
Gerardo González Uribe
Administrador de empresas, Especialista en finanzas y marketing de la Universidad de los Andes.
Estudios en Ontología con el Dr Humberto Maturana.
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Como hemos pecado necesitamos al ungido para expurgar los pecados cometidos para que llegue el Mesías.
La política contemporánea suele analizarse bajo el frío lente de la economía, los flujos de capital o la estrategia militar; sin embargo, existe una dimensión subterránea, cargada de misticismo y profecía, que actúa como el verdadero motor de las decisiones que hoy sacuden el tablero global. No estamos ante un simple conflicto de fronteras, sino ante la ejecución de un guion escatológico, el estudio del fin de los tiempos, donde figuras políticas de primer orden son vistas como piezas de un rompecabezas divino diseñado para acelerar la llegada del Mesías.
Para comprender esta trama, es vital entender que el «Mesías» que esperan estos grupos no es el mismo que el del cristianismo tradicional. Mientras que el Mesías católico se presenta como una figura cuyo propósito principal es la salvación espiritual, la redención del alma frente al pecado y la oposición directa al Anticristo según el Apocalipsis de San Juan, el Mesías judío sionista es descrito de forma radicalmente distinta.
En esta visión escatológica, el Mesías es un líder político y militar que, a través de la «sangre y la espada», establecerá el dominio de Dios en el mundo físico mediante la creación del Gran Israel. Bajo este orden, el pueblo de Dios ejercería un mando soberano sobre las demás naciones, los llamados goyim, los gentiles, cuyo papel sería el de siervos en este nuevo esquema geopolítico. Esta distinción es fundamental: uno busca salvar el alma; el otro busca restaurar un imperio terrenal absoluto.
Este relato no se escribe en los despachos de la ONU, sino en las páginas de una teología que ha transformado la fe en una herramienta de presión geopolítica, creando lo que algunos pastores denominan un «triángulo amoroso profano» entre el dispensacionalismo, el sionismo cristiano y el pentecostalismo
Para comprender este relato, es necesario desentrañar el concepto del dispensacionalismo, un sistema que interpreta la historia como una serie de etapas o «dispensaciones» en las que Dios trata de forma distinta con la humanidad
Bajo esta lógica, el Estado moderno de Israel no es una entidad secular nacida en 1948, sino el «reloj de Dios» en la Tierra. Para millones de creyentes, especialmente en el mundo anglosajón y latinoamericano, el retorno físico de los judíos a su tierra y la reconstrucción del Tercer Templo en Jerusalén, lo que implicaría derruir los actuales santuarios islámicos, son requisitos matemáticos e indispensables para que Jesucristo regrese a gobernar por mil años
Esta ansiedad escatológica ha convertido el apoyo irrestricto a las políticas expansionistas de Israel en un imperativo teológico: cada guerra, cada asentamiento y cada conflicto en Oriente Medio se lee como la confirmación de que una nueva etapa profética está por cumplirse.
En este escenario de caos y expectativa surge una figura inquietante: la del «ungido» pecador o el «mal necesario». Personajes como Donald Trump no son apoyados por su santidad o su rectitud moral; al contrario, su carácter disruptivo y sus sombras personales son precisamente lo que los hace aptos para el papel que la escatología judía y evangélica les ha asignado.
La premisa es tan cruda como fascinante: la humanidad está tan cargada de pecados que necesita atravesar periodos de sufrimiento extremo y penalidades para «expurgar» su condición
Trump es visto como ese instrumento bíblico, un «Ciro moderno» que, mediante el caos y el enfrentamiento con el «enemigo islámico» o el «comunismo», purga a la sociedad pecadora para allanar el camino a la redención final.
No es una casualidad estética que los líderes evangélicos rodeen a estos mandatarios y les impongan las manos en ritos de unción que imitan a los antiguos profetas y reyes de Israel; es una escenificación deliberada de una legitimidad que pretende trascender la democracia secular y conectarse con la gracia de entidades superiores.
Esta red de poder no opera en el vacío. Se sostiene sobre una infraestructura de «intermediarios estratégicos», empresarios, diplomáticos y políticos de segunda línea, que actúan como puentes entre el gobierno de Benjamín Netanyahu y las extremas derechas globales
Casos como el de David Hatchwell en España, quien conecta al partido Vox con el Likud israelí, o Amichai Chikli, el ministro de Asuntos de la Diáspora que equipara el «islamismo» con el «comunismo», demuestran cómo se ha consolidado una internacional de derechas radicales
Esta alianza utiliza el «securitismo», visión que pone la seguridad militarista por encima de las libertades de las personas, y el nacionalismo religioso para deshumanizar al adversario, transformando las amenazas de seguridad en peligros de aniquilación total.
En este tablero, líderes como Jair Bolsonaro en Brasil o Javier Milei en Argentina y ahora Abelardo de la Espriella en Colombia, adoptan el simbolismo judío y el apoyo a Israel no solo por afinidad ideológica, sino como un marcador identitario de un «alineamiento civilizatorio» contra el progresismo y contra el mundo árabe.
Esta extraña mezcla entre religión y política ha provocado un daño profundo en la identidad de las iglesias cristianas actuales, especialmente en las pentecostales. Lo que está ocurriendo es que muchas congregaciones se han llenado de símbolos y costumbres ajenas, como las banderas de Israel, el uso de cuernos de carnero (shofares) y ceremonias antiguas, siguiendo una tendencia llamada «raíces hebreas». Al hacer esto, el mensaje original de Jesús sobre el amor y el perdón gratuito (el evangelio de la gracia) se está dejando de lado.
En su lugar, se están imponiendo ritos que parecen más políticos o patrióticos, algo que muchos pastores critican duramente llamándolo «fuego extraño», pues consideran que son prácticas que no representan la verdadera fe cristiana y que confunden la política de un país con la espiritualidad
Al convertir al Estado de Israel en un ídolo intocable, la iglesia ha perdido su capacidad de ser una voz profética que denuncie la injusticia social. Se ha caído en una «mudez cómplice» ante crímenes de guerra, masacres, bombardeos sobre civiles y el sufrimiento de los niños en Gaza, justificando el horror bajo el pretexto de que son «pasos necesarios» del cronograma celestial
Es la tragedia de un evangelio que ya no unge enfermos para sanarlos, sino que pretende «ungir tanques» y bendecir ejércitos, olvidando que Dios no tiene un doble estándar y que la sangre del inocente clama desde la tierra sin importar su nacionalidad.
Hablar de estos temas resulta inmensamente difícil porque operan bajo lo que se denomina «la barrera de la incredulidad». En una sociedad secularizada, tendemos a descartar lo místico como «películas de Hollywood» o teorías de conspiración. Sin embargo, si los actores que ostentan el poder realmente basan sus decisiones en rituales sacrificiales, sociedades secretas o convicciones escatológicas, esas creencias se convierten en una «realidad material» que debe ser analizada con rigor político.
El mayor triunfo de las fuerzas de la sombra es convencer al mundo de que no existen, permitiendo así que agendas que buscan la transformación artificial del mundo o el poder absoluto avancen sin ser cuestionadas por una opinión pública que carece de las herramientas para descifrar este lenguaje simbólico.
Ignorar el factor religioso en Oriente Medio o en las cúpulas del poder anglosajón es un error de análisis garrafal, pues allí la fe no es un adorno cultural, sino la ley que dicta la guerra y la paz.
Comprender estas ideologías religiosas es, por tanto, vital para analizar el ascenso de liderazgos como el de Abelardo de la Espriella en Colombia. En un perfil donde el poder se proyecta a través de la estética de la autoridad, la defensa de valores tradicionales y una narrativa de «restauración» nacional, la figura del «ungido» que viene a purgar los males de la sociedad encaja perfectamente con el arquetipo del líder escatológico.
La historia nos muestra que estos gobernantes a menudo se ven a sí mismos como instrumentos de una voluntad superior, lo que justifica el uso de una retórica de confrontación total y el alineamiento con redes internacionales de poder que consideran a Israel su eje estratégico.
En un gobierno de esta naturaleza, la política deja de ser un ejercicio de gestión ciudadana para convertirse en una misión de destino manifiesto donde el adversario no es un competidor político, sino un pecado que debe ser expurgado y eliminado.
En conclusión, la guerra sionista evangélica no es solo un conflicto de misiles y drones; es una batalla por el cumplimiento de un final de los tiempos provocado por el hombre. Mientras la iglesia pentecostal y los movimientos de extrema derecha sigan casados con este dispensacionalismo ciego, continuarán bendiciendo lo que, en términos teológicos, «Dios llora»: el desprecio por la vida humana y la instrumentalización de lo sagrado para fines de dominio mundial.
Es imperativo despertar de este «sueño polígamo» y reconocer que la verdadera justicia no se encuentra en acelerar el Armagedón, sino en recuperar una ética que no se arrodille ante ningún poder terrenal, por más que este se disfrace de profecía cumplida.
O el análisis político integra la profundidad de estas creencias, o seguiremos siendo espectadores mudos de una tragedia que se escribe con sangre bajo el velo de lo divino.


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