
Isabel Borrero Ramírez
Psicóloga Clínica | Especialista en Psicología Social |
Especialista en Comunicación No Verbal y Lenguaje Corporal
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Colombia asiste hoy a un episodio de enorme gravedad institucional: la ratificación judicial de una tutela que restringe las alocuciones y canales de comunicación directa del Presidente de la República. Bajo el ropaje de la legalidad, el sistema valida un nuevo capítulo del carrusel de las tutelas. No se discute solo un formato televisivo. Lo que está en juego es quién narra el país, quién fija el marco de la realidad y quién administra la palabra pública.
Tutela para Petro y tutela para Cepeda: al Presidente lo quieren callar; a Iván Cepeda, apresarlo en el ruido. Esa es, en esencia, la fotografía política de este 2026. Lo que el país presencia no es una batalla legal ordinaria, sino la manifestación de una Patología del Poder basada en la Triangulación Proyectiva. Dicho sin rodeos: cuando no se derrota al adversario en la plaza pública, se intenta neutralizar por la puerta lateral.
La Triangulación: El método del honor limpio
En psicología social, la triangulación ocurre cuando un actor utiliza a un tercero para gestionar un conflicto que no quiere enfrentar de manera directa. Otro ejecuta, otro firma, otro se ensucia.
El antecedente resulta elocuente. En el estremecedor caso de Liliana Laserna, terceros descendieron al barro judicial mientras apellidos de abolengo conservaban distancia simbólica del expediente. El objetivo no era únicamente jurídico. También era estético: que el linaje no pisara el despacho.
Desde una lectura clínica, allí opera una formación reactiva: mientras se exhibe una imagen de decencia pública, en paralelo se activan mecanismos agresivos de defensa y control.
El Perfilamiento: La conducta del demandante serial
En la psicopatología del poder aparece una figura reconocible: el demandante serial. No se trata de un diagnóstico médico, sino de una metáfora política para describir la compulsión de convertir cada desacuerdo en litigio y cada disputa pública en expediente.
Bajo esta lógica, el nombre de Samuel Alejandro Ortiz Mancipé no emerge en un caso aislado, sino en una arquitectura litigiosa que abarca alocuciones presidenciales, retractaciones contra Gustavo Petro en controversias funcionales a Paloma Valencia, cuestionamientos sobre nombramientos estatales, intentos de afectar la personería jurídica del Pacto Histórico, procesos de investidura e incluso acciones contra Juan Daniel Oviedo, hoy aliado electoral de ese mismo espacio político. La coherencia, al parecer, también fue demandada y perdió el proceso.
La discusión, entonces, no es el derecho a demandar, sino otra cosa: cuándo el litigio deja de ser garantía y se convierte en método permanente de confrontación política.
La ganancia secundaria: El escudo de la tercerización
También resulta legítimo preguntarse por qué la senadora Paloma Valencia, con tribuna propia, capital político y reconocida capacidad discursiva, no encabeza directamente ciertas acciones judiciales que terminan favoreciéndola política o simbólicamente.
Desde la psicología del poder, ello puede leerse como una estrategia de externalización del riesgo político: delegar el costo mientras se conserva el beneficio.
Si la demanda fracasa, el desgaste recae sobre quien firma y litiga. El apellido central queda a salvo del error procesal o del costo reputacional. Si prospera, el triunfo puede capitalizarse desde el atril como victoria de la justicia o de la ciudadanía, sin haber descendido personalmente al barro del expediente.
La tercerización no solo reparte tareas. También administra culpas, costos y laureles.
Cuando esa práctica se vuelve recurrente, el tribunal corre el riesgo de dejar de parecer un recinto de derecho para convertirse en escenario constante de una cacería por delegación.
Neuropsicología del discurso: ¿Delirio o conectividad?
Paloma Valencia ha calificado alocuciones presidenciales como “delirio” y ha sugerido una desconexión con la realidad. Conviene entonces invertir la pregunta: ¿qué entendemos por realidad y quién tiene el monopolio para definirla?
Lo que algunos llaman desorden del Presidente Petro, puede ser, en términos cognitivos, pensamiento arborescente: una forma de conectar historia, economía, territorio, conflicto y estructura social dentro de una sola narrativa. Puede ser denso, discutible o incómodo. Pero densidad no equivale automáticamente a extravío mental.
La paradoja aparece cuando se ridiculiza la palabra compleja mientras se ofrecen soluciones tecnocráticas para problemas profundamente humanos.
Para citar la “desconexión” de la que habla la senadora Paloma Valencia, basta observar su propuesta educativa: el maestro no desaparece formalmente, pero sí se redefine. Deja de ocupar el centro del vínculo pedagógico para convertirse en facilitador tecnológico de las IA, operador de métricas, agente sometido a evaluación permanente y competidor dentro de un mercado escolar.
Ese giro no es neutro. Tras el lenguaje de innovación y excelencia, puede instalarse una pedagogía donde la relación humana pierde espesor frente a la lógica de plataforma. Cuando el maestro deja de ser formador para convertirse solo en gestor de herramientas, la educación corre el riesgo de producir destrezas sin ciudadanía, rendimiento sin criterio y adaptación sin pensamiento crítico.
Ningún algoritmo reemplaza la función simbólica de quien orienta, contiene, confronta y despierta conciencia histórica. Sin esa tarea, no se forman ciudadanos deliberantes; se fabrican, a lo sumo, alfiles digitales o niños-bot: verdaderos sujetos “desconectados de la realidad”. Resulta irónico que la Senadora diagnostique delirios ajenos mientras su modelo educativo busca, precisamente, programar la ausencia de humanidad.
Es una disonancia cognitiva exquisita: llamar “delirante” a quien intenta conectar la historia, mientras se propone una realidad donde la educación es un algoritmo y los estudiantes son procesadores de datos. Al parecer, la senadora confunde la cordura con la deshumanización programada.
El espejo de las manos sucias: Proyección e Iván Cepeda
El carrusel de tutelas donde también aparecen figuras como alias “Manguito” contra Iván Cepeda ilustra otro mecanismo clásico: la proyección freudiana. Se deposita en el otro la suciedad que no se soporta mirar en casa.
Forzar debates que, en la práctica, operan como rituales de estigmatización no busca necesariamente deliberar sobre salud, tierras o institucionalidad. Muchas veces busca reciclar etiquetas, activar fantasmas y producir desgaste simbólico.
Cepeda, al negarse a entrar en ciertos formatos, puede leerse no como evasión sino como higiene mental y política: la negativa a legitimar escenarios diseñados para la difamación.
Y eso produce una herida narcisista conocida: la furia de quien no logra controlar al otro.
Conclusión: La autopsia del honor
El carrusel de las tutelas es el síntoma de una política que perdió la batalla de las ideas y busca refugio en el asedio procesal. No es que unos carezcan de argumentos y otros estén fuera de sí. Es que la palabra del adversario, cuando no puede refutarse con solvencia, se intenta administrar por ventanilla judicial.
Los verdaderos desconectados no son quienes piensan en voz alta, sino quienes creen que la escuela puede gestionarse como una aplicación, que el insulto sustituye la verdad y que una lluvia de demandas puede borrar la memoria histórica.
No se puede legislar el honor cuando la base psíquica sigue siendo la impunidad estructural.
P. D. Si alguien leyó esta columna con furia, quizá no fue por exceso de ficción sino por exceso de parecido. Hay personas que soportan cualquier escándalo menos una descripción precisa. La conciencia, cuando despierta tarde, suele llegar disfrazada de indignación.
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