
Amor Arelis Hernández Peñaloza
Doctora en Letras y profesora de profesores de Lengua y Literatura
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Hacía rato que quería leer «El sendero de los nidos de araña» y, sinceramente, fue una sorpresa extraña. No solo porque descubrí que es la primera novela de Calvino, sino porque esperaba encontrar otra cosa, imaginaba la historia de alguien perdido en alguna de sus fabulosas y poéticas «Ciudades invisibles», o algún acontecimiento maravilloso en esa ciudad telaraña suspendida sobre un abismo.
En cambio, me encontré con Pin, un niño que atraviesa la resistencia de los partisanos italianos durante la Segunda Guerra Mundial. A través de su mirada asistimos no solo a la crudeza y la violencia de un tiempo que solemos considerar un asunto de adultos, sino también a la forma en que la infancia es capaz de mirar ese horror sin dejar de buscar un lugar para la amistad.
Mientras leía, sentí que Calvino nos recuerda que una historia personal está creada de momentos memorables y de emociones intensas, pero sobre todo está hecha de aquello que el tiempo deja en nosotros: “memoria”. Como escribe en el prólogo: “He aquí que la memoria —o mejor la experiencia, que es la memoria más la herida que te ha dejado, más el cambio que ha operado en ti y que te ha hecho diferente”.
Tal vez por eso la memoria partisana de Calvino sigue conmoviendo pues no es únicamente el recuerdo de una guerra, sino la huella que esa experiencia dejó en su manera de comprender el mundo y de narrarlo. En esa herida transformada en literatura parece encontrarse, aquello que alguna vez definió como “el sentido trágico de la vida.”


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