidez suele ser un error costoso. La quinta ley remata con una sentencia inquietante: la persona estúpida es el tipo de persona más peligrosa que existe.
Y si esa persona estúpida ocupa un cargo de poder, el peligro se multiplica. No hay amenaza mayor que un estúpido con autoridad, presupuesto, micrófono, uniforme, curul o despacho. Desde allí, su incapacidad deja de ser un problema privado y se convierte en tragedia pública. Sus errores ya no los paga él solo: los paga una sociedad entera.
A esa tragedia se suma otra: las masas, mediante el voto, pueden llevar a los estúpidos al poder y luego defenderlos con una fidelidad casi religiosa. El voto, que debería ser una herramienta de libertad, se convierte entonces en el mecanismo mediante el cual una sociedad administra su propia condena. Se vota por miedo, por odio, por costumbre, por herencia familiar, por propaganda o por simple incapacidad de imaginar algo distinto.
Ahora bien, ¿qué puede hacerse frente a la estupidez? Algunos estudios contemporáneos han intentado clasificar sus causas. Se habla, por ejemplo, de la distracción, de la impulsividad y de la peligrosa combinación entre ignorancia y exceso de confianza. La distracción lleva a actuar sin atención; la impulsividad, a decidir sin control; la ignorancia arrogante, a correr grandes riesgos sin comprender sus consecuencias.
De todas, esta última parece ser la forma más grave. El ignorante humilde puede aprender. El impulsivo puede moderarse. El distraído puede concentrarse. Pero el ignorante convencido de su superioridad es casi invulnerable. No sabe, pero cree saber. No entiende, pero pontifica. No escucha, pero sentencia. Y cuando llega al poder, o ayuda a elegir a quienes lo ejercen, sus limitaciones se vuelven destino colectivo.
Colombia conoce bien esa figura: el ciudadano que no lee, pero opina con furia; que no estudia los hechos, pero repite cadenas; que no distingue entre justicia y venganza; que llama “mano dura” al abuso y “orden” al miedo. También conoce al dirigente que se alimenta de esa confusión, que convierte la ignorancia en capital político y que sabe que un pueblo asustado piensa menos y obedece más.
La estupidez, entonces, no es una anécdota menor ni un defecto gracioso del carácter nacional. Es una fuerza histórica. Ha elegido presidentes, ha justificado guerras, ha bendecido desigualdades, ha convertido verdugos en héroes y víctimas en sospechosos. Ha hecho que muchos defiendan sistemas que los explotan, leyes que los empobrecen y discursos que los desprecian.
Tal vez por eso resulta necesario escribir una elegía. No para honrar la estupidez, sino para desnudarla. Para señalar su grandeza monstruosa. Para reconocer que no siempre llega gritando; a veces llega vestida de sensatez, de patriotismo, de moral, de tradición o de sentido común. Y cuando por fin se instala, ya no necesita imponerse por la fuerza: le basta con que la gente repita.
La pregunta final no es cuántos estúpidos hay, sino cuántas veces hemos sido nosotros parte de esa multitud. Cuántas veces hemos preferido la consigna al pensamiento, el prejuicio a la duda, el miedo a la razón. Porque la estupidez no es únicamente el defecto de los otros. También puede visitarnos, seducirnos y hablarnos al oído con la voz de nuestras propias certezas.
Quizá la única defensa posible sea conservar la sospecha sobre uno mismo. Dudar de lo que nos parece demasiado cómodo. Revisar las ideas que heredamos. Desconfiar de los líderes que nos piden obediencia ciega. Preguntarnos quién gana cuando nosotros odiamos. Y, sobre todo, no renunciar jamás al derecho y al deber de pensar.
Porque una nación no se pierde solo cuando la gobiernan los malvados. También se pierde cuando los ciudadanos, por estupidez, cansancio o miedo, les abren la puerta, les sirven la mesa y después les agradecen el desastre.
Nota: Las reflexiones de este ensayo se apoyan en ideas de Dietrich Bonhoeffer, Carlo M. Cipolla y estudios contemporáneos sobre la conducta humana, usadas aquí como punto de partida para una interpretación crítica del comportamiento político y social colombiano.


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