

En las librerías no solo se encuentran ejemplares codificados, sino otras vidas, otras preguntas y, a veces, una versión de nosotros mismos que todavía no conocíamos.

La nueva Guerra Fría no necesita misiles para ponernos a todos en riesgo. Le bastan algoritmos capaces de correr más rápido que nuestra capacidad para comprenderlos y controlarlos.

Cuando la tierra vuelva a temblar —porque volverá a hacerlo— ojalá no tengamos que enfrentar, además del movimiento de las placas, el terremoto de la desinformación.

Las tribunas están hechas para cantar, no para combatir. Ningún equipo vale una sola vida humana.

Ellas también hicieron la historia de Colombia. Lo que faltó fue que alguien decidiera contarla.

Tal vez deberíamos preguntarnos cuánto de la arrogancia que les atribuimos nace realmente de ellos y cuánto proviene de nuestras propias inseguridades.

Las democracias no se fortalecen reduciendo voces, sino aprendiendo a convivir con ellas, incluso cuando piensan distinto.