
Gerardo González Uribe
Administrador de empresas, Especialista en finanzas y marketing de la Universidad de los Andes.
Estudios en Ontología con el Dr Humberto Maturana.
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Hay una pelea silenciosa, pero brutal, que define el destino de los pueblos. No se libra con fusiles ni en las trincheras, sino en el escritorio de un funcionario, en el recinto de un Congreso o en la decisión de un contratista. Es la pelea entre el ideal social y el apetito vulgar.
El primero mira hacia la construcción del buen vivir; el segundo, hacia el bolsillo de unos pocos oportunistas al acecho de los recursos del Estado. El primero piensa en la próxima generación; el segundo, en la próxima jugada astuta. Y en Colombia esa pelea no es un ejercicio teórico de academia: es el pan de cada día, el espejo donde se refleja nuestra desgracia y, de vez en cuando, nuestra esperanza.
La distinción, vista de cerca, parece una radiografía del alma nacional. Por un lado, están las mentes de largo plazo, aquellas que entienden la política como un acto de construcción lenta, como quien siembra un roble sabiendo que quizá nunca se sentará a su sombra. Por el otro está la codicia del minuto, esa fiebre que convierte todo en botín, confunde el erario con la caja menor de una finca y mide el éxito en contratos amañados, puestos burocráticos y titulares de prensa.
Miremos ejemplos concretos, porque la abstracción poco explica la realidad colombiana. Imaginemos el dilema de un gobernante frente a una vasta zona de páramo o selva. Los ideales sociales le dicen: “Proteja el agua, cuide el ecosistema, garantice el aire limpio para quienes vienen”. Es una decisión que quizá no produzca réditos electorales inmediatos ni llene mañana las arcas del municipio. Enfrente, el apetito vulgar le grita: “Entregue la licencia minera, permita el fracking o fracturación hidráulica, cobre la regalía hoy y que el futuro se ocupe de sí mismo”.
La historia reciente de Colombia ofrece demasiados ejemplos de esa elección. Ahí están los páramos convertidos en huecos, los ríos envenenados con mercurio y las comunidades desplazadas de sus tierras por la retroexcavadora de la ambición inmediata o por el paramilitarismo utilizado para apoderarse de las tierras de campesinos vulnerables.
Ese es el apetito vulgar en su máxima expresión: la incapacidad de sacrificar el beneficio inmediato para construir una base sólida. Es el alcalde que pavimenta la calle principal cada dos años porque el contrato deja comisión, en lugar de invertir en el alcantarillado que nadie ve, pero salva vidas. Es el congresista que vota una reforma tributaria a cambio de cupos burocráticos mientras la educación pública se cae a pedazos.
La codicia del minuto no construye nación: construye fortunas personales. Y cuando la fortuna personal se convierte en objetivo de la política, esta deja de ser el arte de gobernar para convertirse en el arte de saquear. Para algunas mentes, semejante conducta se confunde con “ser prácticos”.
Pero el asunto va más allá de la corrupción. El apetito vulgar también se disfraza de pragmatismo barato. Es la idea de que “así se hacen las cosas aquí”, del “roba, pero hace” o de que “la plata pública es de nadie”. Esa mentalidad de corto plazo carcome los cimientos de cualquier proyecto colectivo.
Piénsese en el sistema de salud. El ideal social propone salvar vidas, invertir en prevención y construir hospitales con vocación de permanencia. La codicia del minuto prefiere girar tarde los recursos para obtener beneficios financieros, recobrar de más y tratar al Estado como una fuente inagotable de dinero. El resultado es una paradoja brutal: un país con una legislación de salud ambiciosa, mientras ciudadanos mueren esperando atención y los recursos se pierden en los laberintos de una intermediación voraz.
¿Y qué aspecto tiene un ideal social en la realidad colombiana?
Tiene cara de maestro rural. De ese maestro que permanece veinte años en la misma escuela perdida en la montaña, enseñando a leer a los hijos de los campesinos, no porque vaya a hacerse rico, sino porque entiende que una revolución pacífica y duradera también se hace con tiza y tablero.
Tiene cara de científico que dedica su vida a estudiar la resistencia de una semilla nativa de yuca o a mapear la biodiversidad del Chocó, sabiendo que su trabajo quizá nunca le dará una portada en los noticieros, pero que dentro de treinta años podría marcar la diferencia entre la escasez y la abundancia.
El ideal social también se expresa en decisiones gubernamentales menos vistosas, pero fundamentales. Es el alcalde que invierte en un plan de ordenamiento territorial serio y protege los humedales que evitan inundaciones, en lugar de entregar permisos de construcción a los amigos del club. Es el ministro de Hacienda que rechaza un gasto suntuario y preserva la estabilidad de las finanzas públicas porque sabe que los desequilibrios económicos terminan golpeando con mayor fuerza a los pobres.
Son acciones menos llamativas que un escándalo de corrupción, pero más profundas. Revelan la existencia de mentes capaces de pensar a largo plazo dentro de un Estado que demasiadas veces recompensa lo contrario.
El contraste duele. Mientras un sector de la dirigencia piensa cómo fortalecer instituciones capaces de durar cien años, otro calcula cómo debilitarlas hoy para evitar que mañana le pidan cuentas. Es la diferencia entre sembrar un bosque y cortar el último árbol para venderlo como leña.
La codicia del minuto se resume en una pregunta: “¿Y a mí qué me toca?”. El ideal social se sostiene sobre otra: “¿Qué les voy a dejar a ellos?”.
Quizá uno de los casos más claros de esta contradicción nacional sea nuestra relación con la tierra. Colombia posee una enorme vocación agrícola y, sin embargo, importa alimentos que podría producir. El apetito vulgar convirtió la tierra en instrumento de especulación: acumular baldíos, utilizar testaferros, esperar la valorización y vender. Mientras tanto, el campesino que la trabaja, madruga a ordeñar y cuida el cultivo como a un hijo encuentra enormes dificultades para acceder al crédito.
Ahí está el espejo: la tierra en manos de quien la mira como una cifra en una hoja de cálculo y lejos de quien la entiende como sustento, trabajo y herencia.
Un ideal social serio exige una reforma agraria convertida en política de largo aliento, capaz de hacer productivo el campo y preservar sus recursos. Pero semejante propósito requiere esfuerzo, tiempo y, sobre todo, renunciar a la obsesión por la ganancia inmediata. La codicia del minuto desconoce esa renuncia.
Se trata de distinguir entre el empresario que construye una fábrica, genera empleo estable y paga impuestos, y el “empresario” de la política que monta un consorcio de papel para ganar una licitación sin mover un ladrillo. Entre el político que negocia para sacar adelante una ley de interés colectivo y aquel que negocia para impedir controles que lo incomodan.
La diferencia fundamental no está en el color ideológico del partido, sino en la calidad ética de la mirada: ¿se piensa a veinte años o a veinte minutos?
Colombia también ha tenido figuras que encarnaron ese ideal social con admirable terquedad. Gobernantes que insistieron en llevar educación técnica a regiones olvidadas cuando el país parecía entender el desarrollo únicamente como megaproyectos de concreto. Jueces y fiscales que, contra viento y marea, destaparon ollas podridas de corrupción a pesar de las amenazas, porque su conciencia les impedía callar.
Esos son los robles que otros sembraron y bajo cuya sombra todavía podemos discutir.
El problema es que los apetitos vulgares suelen ser más ruidosos, fotogénicos y rentables en el cortísimo plazo. También más astutos para ganar elecciones. Un escándalo de corrupción vende más prensa que una buena gestión de acueducto. Un político que regala mercados puede capturar más votos que otro dedicado a explicar un plan de desarrollo a diez años.
Por eso la pelea es desigual.
El espejo de Colombia nos devuelve una imagen contradictoria. Tenemos la cocaína de la codicia circulando por las venas del Estado, pero también la obstinación de quienes se resisten a vender sus ideales.
La gran tarea de esta generación quizá consista en mantener viva esa distinción. Llamar robo al robo, aunque lo cometa un poderoso. Llamar visión a la visión, aunque la encarne un humilde. Y recordar, al votar, contratar, denunciar o simplemente vivir en comunidad, una lección elemental: una sociedad que hipoteca su futuro para satisfacer los apetitos del presente termina quedándose sin futuro y, finalmente, sin nada que llevarse a la boca.
El ideal social es una disciplina incómoda. La codicia del minuto, un placer efímero. Colombia, con su historia torcida y su geografía prodigiosa, es escenario permanente de esa disputa.
Aunque el ruido del dinero fácil proveniente del narcotráfico muchas veces aturda, en algún lugar de la selva un maestro enciende una vela para preparar la clase del día siguiente. Ese gesto mínimo, repetido millones de veces, ha sido una de las respuestas más poderosas frente a la vulgaridad.
Porque el largo plazo no se construye con un solo héroe. Se construye con la suma silenciosa de quienes se niegan a vivir pendientes únicamente del minuto, de quienes cuestionan las narrativas impuestas por los poderes hegemónicos y de quienes reconocen cuándo Dios y la religión son utilizados como máscaras para justificar intereses de poder y el saqueo de los recursos públicos.


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