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Te escribo para que la libertad no sea sólo una palabra, para que lo siniestro se transforme en el verbo amor.

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Acá se sabe todo, porque todo sucede uno entre otro, uno con otro y consigo mismo.

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Así fue como me convertí en el asesino más grande del mundo: los periódicos publicaron mi foto rodeado por los cadáveres de millones de moscas, mientras el presidente pronunciaba mi nombre como ejemplo para las tropas.

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Fabrica tu fuego, incendia el cielo, blasfema mis nombres, grita, ama a tus dioses de carne, olvida mis promesas.

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Es sólo una torpe costumbre de recordar lo que no pasa y una ira que se enciende cada vez que pienso en el primero que intuyó las seis letras del Olvido.

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Lo único permanente es la danza del cambio: somos criaturas arrojadas al torbellino, voces en un canto que no concluye.

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Mujeres que escriben con el fuego de sus manos y la luz de sus memorias. Versos que hilan deseo, mito y eternidad.

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Mi vida se llena de muertos vivos que debo resucitar a punta de recuerdos y añoranzas.

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Esta guerra, ¡Maldita Guerra! ¡Ya estoy dispuesta a morir! ¡Disparen! ¡No me violen!

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Para la mamá de la Princesa Hoshi, el jardín somos nosotros. Ella nos contempla sin percatarse que la grandeza nuestra es ella.