

Si queremos una economía más justa, no basta con subir salarios: hay que ayudar a que más personas puedan acceder al empleo formal.

La soberanía no es un escudo para dictadores ni una coartada para el saqueo: es el derecho de los pueblos a decidir su futuro.

Disentir sin destruirnos es una forma de patriotismo silencioso, pero poderoso.

Los partidos deciden sus avales; el Gobierno no tiene derecho a reclamarles por hacerlo.