
Francisco Cepeda López
Profesor y músico
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Para mis compañeros de travesía, esos maestros rurales que no temieron bajarse a empujar la chiva en los barriales de la burocracia, y cuyas voces sostuvieron el canto en el camino.
Me jubilé del sistema educativo, pero no de la pedagogía. Durante años, mi ejercicio profesional transcurrió bajo la sombra de lo que bien podría llamarse un trabajo esclavo administrativo.
Desde los escritorios centralistas de la ciudad, nos llovían siglas tormentosas como el DUA o el PIAR; simplificaciones burocráticas que pretendían reducir el misterio del aprendizaje a un check-list de carpeta, condicionando la dignidad del estudiante a la existencia de un diagnóstico médico o una etiqueta clínica. Para ser sincero, esos diseños normativos siempre me dejaron una profunda DUdA.
Aunque llagaba de otro entorno en el que la norma es herramienta de vida (no de existencia) y había obtenido la plaza en concurso nacional, la aplicación de tanta vaina era un verdadero pereque. Los directivos de la territorial de educación, intentaban convertirme en el gerente estéril de una aduana escolar. Pero mi realidad era otra: yo era rector en el ámbito rural, un territorio vivo habitado por niños Embera y estudiantes mal llamados diferentes.
Hace quince años, al llegar a la región, me topé con la primera gran confi-guración de camino. El Ministerio nos arrojó el fetiche de las «compe-tencias» y la «calidad», jugando al camuflaje semántico entre competir y competer. Pero tras esas palabras hurgué y descubrí la intención malditadel comentario oficial: un doble fondo diseñado para promover el individualismo y fabricar competidores aptos para la carrera esclava del mercado, midiendo el grosor de los folios en lugar del brillo en los ojos de los muchachos.
Frente a la violencia de esa norma que exige clasificar y categorizar, mi predicamento siempre fue el mismo: «Todos los estudiantes, o quienes quieran serlo, son sujetos de inclusión». Porque el aula tradicional, concebida como un contenedor rígido y homogéneo, funciona demasiadas veces como un instrumento de diferenciación y segregación encubierta.
El «incluido» no cabe en el salón simplemente porque el salón fue diseñado para estandarizar, no para albergar la vida; lo meten a la fuerza en el contenedor solo para engordar las estadísticas de cobertura.
Por eso, sin declaraciones ni alharacas institucionales, con mis maestros nos propusimos jugar a otra cosa. Algunos de los quince maestros miraban la propuesta con sospecha y, algunas veces, recurrían a pequeños boicots. Sin embargo, jugamos al intento de una escuela para estos tiempos, haciendo una escuela abierta y una escuela de aula inversa, donde las paredes se diluyeran para que el territorio, el río y la comunidad entraran al aula; un espacio inverso donde el orden vertical se quebrara para que el maestro fuera también un aprendiz de la realidad de sus estudiantes.
Cuando me preguntan qué hacía como administrador en medio de la trocha, prefiero hacer naco el lenguaje técnico del Ministerio. Yo no era un gerente. Yo era el chofer de un bus escalera. En una chiva rural no se piden decretos ni formatos para abordar. Allí se sube el indígena con su resguardo, el campesino con su bulto de café, el niño que aprende despacio y el que la norma pretendía segregar. Nadie es una ficha en observación.
Mientras la burocracia buscaba al elemento dócilmente incluido en su contenedor, en mi bus escalera operaba el milagro de la sorpresa: inclusoel que no hablaba el castellano de la capital, inclusoel etiquetado por el sistema, todos ellos iban arriba, adueñándose del viaje.
Mi labor en la rectoría no era clasificar a la gente por códigos. Mi trabajo consistía en aferrarme con firmeza al volante, conocer los abismos de la cordillera, sortear los derrumbes normativos que mandaban desde Bogotá y garantizar que la máquina siguiera andando sin que nadie se quedara abajo.
Al final, la paradoja de la administración se resolvía en la vía: mientras el formato exigía un ordenamiento en damero, cuadriculado y un silencio homogéneo y unánime, en mi bus escalera todos iban cantando. Cada uno en su propio idioma, a su propio ritmo y con su propia melodía, pero compartiendo el mismo viaje.
Ese sutil veneno descubierto hace quince años en la bifurcación del camino es el que le daba el sabor rancio a los folios del PIAR y del DUA. Querían que, como administrador, firmara la trampa. Pero, hecha la lectura fina de la letra menuda en ese contrato maldito y, en lugar de obedecer la intención del burócrata, se optó por la intención bendita e irreverente de la chiva: la de salvar la humanidad de los muchachos.
La burocracia, con sus carpetas e instructivos, son ya ceniza del pasado, pero la música de esa chiva abierta e inversa sigue resonando en la montaña y los recuerdos permiten extender esta novela para compartirla con los compañeros de travesía que, en el camino “se suban a la chiva”.
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