
Víctor Solano Franco
Comunicador social y periodista
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Especial para El Quinto
Aún me suelo encontrar con quienes todavía piensan que una librería es un lugar donde se compran libros, un asunto meramente transaccional. Es cierto, pero sería como decir que un restaurante es un sitio donde se venden alimentos. Una librería es mucho más: es un espacio de encuentro, de conversación, de descubrimientos inesperados y, por qué no, de cafés que se enfrían mientras uno sigue hablando de aquello que acaba de leer.
En tiempos en los que buena parte del conocimiento parece estar a un clic de distancia y en los que la inteligencia artificial promete responder casi cualquier pregunta, leer sigue siendo una necesidad intelectual y, me atrevería a decir, casi que espiritual; una especie de condición sine qua non para ser medianamente competente en el mundo. Una sociedad en la que el conocimiento tiene cada vez mayor valor no puede resignarse a formar personas capaces solamente de ejecutar tareas que requieren fuerza. La capacidad de comprender, interpretar, relacionar, cuestionar e imaginar es también una forma de trabajo, y cada vez más, una forma de poder.
Por eso a las librerías hay que seguir acudiendo. Y hacerlo sin una ruta demasiado definida, porque a veces el mejor hallazgo es precisamente el libro que uno no estaba buscando. De joven me gusta mucho irme a la Lerner en Bogotá o a las librerías de viejo en el centro. Ahora voy menos a Bogotá y me gustan mucho Aljibe, en Barichara; Ateneo en Bucaramanga; y Ábaco en Cartagena. Esto me da pie hoy para hablar de cuatro libros, muy diferentes entre sí, que tienen algo en común: amplían la biblioteca, pero también la conversación.
El primero llega de la mano de uno de los más fecundos periodistas culturales de Colombia. Manolo Bellon, DJ, locutor, comentarista y escritor de música, es un beatlemaníaco confeso, pero su conocimiento de la música va mucho más allá de los cuatro de Liverpool. Es, sobre todo, un barista de los entresijos de la historia musical: mezcla datos oficiales, testimonios, contexto y esa reportería clásica que permite encontrar lo que no aparece a primera vista.
De Manolo ya me había leído ‘El ABC del Rock’ en donde de manera muy fácil se accede a un conocimiento econclopédico, pero escrito con la prestidigitación del mago que saca datos y términos nuevo del sombrero. Ahora, en ‘La rapsodia de Queen’, Bellon reconstruye la historia de la banda de Freddie Mercury desde sus comienzos y se detiene especialmente en la relación entre sus cuatro integrantes. Allí aparece el mito, por supuesto, pero también la humanidad de quienes estaban detrás de él. El resultado es una biografía para el fan, pero también para quien quiera entender cómo se construye una banda, una época y una leyenda con la pasión del melómano, pero sin llegar a la euforia del fanático.
En otra esquina aparece Andrea Herrera, santandereana que durante años estuvo del otro lado del libro, reseñando cientos de obras, hasta que decidió asumir el riesgo de escribir el suyo. ‘Los días de la flor blanca’ es su primera novela y transcurre entre paisajes aromatizados por el café, historias de amor contadas con adjetivos precisos, sin mucílago; con bases de resiliencia e imágenes evocadoras. En la pasada edición de Ulibro encontró lectores y críticos, pero también algo quizá más difícil: lectores que llegaron sin conocerla y terminaron encontrando una voz fresca.
De allí podemos saltar, sin escalas, al poder. ¿Quién manda en Colombia?, de Jenny Pearce y Juan David Velasco Montoya, se mete en las entrañas de los últimos gobiernos para tratar de descifrar cómo las élites han incidido en el destino del país. Según el libro, entre la Constitución de 1991 y 2022, 932 personas pertenecientes a 119 familias tuvieron una incidencia decisiva sobre la conducción del Estado y la economía: una concentración extraordinaria del poder en relación con una población de más de 51 millones de habitantes.
Una de las virtudes del texto es que no presenta a las élites como un bloque uniforme. Hay familias de rancio abolengo y otras emergentes; grupos que compiten entre sí, pero que también encuentran espacios de coincidencia. El poder aparece menos como una conspiración única que como una red de relaciones, intereses, capacidades y formas de influencia. Que el libro vaya por su quinta edición y prepare una sexta dice algo de la necesidad que tenemos de encontrar nuevas claves para leer el país.
Y queda el más inesperado de los cuatro: Emmanuel Marín Buitrago. Al verlo, uno podría pensar que todavía está en edad de jugar en cortos; al leerlo, por momentos parece un escritor con varias décadas de experiencia. En 2025 obtuvo el primer puesto del Premio Internacional de Cuento Corto Mánfer de la Llera con ‘Aquello que no muere’. Ahora sorprende con ‘El arte de leer lo invisible’, una colección en la que conviven prosa y poesía y en la que destaca una riqueza de vocabulario poco frecuente para su edad. Aún no sé si es un preadolescente de 76 abriles o un viejito de 15 primaveras.
En su obra hay duelo, tensión y una capacidad para construir atmósferas vestidas de imaginación que hace pensar que estamos ante alguien cuyo nombre volveremos a encontrar.
Cuatro libros, para cuatro voces que alimentan cuatro maneras de mirar el mundo.
Y esa es, justamente, una de las razones por las que todavía necesitamos las librerías. Tal vez soy de esa generación que aún tiene el casi fetiche de quedar con los dedos untados de tinta cuando pasan las hojas del periódico de ayer y por eso se espera una relación táctil con las hojas de un libro impreso. Tal vez solo hay conciencia de que allí en las librerías no solo se encuentran ejemplares codificados, sino que se encuentran otras vidas, otras preguntas y, a veces, una versión de nosotros mismos que todavía no conocíamos.


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