
Víctor Solano Franco
Comunicador social y periodista
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Especial para El Quinto
Camilo Andrés Rojas Rey salió de Bucaramanga con la ilusión que acompaña a miles de hinchas cada fin de semana: ver jugar al equipo de sus amores. Como tantos otros, emprendió el viaje convencido de que el fútbol era una fiesta compartida. Nunca imaginó que no regresaría con vida. La noche del 27 de enero de 2026 fue asesinado en Cúcuta simplemente por ser identificado como hincha del Atlético Bucaramanga. Tenía apenas 24 años, era estudiante universitario y, según quienes lo conocieron, un joven apasionado por el fútbol y ajeno a la violencia.
Han pasado más de seis meses y el dolor de su familia sigue intacto. Las audiencias se han aplazado, uno de los procesados continúa sin aceptar responsabilidad y la justicia avanza con una lentitud que desespera. Pero el mayor riesgo sería creer que la muerte de Camilo fue un hecho aislado. No lo fue. Es la consecuencia más dramática de una cultura que durante años ha confundido la pasión deportiva con la guerra tribal.
Hace 14 años, barristas pertenecientes a Fortaleza Leoparda Sur se distanciaron de ésta y tomaron como suyo un “trapo” (prenda de identificación), con el que crearon una nueva barra: La Gran Familia, y lo convirtieron en un trofeo. Así se desarrolló una guerra que dejó personas muertas y heridas, procesos penales, personas privadas de la libertad, y una rivalidad que sin reparos fue transmitida a generaciones de barristas en los años siguientes.
Por eso merece reconocimiento el reciente esfuerzo de la Defensoría del Pueblo en Santander al facilitar un pacto de paz entre cerca de 10.000 barristas de distintas organizaciones del Atlético Bucaramanga como La Gran Familia y Fortaleza Leoparda Sur. No se trató únicamente de la firma de un documento, sino el reconocimiento de que el diálogo también tiene un lugar en el fútbol y de que la convivencia puede abrirse paso incluso entre grupos que durante años construyeron su identidad alrededor de la confrontación.
El gesto adquiere un valor especial porque algunas de esas barras nacieron precisamente de divisiones internas. Es decir, ni siquiera hablamos de rivales históricos, sino de personas que comparten el mismo escudo, los mismos colores y el mismo estadio, pero que durante años convirtieron las diferencias en enemistades que dejaron lesionados, familias rotas y vidas perdidas.
Ser hincha implica emocionarse, cantar, sufrir y celebrar. Todo eso hace parte del espectáculo. Lo que nunca debería hacer parte de él es el odio. Quien decide vivir el fútbol como una experiencia colectiva —ya sea en un estadio, un bar o una pantalla gigante instalada en una plaza— acepta implícitamente convivir con personas que sienten con distintas intensidades. Esa diversidad no empobrece el espectáculo, lo enriquece.
También los clubes tienen responsabilidades. Durante décadas han visto en las barras organizadas un aliado estratégico porque garantizan boletería vendida, colorido en las tribunas y un ambiente atractivo para patrocinadores y transmisiones. Pero esa relación no puede limitarse al beneficio económico. Si los equipos son empresas que aspiran a la sostenibilidad, necesitan conquistar nuevas generaciones de aficionados. Y eso solo ocurrirá cuando los padres vuelvan a sentir tranquilidad al llevar a sus hijos al estadio.
Un niño que asiste por primera vez a un partido debería recordar el olor del césped, el rugido del gol, la rítmica de los cánticos y la emoción de vestir la camiseta de su equipo. Nunca el miedo a una estampida, una pelea o un arma blanca.
El respeto también debe extenderse a las hinchadas visitantes. La rivalidad deportiva es parte de la esencia del fútbol; la violencia, no. Quien viaja cientos de kilómetros para acompañar a su equipo merece regresar a casa con la tristeza de una derrota o la alegría de una victoria, pero jamás dentro de un ataúd.
Quizá el mejor homenaje que podamos hacerle a Camilo Andrés Rojas sea impedir que otro joven tenga que pagar con su vida el precio absurdo de amar unos colores. Porque las tribunas están hechas para cantar, no para combatir. Y ningún equipo, por grande que sea, vale una sola vida humana.


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