
Gerardo González Uribe
Administrador de empresas, Especialista en finanzas y marketing de la Universidad de los Andes.
Estudios en Ontología con el Dr Humberto Maturana.
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La sensación predominante, después de que se apagan las luces de las campañas y se barren los papelitos de las plazas, es que el país cambió, pero nadie sabe muy bien para dónde va la cosa. Muchos se quedan pegados a lo que dicen en el WhatsApp o a lo que gritan en las noticias, pero la realidad es mucho más enredada de lo que parece a simple vista.
Para entender lo que está viviendo Colombia hoy, hay que dejar de lado ese cuento de que somos dos bandos peleando por un trozo de pan. La verdad es que Colombia no es un país dividido en dos; es un país fragmentado en tres pedazos, y cada pedazo tiene una fuerza distinta.
Para arrancar este análisis, imaginémonos que el país es como una casa donde viven tres familias que no se hablan. Si uno no entiende quiénes son esas familias y qué quieren, se va a comer el cuento de la propaganda que dice que todo está de maravilla o que todo es un desastre. Aquí vamos a desmenuzar este laberinto, hablando claro y con profundidad analítica, para que cualquiera entienda que el poder en Colombia no es lo que nos pintan en los medios oficiales prepago de la propaganda de la campaña que nos impuso presidente.
El Bloque de la Ilusión: Una Estantería sin Pegamento.
Hablemos del primer grupo, el del presidente electo, Abelardo. Ganó, con todas las dudas existentes de fraude y sacó 13 millones de votos que lo pusieron a mandar. Pero mire lo curioso: cuando uno mira bien esos votos, se da cuenta de que son como una estantería sin pegamento.
¿Qué significa eso? Pues que la gente que votó por él no está unida por una idea clara o un proyecto de país que uno diga «esto es lo que vamos a construir».
Lo que los unió fue el marketing político, los videos bonitos y, sobre todo, la activación de emociones de odio del momento, una eficaz campaña copiada exactamente del modelo Milei de la Argentina. Allí era el león, aquí el tigre. Allí, el león se presentaba con el cabello desgreñado como una pieza central de su identidad pública y política. Un estilo «despeinado» o «ropero» como símbolo de autenticidad, rebeldía y ruptura con la política tradicional, evitando cortes de cabello convencionales. Nuestro “tigre” se identifica con un peinado tradicional engominado, brillante y pulido por los geles aplicados.
Es como cuando uno compra un televisor de marca porque el comercial era espectacular, pero cuando lo saca de la caja se da cuenta de que no trae los cables para conectarlo. Ese es el problema de Abelardo: tiene el cargo, se sienta en la silla, pero su base de apoyo es frágil porque se armó a punta de ruido publicitario.
No hay una convicción profunda que aguante un aguacero político. Por eso se dice que tiene una «desnudez ideológica»; es decir, que detrás de las frases de campaña no hay un plan sólido que lo sostenga cuando llegue la hora de la verdad de gobernar. Como no hay un programa de gobierno estratégico solo queda acudir a “destripar” a quien se atreva a desafiarlos.
Y claro, como no tiene gente propia que sepa de política de verdad ni mayorías en el Congreso para pasar leyes, le tocó hacer lo que juró que no haría: salir corriendo a buscar a los «viejos lobos» de la política de siempre. Hablamos de los partidos de toda la vida, los que él mismo criticaba en los debates. Al buscar refugio en el Conservatismo, el Uribismo o Cambio Radical, el presidente electo terminó atrapado. Ahora son esos mismos políticos tradicionales los que le marcan las «líneas rojas; o sea, que él manda, pero solo hasta donde los otros le dan permiso. Al final, terminó siendo un rehén de las estructuras de siempre para intentar poder medio gobernar.
Los 29 Millones de Razones: La Mayoría Invisible
Ahora, aquí es donde la mayoría de la gente se confunde por culpa de la propaganda. Nos dicen que Abelardo tiene el mandato del pueblo, pero si uno agarra una calculadora y mira las cifras fríamente, la historia es otra. Resulta que hay un «tercer país» que
nadie menciona mucho: los 15 millones de colombianos que no votaron o que votaron en blanco.
Si uno suma esos 15 millones con los 13 millones que votaron por la oposición (el grupo de Cepeda), nos da una cifra que asusta a cualquiera: 29 millones de ciudadanos que no avalan el proyecto de Abelardo. Eso es más del doble de los que votaron por él. Por eso se dice que Colombia tiene una mayoría indiscutible que es invisible para los analistas prepago de los medios de propaganda, pero que está ahí, mirando con desconfianza y guardando una «distancia crítica».
Piense uno en esto como en una junta de acción comunal. Si el presidente de la junta gana con 10 votos, pero en el barrio viven 40 personas y 30 no están de acuerdo con él, ese presidente no puede llegar a mandar como si fuera el dueño del pueblo. Esa es la fragilidad del mandato actual: gobernar ignorando a 29 millones de personas es como tratar de manejar un bus con las llantas pinchadas; tarde o temprano, se va a quedar varado.
La Oposición: Estructura contra Emoción.
Mientras el gobierno anda tratando de pegar su estantería con saliva, al otro lado está la oposición liderada por Cepeda. Y vea, aquí hay una diferencia que es clave entender, para no dejarse engañar.
Mientras la propaganda del protofascismo, anarcocapitalista, se basó en emociones y marketing, la oposición tiene una plataforma política definida de más de 400 páginas. Tienen un plan, tienen identidad de partido y tienen algo que al gobierno entrante le falta: capacidad de movilización real en las calles.
Esta oposición no está ahí solo para estorbar; su papel es vigilar que no se pierdan las conquistas sociales que se lograron en los últimos años. Estamos hablando de cosas que le tocan el bolsillo y la vida a la gente de a pie: el salario vital, la reforma agraria para que el campo produzca, las pensiones para los viejitos que no tienen nada y la matrícula cero para que los muchachos estudien en la universidad pública.
La gente debe entender que la democracia no es solo votar cada cuatro años y desentenderse. La verdadera democracia se hace cuando uno se pone en la tarea de «pensar, preguntar, vigilar y proponer» para construir el país en el que todos en convivencia podamos vivir sin destripar al otro que piensa diferente. Esa es la muralla que la ciudadanía y la oposición han levantado: no van a dejar que, por cuenta de recortes o de querer quedar bien con los de afuera, se borren de un plumazo los avances que benefician a los más pobres.
El Riesgo de los «Virreyes» del nuevo y asesino emperador anglo-sionista.
Aquí la cosa se pone un poco más complicada, pero es vital entenderla para que no nos metan el dedo en la boca.
Resulta que hay una sombra grande que se proyecta sobre Colombia desde el norte. Algunos analistas dicen que estamos entrando en la era de las ‘Trump Republics’. ¿Y eso qué es? Pues es como una versión moderna de lo que antes llamaban «repúblicas bananeras», donde los países de América Latina terminan siendo vasallos de los intereses de Estados Unidos.
El cuento es que figuras como Abelardo no aparecen de la nada; hacen parte de un mapa donde diversos países están alineando sus políticas a lo que dicte la Casa Blanca, actuando más como «virreyes» al servicio de intereses extranjeros que como presidentes soberanos. Se habla de un «colonialismo comercial, donde empresas extranjeras ligadas al poder en Washington vienen, no a ayudar al país, sino a apoderarse y saquear los recursos y a garantizar que el dinero fluya hacia afuera.
Y ojo a este detalle que a uno no le dicen: para que esas inversiones extranjeras se sientan seguras, muchas veces los gobiernos terminan subiéndole los impuestos a la gente (como el IVA) y, si la gente sale a protestar porque no le alcanza la plata, pues la orden es reprimir la protesta social con mano dura. Es un estilo de gobierno que prefiere quedar bien con el inversionista de afuera que con el ciudadano de adentro.
Esto pasa porque tenemos una educación política de jardín infantil. Nos han acostumbrado a no pensar, a no criticar y a
simplemente obedecer mitos. Nos dicen que el enemigo es China o que el comunismo viene a quitarnos la casa, mientras que por el otro lado nos van apretando el cinturón con deudas de bancos extranjeros. Es un sistema que prefiere que la gente no sepa de política para que sea más fácil de manejar con cuentos y miedos.
¿Qué nos espera en el horizonte?
Entonces, ¿para dónde va Colombia con todo este enredo? La cosa está clara: si Abelardo sigue pensando que puede mandar solo para los suyos y para los intereses de afuera, el fracaso es casi seguro. Ningún proyecto nacional puede ser grande si pretende ignorar a los 28 o 29 millones de colombianos que no están de acuerdo con el rumbo señalado por el próximo presidente.
Lo que el país necesita no son «vencedores eternos» ni «derrotados permanentes». Lo que se requiere es un Acuerdo Nacional de verdad, donde se respeten las diferencias y se entienda que el que piensa distinto no es un enemigo interno que hay que eliminar. La soberanía de una nación no se mide por qué tan bonito habla el presidente en los foros internacionales, sino por su capacidad de no arrodillarse ante los poderosos del mundo para defender la grandeza de su propio pueblo.
El éxito del próximo gobierno no se va a medir por cuántos “likes” tengan sus videos en redes sociales ni por cuánto ruido hagan sus seguidores. Al final del día, el que va a juzgar es el tiempo. La historia escribirá sus páginas basándose en si se protegieron las conquistas de los humildes o si se entregó el país a pedazos.
Uno, como ciudadano, tiene la responsabilidad de informarse bien, de no dejar que la desinformación y la mentira nos llenen la cabeza. Hay que pasar de esa «educación rastrera» que solo busca obediencia, a una conciencia ciudadana que sepa que la dignidad no se negocia. Colombia tiene matices, tiene gente berraca que sabe ponerse firme cuando la ponen contra la pared.
En resumen, estamos en un momento de definición. O aprendemos a convivir como las tres partes de un mismo país, respetando lo que se ha construido, o nos quedamos atrapados en ese laberinto de la estantería vacía, viendo cómo otros deciden por nosotros desde lejos. La invitación es a pensar con cabeza propia, a mirar más allá de la propaganda y a entender que el futuro de Colombia no depende de un solo hombre, sino de la fuerza de esos millones que hoy vigilan y proponen un país donde quepamos todos.


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