
José Nayid Pineda Plata
Comunicador social y popular. Promotor de procesos de organización comunitaria
en el sector rural.
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Aura María Díaz
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El 11 de septiembre de 1973, las Fuerzas Armadas y Carabineros de Chile dieron un golpe de Estado contra el presidente Salvador Allende. La Armada tomó Valparaíso y el Ejército rodeó el Palacio de La Moneda, en Santiago. Allende se negó a renunciar.
Al mediodía, aviones de la Fuerza Aérea bombardearon el palacio mientras las tropas lo atacaban por tierra. El edificio quedó en llamas. Allende murió dentro de La Moneda ese mismo día. Horas después, una Junta Militar encabezada por Augusto Pinochet asumió el poder.
No fue una metáfora. Fue un golpe militar contra un gobierno elegido.
Medio siglo después, el método cambió de forma, no de fondo. Ya no hacen falta tanques: bastan sanciones financieras, cercos energéticos, un decreto firmado a miles de kilómetros.
Llegamos a Cuba en febrero de 2026, justo cuando un nuevo cerco energético empezaba a cerrarse del todo. No es lo mismo conocer una isla que respira, que conocer una isla a la que le están cortando el aire.
Enero había sido el mes de las bombas sobre Venezuela. El 3, aviones estadounidenses cayeron sobre Caracas y se llevaron a Maduro y a Cilia Flores, esposados, como quien exhibe un trofeo. La vieja Doctrina Monroe, otra vez, sin disfraz diplomático.
Nada parecía más urgente que ir a ver Cuba antes de que le tocara su turno.
El 29 de enero, Trump firmó una orden que declaró a la isla «amenaza extraordinaria» y amenazó con aranceles a quien le vendiera petróleo. México dejó de enviar. Venezuela, decapitada y ahora subordinada a Washington, también.
Detrás de esa firma hay algo más que retórica de seguridad nacional: hay minerales, hay energía, hay biodiversidad. La región entera es hoy un tablero donde se disputan recursos, no solo relatos.
Y detrás del decreto hay caras conocidas: liderazgos de raíces latinas en Washington, que capitalizan su origen para hacer carrera legislativa mientras arman las mismas medidas que ahogan a sus países de origen.
Mientras tanto, buena parte de la región se acomoda como operador subordinado: valida el bloqueo, mira para otro lado, cede soberanía sobre sus propios recursos a cambio de una palmadita diplomática desde el Norte.
La isla se quedó, así, sin sangre para su propio cuerpo. Sin petróleo, sin aliados regionales dispuestos a arriesgar nada por ella.
Hace poco un conocido volvió a Cuba. Es campesino, estudia medicina para curar a su gente; mientras estudia, vive en carne propia cómo la muerte llega con la asfixia lenta, calculada, con nombre y firma en los yunaites.
Sus mensajes no hablaban de él. Hablaban de la tierra que lo recibió a oscuras. Veinte, treinta horas sin luz. La poca comida pudriéndose en neveras que ya no enfrían nada. El calor insoportable.
La gente, en La Habana, duerme en el malecón porque el calor adentro es insoportable. Los robos suben. Los viejos aguantan lo que pueden. Los niños y las niñas se quedan sin fuerzas antes de tiempo.
Y en medio del apagón, el Estado bajo presión de los EUA, le abrió la puerta al capital privado, un respiro con condiciones.
Es la estrategia de guerra más vieja que existe. No hace falta invadir: basta con sitiar, ahogar, golpear al enemigo cuando duerme.
Por eso habría que ampliar de una vez la palabra «tiranía». Si un gobierno le niega comida y medicinas a otro pueblo por decreto, ¿no es esa también una forma de tiranía, aunque la firme un hombre con corbata y no un uniforme?
A Cuba se le asfixia en nombre de la libertad, mientras otras ofensivas que violan abiertamente los Convenios de Ginebra siguen contando con respaldo diplomático sin costo alguno.
El desabastecimiento, las fallas en el sistema de salud y la falta de insumos se convierten así en consecuencias calculadas de esta política exterior. El objetivo es debilitar el tejido social desde adentro, mientras los centros de poder global catalogan este deterioro exclusivamente como un déficit de la gestión interna, invisibilizando el impacto real de las sanciones externas.
La Asamblea General de la ONU ha votado, año tras año, casi unánime contra el bloqueo. La resolución se ignora sin consecuencias. Ahí queda, otra vez, en entredicho el derecho internacional como promesa.
Cuba misma lo dijo ante la ONU: solo en el último año, el bloqueo le costó más de ocho mil millones de dólares. Lo dicen los números, y lo dicen quienes lo padecen.
Las intervenciones militares son un factor de la guerra. Sin embargo, en la nueva geopolítica mundial, ya no todas son con estruendos de misiles. Lo más violento ahora es matar a un pueblo de hambre, apagarlo casa por casa, hasta que no le queden más caminos que la rendición o el silencio.
Por eso, cuando se va la luz en La Habana, todos saben que no solo está fallando una red eléctrica. Saben que el apagón es el resultado de una cadena de decisiones tomadas en distintos lugares, en centros de poder que determinan quién puede comprar, vender, transportar, financiarse o acceder a determinados recursos.
Así, la lucha por el poder mundial termina entrando en las casas. Se convierte en una nevera que no enfría, en un hospital que necesita combustible. En un campesino que intenta producir alimentos, en un estudiante de medicina que espera que vuelva la luz para poder seguir estudiando.
Tal vez por eso la imagen más precisa de esta crisis no sea la de un discurso ni la de un decreto, sino la de una ciudad a oscuras. Un apagón inesperado que va y viene entre salsa y reparto. O quizá la de un país que sufre un golpe de Estado que ocurre poco a poco y sigilosamente porque no usa tanques ni tropas de asalto sino escasez y descontento generados calculadamente. O talvez la de la gente en las calles, aguantando, inventando soluciones, bailando a oscuras. Sobreviviendo y viviendo.


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