
Angel Tolosa
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Conocí a Gustavo Gallón en julio de 1988, a raíz de mi participación como delegado campesino por Colombia en el Seminario Internacional sobre Derecho Consuetudinario en América Latina, realizado en Lima, Perú, con el auspicio del Instituto Interamericano de Derechos Humanos (IIDH) y la Comisión Andina de Juristas (CAJ).
A partir de ese momento nos unió una entrañable amistad, forjada en un inquebrantable compromiso social por la defensa de los derechos de las comunidades marginadas. Veinticinco años después, en octubre de 2013, Gustavo me invitó a participar como enlace campesino en el proyecto Litigio Estratégico y Representación, suscrito por la Comisión Colombiana de Juristas (CCJ) con el Gobierno nacional, a través de la Unidad de Restitución de Tierras (URT).
Mi paso por la CCJ, desde entonces y hasta diciembre del año pasado, fue una experiencia maravillosa, sobre todo por los nuevos aprendizajes adquiridos y por la armonía laboral en la que siempre sentí respaldo y reconocimiento hacia mi labor, gracias a la orientación de Gustavo. En ningún otro espacio de mi dilatada vida laboral —de más de 38 años, tanto a nivel nacional como internacional— encontré tanto apoyo y valoración como el que recibí en la CCJ, particularmente de su equipo de Tierras y, en general, de todas las demás áreas de trabajo.
Llegué a sentir a la CCJ en mi corazón, no solo como un espacio laboral, sino como una familia extensa, en la que jóvenes profesionales de enorme talento nunca antepusieron las barreras generacionales para marcar distancias. Por el contrario, siempre estuvieron dispuestos a intercambiar saberes académicos con la sabiduría que dan los años, en un ambiente permanente de camaradería, reconocimiento y respeto.
Una muestra inolvidable de ese armonioso encuentro generacional fue la celebración y el reconocimiento que me brindaron al cumplir mis 70 años. Mi esposa, mi hijo y yo jamás olvidaremos ese gesto.
Comprenderán entonces que la partida de Gustavo, sobre todo en medio de la coyuntura de oscuridad y violencia que enfrentaremos a partir del 7 de agosto, representa para mí un golpe profundamente doloroso. Cuando hablo con amigos sobre su partida, no puedo evitar quebrarme.
No sé cuánto pudo afectarle a Gustavo la llegada de un gobierno fascista a nuestro país, ni en qué medida ello haya contribuido a su inesperada partida. Lo que sí sé es que siento un inmenso dolor de familia y de patria, acompañado de una profunda desazón.
Estaba ilusionado con el pronto regreso de Gustavo, para sentarnos a pensar y trazar planes sobre cómo salvar la institucionalidad y la misionalidad de la CCJ, de modo que pudiera continuar su invaluable labor de defensa de los derechos humanos, especialmente los derechos de miles de campesinos y campesinas que se niegan a aceptar que el fin de la CCJ esté cerca.
Frente a esta mezcla de dolor y desasosiego que deja su inesperada partida, tenemos el reto de levantarnos y continuar su legado: su ejemplo como defensor incansable de los derechos humanos. Más aún cuando todos sabemos que, con De la Espriella, se avecina un periodo de autoritarismo contra el pueblo, de violaciones sistemáticas de los derechos humanos, de entrega de la soberanía nacional al imperialismo, de saqueo de nuestros recursos naturales y de agresión violenta contra la madre naturaleza mediante prácticas como el fracking.
El mejor homenaje que podemos rendirle a Gustavo es continuar su lucha; enarbolar, pese a la adversidad, su bandera en defensa de los derechos humanos y de la justicia para los pobres.
En esa tarea, pese a este inmenso dolor y a mis mermadas fuerzas por el peso de los años, quiero decirle a toda la familia de la CCJ que pueden contar conmigo.
Estoy seguro de que Gustavo, desde la eternidad, seguirá iluminando con su sabiduría nuestros pasos en la lucha por una nueva Colombia, una Colombia en la que quepamos todos y todas.


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