
Ángela María Giraldo Cadavid
Ortodoncista y Magister en Ciencias políticas
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Perdónenme la comparación.
Pero a veces veo a ciertos candidatos y me acuerdo de esos tigres de circo que, de tanto escuchar los aplausos, terminan creyendo que son los reyes de la selva.
Van con ese caminaíto de beisbolista rumbo al home que describía magistralmente David Sánchez Juliao. El pecho inflado. La mirada ensayada. La sonrisa calculada. La barba perfectamente delineada.
Y entonces me pregunto si estamos eligiendo gobernantes o personajes.
Porque Colombia tiene una extraña tendencia a enamorarse de quienes hablan más fuerte y olvidar a quienes escuchan más profundo.
Mientras algunos candidatos prometen recortar el Estado, pasar la motosierra y eliminar cientos de miles de empleos públicos, otros insisten en una idea aparentemente menos espectacular: que el desarrollo de un país comienza por su gente.
No sé ustedes.
Pero yo llevo años pensando que Colombia no tiene un exceso de ciudadanos. Tiene un déficit de oportunidades.
El problema de Colombia nunca ha sido que sobren maestros.
Que sobren enfermeras.
Que sobren jueces.
Que sobren funcionarios honestos.
El problema ha sido que sobran niños sin escuela de calidad, familias sin acceso digno a la salud, campesinos sin crédito, jóvenes sin empleo y regiones enteras abandonadas durante décadas.
Por eso creo en una idea sencilla.
Si la base crece, Colombia crece.
Si un niño de una vereda puede estudiar, Colombia crece.
Si una madre cabeza de familia consigue empleo, Colombia crece.
Si un campesino logra producir más, Colombia crece.
Si un joven encuentra oportunidades antes que un fusil, Colombia crece.
Las grandes naciones no se construyen desde arriba.
Se construyen desde abajo.
Los árboles más altos dependen de raíces profundas.
Y las democracias más fuertes dependen de una ciudadanía que sienta que tiene un lugar en el futuro.
Quienes hemos sufrido la violencia sabemos que el país no se rompe cuando faltan discursos.
Se rompe cuando faltan oportunidades.
Se rompe cuando millones de personas sienten que no pertenecen.
Se rompe cuando la prosperidad se vuelve un privilegio y deja de ser una posibilidad.
Dentro de pocos días iremos a las urnas.
Y quizás la pregunta más importante no sea quién ruge más fuerte.
Ni quién tiene la barba más perfecta.
Ni quién domina mejor las redes sociales.
La pregunta es otra.
¿Qué candidato entiende que el verdadero motor de Colombia no está en los palacios, ni en los ministerios, ni en las campañas?
Está en la gente.
Porque cuando la prosperidad llega solamente a unos pocos, crecen algunas fortunas.
Pero cuando la prosperidad llega a la base, crece una nación.
Y si la base crece, Colombia crece.
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