
Ángela María Giraldo Cadavid
Ortodoncista y Magister en Ciencias políticas
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No se trata de votar con miedo. Se trata de votar con memoria al momento de depositar nuestro voto este domingo.
Como víctima de la violencia colombiana, siento la obligación ética y moral de escribir estas líneas. No para alimentar odios ni profundizar divisiones, sino para recordar que un país que olvida su historia corre el riesgo de repetirla.
Este domingo elegiremos al próximo presidente de Colombia. Y antes de votar debemos hacernos una pregunta fundamental: ¿qué tipo de liderazgo necesita un país que lleva décadas marcado por la violencia?
La reciente decisión de la Fiscalía Tercera Delegada ante la Corte Suprema de Justicia de llamar a indagatoria al expresidente Álvaro Uribe Vélez vuelve a poner sobre la mesa algunos de los capítulos más dolorosos de nuestra historia: la masacre de La Granja, ocurrida el 11 de junio de 1996; la masacre de El Aro, ocurrida entre el 22 y el 31 de octubre de 1997; y el asesinato del defensor de derechos humanos Jesús María Valle Jaramillo, perpetrado el 27 de febrero de 1998.
La Fiscalía investiga si existieron responsabilidades relacionadas con la protección de la población civil y con el posible favorecimiento de estructuras armadas ilegales. Corresponderá a la justicia establecer la verdad.
La llamada a indagatoria no es una condena. Es una diligencia judicial para escuchar la versión del investigado y garantizar su derecho de defensa. Pero una democracia no puede temerle a la verdad.
Este proceso no nació ayer. Según la propia resolución, las actuaciones se remontan al año 2000. Han pasado por distintas etapas institucionales, por diferentes gobiernos, por la Corte Suprema de Justicia y por la Fiscalía. No estamos ante una noticia improvisada, sino ante una investigación que atraviesa más de dos décadas de vida nacional.
Jesús María Valle denunció reiteradamente la violencia paramilitar en Ituango y pidió protección para las comunidades afectadas. Pocas semanas antes de ser asesinado, advirtió:
«Mientras el señor Álvaro Uribe Vélez y el señor Pedro Juan Moreno estén en la Gobernación de Antioquia, podremos advertir como el poeta: ‘Ven, señora muerte, que soy un niño de sal entre tus faldas’.»
Poco tiempo después fue asesinado.
No traigo esta historia para alimentar resentimientos. La traigo porque la memoria importa.
Desde el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, en 1948, Colombia lleva 78 años atrapada en ciclos de violencia política. Han sido décadas de muertos, desplazados, secuestrados, familias destruidas y oportunidades perdidas.
¿Hasta cuándo?
Somos un país inmensamente rico en recursos, talento humano, diversidad y capacidad emprendedora. Sin embargo, gran parte de nuestra energía colectiva se ha consumido en la confrontación permanente.
Por eso hago un llamado respetuoso a todos los colombianos: no elijamos la violencia.
No elijamos discursos que convierten al contradictor en enemigo. No elijamos liderazgos que consideran que los problemas del país se solucionan eliminando, aplastando o destruyendo a quienes piensan distinto.
La democracia se construye sobre el respeto a la diferencia. La paz no significa impunidad. La reconciliación no significa olvido. El perdón no significa renunciar a la verdad.
Significa comprender que ningún proyecto político vale más que una vida humana.
Colombia necesita líderes capaces de unir, no de dividir. Gobernantes que entiendan que la fortaleza de una nación no se mide por su capacidad para destruir adversarios, sino por su capacidad para crear oportunidades.
Necesitamos un país donde las personas más vulnerables puedan salir adelante, donde los jóvenes tengan futuro y donde la pobreza deje de ser una condena hereditaria.
Porque cuando la base crece, Colombia crece.
La memoria no sirve para alimentar el odio. Sirve para evitar que la historia se repita.
Este domingo no votemos con miedo. Votemos con memoria.
No elijamos la violencia.
Nos merecemos vivir en paz.
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