
Isabel Borrero Ramírez
Psicóloga Clínica |
Especialista en Psicología Social
y Comunicación No Verbal
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Colombia no tiene memoria, tiene rituales de amnesia. Somos un país que recicla su tragedia con la misma eficiencia con la que un esquizofrénico reorganiza sus delirios: siempre parece nuevo, pero el núcleo psicótico es el mismo. Lo decía George Santayana y yo no me canso de repetirlo porque, al parecer, el eco es lo único que sobrevive en este valle de lágrimas: quien no recuerda su historia está condenado a repetirla. Y nosotros no solo la repetimos; la tenemos colgada en la sala, con marco dorado y luz de vela.
En 1902, tras la carnicería de la Guerra de los Mil Días, el Estado no buscó un consenso técnico ni una reforma estructural; buscó un exorcismo. Consagramos el país al Sagrado Corazón de Jesús. Ese día no nació una devoción: nació una coartada emocional. No fue fe, fue transferencia masiva. Ante la incapacidad de tramitar el duelo de miles de muertos, la sociedad eligió un símbolo que sufriera por ella. Desde entonces, en Colombia, el dolor es un dogma y la política, una liturgia.
No fue un episodio aislado. Décadas después, en medio del conflicto armado, el narcotráfico y la violencia paramilitar, el país volvió a hacer lo mismo: en lugar de construir memoria, construyó narrativas de salvación. Cambian los nombres, pero no el mecanismo. Colombia no procesa el trauma: lo ritualiza.
El arquetipo en la pared
Hoy, el símbolo ha mutado, pero la estructura psíquica es idéntica. Ver el rostro de un líder político ocupando el lugar de la divinidad en un cuadro del Sagrado Corazón como ocurre en ciertos altares domésticos de la altanería política actual no es una curiosidad estética. Es un síntoma.
Desde la psicología analítica de Carl Jung, diríamos que estamos ante una inflación del arquetipo del salvador. Cuando una sociedad vive en un estado de amenaza constante, donde una masacre nos duele tres días porque el sistema límbico ya está saturado de cortisol, el individuo busca desesperadamente un contenedor para su angustia. Proyectamos en el líder una omnipotencia que no tiene, convirtiéndolo en un objeto de culto.
Pero seamos cáusticos: si vamos a hablar de Mesías, hablemos con el texto en la mano. El Mesías bíblico, ese carpintero de Nazaret, fue un revolucionario del outsiderismo: nació en un pesebre, sin títulos nobiliarios y desafió el statu quo aristocrático. Era la antítesis del privilegio. En cambio, lo que vemos hoy es el Mesías de casta: ese que se hereda por apellido, que se valida en notarías y que confunde el servicio público con el patrimonio familiar.
El símbolo se transforma, pero la estructura psíquica permanece intacta. Cuando un líder se cuelga en la pared como un santo, la democracia ya está de rodillas. La senadora y candidata Paloma Valencia no oculta su altar: en su sala cuelga una reinterpretación del Sagrado Corazón con el rostro de Álvaro Uribe Vélez. No es una excentricidad estética; es una fijación transferencial. El líder deja de ser un referente político y se convierte en una figura incuestionable. Ya no orienta: se venera. Ya no representa: se prolonga.
Desde la psicología analítica, esto responde a una inflación del arquetipo del salvador. Cuando la política adopta forma de liturgia, disentir deja de ser un acto democrático y se convierte en una herejía. La relación con el poder ya no es racional: es devocional.
En ese mismo ecosistema emerge otra figura: Abelardo de la Espriella. Su construcción no gira en torno a ideas, sino a pulsiones. No seduce por lo que piensa, sino por lo que promete destruir. En una sociedad saturada de incertidumbre, la promesa de orden absoluto resulta más atractiva que cualquier proceso complejo. No ofrece soluciones: ofrece alivio. Y ese alivio tiene forma de autoridad sin matices.
Aquí no se elige entre propuestas, sino entre figuras que encarnan certezas emocionales. La masa no quiere pensar: quiere que le confirmen que su rabia es legítima. Como ya lo había advertido Gustave Le Bon, pionero en la psicología de las masas, la masa no busca la verdad, busca la ilusión que les evite el incómodo trabajo de pensar.
El resultado es clínicamente claro: cuando el poder se convierte en objeto de fe, la crítica se percibe como ataque y la rendición de cuentas como traición. Al líder no se le cuestiona: se le cree.
La patología del endogrupo
¿Por qué nos pasa esto? Gustave Le Bon, en su Psicología de las Masas, ya advertía que la masa no busca la verdad, sino la ilusión. La masa colombiana necesita un profeta que le diga que su odio es virtuoso. Aquí entra el concepto de identidad social de Henri Tajfel: para que el Mesías funcione, debe alimentar el favoritismo del endogrupo, ese pequeño universo donde disentir no es pensar distinto, sino traicionar. “Él es el elegido, y nosotros somos sus elegidos”. Si él dice que el cielo es rojo, sus apóstoles comprarán lentes de ese color para no contradecir la fe.
Esto nos lleva a una conclusión clínicamente devastadora: cuando el poder se convierte en un vínculo emocional y religioso, la crítica ya no es un ejercicio democrático; es una blasfemia. Y al falso profeta no se le piden cuentas, se le piden milagros.
Diagnóstico final
En Estados Unidos, una masacre en una escuela paraliza la psique nacional por décadas. En Colombia, las masacres son el ruido de fondo del almuerzo. Hemos normalizado el horror para no fragmentarnos, y en ese vacío de sensibilidad, el símbolo religioso-político entra como un sedante. Nos duele menos la violencia que la posibilidad de quedarnos sin un relato que la justifique.
El problema no es que busquemos salvadores. El problema es que, en nuestra infinita necesidad de certezas, hemos terminado confundiendo el liderazgo con la idolatría. Como diría Erich Fromm en El miedo a la libertad, a veces el ser humano prefiere la seguridad de la cadena que la incertidumbre del camino. Y ya que estamos hablando de mesías, conviene ir a la fuente de la fe, la Biblia: esto no es un fenómeno nuevo.
Tras ser liberados de Egipto, los israelitas, en medio del desierto y aun recibiendo el maná, no solo dudaron del proceso: se volvieron contra quien los había sacado de la esclavitud. Lo cuestionaron, lo atacaron y comenzaron a añorar el orden que antes los oprimía. La libertad, cuando no ha sido elaborada psíquicamente, se percibe como amenaza. Y entonces ocurre lo paradójico: se prefiere el sistema conocido, incluso si es injusto, antes que sostener la incomodidad de transformarlo.
Y en ese punto, el conflicto ya no es político: es psicológico.
Colombia sigue siendo el país del Sagrado Corazón, pero el corazón está cada vez más frío y el “Jesús” de turno tiene demasiados contratos pendientes y muy poca carpintería moral. Al final, somos expertos en fabricar dioses para no tener que hacernos cargo de nuestra propia historia.
No es la primera vez que creemos estar ante una ruptura histórica. Durante décadas, el país ha sido gobernado por las mismas lógicas de poder, con excepciones tan breves como resistidas. Cambian los nombres, pero no la estructura que los sostiene. Y mientras esa estructura permanezca intacta, la necesidad de un mesías seguirá encontrando dónde encarnarse.
Aquí la pregunta, con todo el sarcasmo que la lucidez permite, es incómodamente simple: ¿queremos seguir eligiendo un Mesías de casta o, en un gesto casi revolucionario, aspirar a un líder que no prometa redenciones místicas, sino que imparta justicia con memoria histórica? Algo menos épico, sin duda, pero infinitamente más democrático.
Seguiremos fabricando mesías hasta que entendamos que el milagro que exigimos es, en realidad, asumir la responsabilidad que evitamos.
P.D. Si leer esto le causó una úlcera o ganas de persignarse ante un póster político, felicidades: su transferencia está activa. Vaya a terapia, o siga votando por milagros; el resultado no es el mismo, y lo segundo sale mucho más caro.


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