
Víctor Solano Franco
Comunicador social y periodista
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La paz siempre es una buena noticia. Incluso cuando llega tarde, incluso cuando deja heridas abiertas, y aun cuando no resuelva todos los problemas de fondo.
Por eso el anuncio del fin de la guerra entre Estados Unidos e Irán merece celebrarse. El mundo no necesitaba otro conflicto prolongado en una región que lleva décadas atrapada entre guerras, intervenciones, fanatismos, intereses geopolíticos y tragedias humanas.
Pero una cosa es celebrar la paz y otra muy distinta es idealizar a quienes hoy quieren posar como sus arquitectos.
No comparto la narrativa que presenta a Donald Trump como un gran pacificador global. Mucho menos cuando esa imagen viene acompañada de homenajes tan oportunistas como el que recientemente le rindió el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, quien parece haber confundido la diplomacia deportiva con la adulación política. La paz no debería convertirse en un trofeo personal.
Y menos cuando quien pretende exhibirlo ha demostrado reiteradamente que sus decisiones internacionales suelen estar guiadas por cálculos de conveniencia económica y política antes que por principios humanitarios.
Si realmente estuviéramos ante un liderazgo comprometido con la convivencia entre las naciones, resultaría difícil explicar por qué la selección de fútbol de Irán continúa recibiendo un trato indigno durante el Mundial de Fútbol. Por decisiones impulsadas desde Washington, los futbolistas iraníes no pueden alojarse en territorio estadounidense y deben desplazarse constantemente desde México para disputar sus partidos. Jugar y regresar el mismo día lo cual reduce sus posibilidades de competición o por lo menos juega en contra como una muy visible desventaja.
Someter a deportistas de alto rendimiento a semejante desgaste físico y logístico no parece precisamente una demostración de espíritu olímpico ni de fraternidad internacional.
Por eso conviene mirar más allá de los titulares. Porque detrás de este acuerdo no hay una súbita conversión pacifista de los líderes involucrados. Lo que existe es una negociación de alto nivel impulsada por una realidad mucho más poderosa que los discursos: el costo de la guerra se volvió insostenible.
Durante meses, el conflicto afectó gravemente la economía mundial. El cierre y la militarización del estrecho de Ormuz alteraron el flujo energético global y dispararon la incertidumbre en los mercados. La sola expectativa de una reapertura provocó una caída significativa en los precios internacionales del petróleo y del gas, una señal inequívoca de la importancia estratégica de esa ruta marítima. La inflación energética comenzó a sentirse en todos los continentes.
En ese escenario, los gobiernos entendieron rápidamente que seguir alimentando el conflicto terminaría costando más que sentarse a negociar. Por eso la paz llegó cuando llegó. No porque los actores hubiesen descubierto repentinamente las virtudes del entendimiento, sino porque el colapso económico global empezó a convertirse en una amenaza tan grande como la propia guerra.
La diplomacia también jugó un papel determinante. El acuerdo no fue producto de una conversación bilateral aislada. Requirió la mediación activa de países como Pakistán, Qatar y Arabia Saudita, que ayudaron a construir puentes donde antes solo había barreras.
Además, el pacto va mucho más allá de un simple alto al fuego. Incluye la reapertura del estrecho de Ormuz, la reanudación de las inspecciones al programa nuclear iraní, una ventana de 60 días para negociar asuntos estructurales pendientes y compromisos relacionados con la estabilidad regional.
Uno de los aspectos más relevantes es la insistencia iraní en que la paz no puede limitarse exclusivamente a la relación con Estados Unidos. Teherán ha condicionado la consolidación definitiva del acuerdo al cese de hostilidades en otros escenarios, particularmente en Líbano, donde continúan existiendo tensiones con Israel.
Eso explica por qué nadie debería cantar victoria demasiado pronto. Los acuerdos de paz son apenas el comienzo de procesos mucho más complejos. Firmar documentos es relativamente sencillo; construir confianza después de meses de guerra es otra historia.
Y esto más aún cuando las declaraciones de algunos actores sugieren que las tensiones siguen vivas. Israel ya ha dejado claro que mantiene reservas frente al acuerdo y que no renunciará fácilmente a sus posiciones estratégicas en varios frentes de conflicto.
Por eso conviene desconfiar de los relatos épicos. La historia suele ser mucho más prosaica y detrás de las fotografías oficiales, de los comunicados diplomáticos y de los discursos triunfalistas, lo que encontramos casi siempre son intereses, cálculos y correlaciones de fuerza.
La guerra rara vez termina porque los líderes se vuelvan virtuosos. Generalmente termina cuando seguir peleando resulta demasiado costoso, y en esta ocasión el petróleo, la estabilidad de los mercados, la presión internacional y el temor a una crisis económica de alcance global parecen haber hecho más por la paz que cualquier arrebato de generosidad política.
Ojalá el acuerdo prospere, ojalá los próximos 60 días permitan construir mecanismos verificables sobre el programa nuclear iraní, el levantamiento de sanciones y la estabilidad regional. Ojalá los pueblos de la región puedan empezar a vivir con menos miedo y la población civil no quede en el peor de los mundos, el del fuego cruzado.
Pero tampoco olvidemos una lección fundamental: Cuando la paz depende exclusivamente de los intereses económicos de los poderosos, siempre corre el riesgo de ser tan frágil como los precios del petróleo que hoy celebran los mercados.


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