
José Nayid Pineda Plata
Comunicador social y popular. Promotor de procesos de organización comunitaria
en el sector rural.
•
- El tiempo liminal y la llegada de los monstruos
La coyuntura política colombiana no puede entenderse desde las fronteras nacionales ni reducirse al inmediatismo electoral. América Latina asiste a la configuración de una nueva ola de extrema derecha que, más que un bloque monolítico, opera como un espejismo discursivo capaz de capitalizar el agotamiento social, la precariedad material y la incertidumbre colectiva. Sus consecuencias, sin embargo, son tangibles e inmediatas.
Para comprender el momento que atraviesa Colombia es necesario mirar primero la crisis del imperialismo contemporáneo y la forma en que ese poder, herido y en retroceso, intenta reconfigurarse. Nos encontramos ante una encrucijada que exige precisión política y teórica.
Por un lado, padecemos el “interregno” definido por Antonio Gramsci: esa fisura histórica en la que lo viejo se niega a morir y lo nuevo todavía no logra nacer. Es precisamente en ese espacio de penumbra donde emergen los monstruos políticos de nuestro tiempo.
Por otro, atravesamos lo que Álvaro García Linera denomina el “tiempo liminal”: una dimensión caótica y sombría en la que se suspenden las certezas colectivas, la sociedad pierde su horizonte y queda a merced de la incertidumbre.
Colombia vive hoy ese doble umbral: un viejo orden que se resiste a desaparecer y un futuro que todavía no logra articularse.
- La geopolítica del pánico y el cerco imperial
Con el retorno de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos en 2025, la política exterior norteamericana abandonó los eufemismos diplomáticos y adoptó una premisa descarnada: Estados Unidos primero y la paz garantizada mediante la fuerza.
Lo que inicialmente parecía una estrategia limitada a cultivar aliados directos en la región mutó rápidamente hacia un andamiaje global operado bajo la lógica de un auténtico departamento de guerra. Esta maquinaria busca disuadir a China en la región Indopacífica sin llegar a una confrontación directa, exige a sus aliados una mayor participación en las cargas operativas para fortalecer su propia industria de defensa y reduce su visión de África a un enfoque estrictamente securitista.
Pero el punto de inflexión nos toca de manera directa. Al percibir su debilitamiento global, el imperialismo reactiva la Doctrina Monroe y el Corolario Roosevelt para blindar su territorio nacional y el hemisferio occidental. Busca consolidar una “Gran Norteamérica”, cerrando filas sobre aquello que históricamente ha considerado su patio trasero.
No se trata de una nueva expansión imperial, sino de un repliegue defensivo.
- La Trampa de Tucídides y el instinto del actor acorralado
La ferocidad militar y económica con la que Estados Unidos vuelve la mirada hacia el sur responde al pánico de perder la hegemonía.
Nos situamos frente a la clásica “Trampa de Tucídides”: la tensión entre un imperio en decadencia y una potencia en franca prosperidad. El desenlace de ese choque oscila entre el diálogo pragmático y la confrontación abierta.
Mientras tanto, el tablero mundial se vuelve más inestable. Rusia presiona a la OTAN oriental, Irán controla cuellos de botella energéticos en el Estrecho de Ormuz y Corea del Norte ocupa el lugar del actor impredecible, marginado del juego diplomático por el temor de que decida hacer estallar la partida entera.
El repliegue estadounidense sobre nuestro continente no es una demostración de poder expansivo. Es el instinto de supervivencia de un actor acorralado que necesita asegurar su bloque regional frente a la reconfiguración de un mundo multipolar.
- La casa de empeño y la estética de la sumisión
Ese enclaustramiento del dominio estadounidense requiere administradores locales capaces de garantizar el funcionamiento de una enorme casa de empeño transnacional.
La estructura se sostiene sobre sistemas de opresión que actúan de manera conjunta: el capitalismo, que subordina a las mayorías empobrecidas; el colonialismo, que arrodilla al Sur ante el Norte; el patriarcado, que impone la heteronorma; y un racismo sistémico que condena a la alteridad. En nuestro contexto, esa alteridad está encarnada por los campesinos, los pueblos originarios y la clase trabajadora.
La dominación, sin embargo, ya no opera exclusivamente mediante la fuerza bruta. El patriarcado, el racismo y la exclusión de clase se han vuelto estéticamente deseables para una base social precarizada. Se instalan discursos que normalizan la violencia y apelan a simbologías de corte fascista bajo la falsa promesa de restaurar el orden y la seguridad.
La sumisión también se vende como esperanza.
- Vasallaje en Colombia: el gerente frente al espejismo progresista
En este escenario mundial, Colombia experimenta un giro drástico con la llegada a la Presidencia de Abelardo de la Espriella. Referirse a él como “el tigre” es un error táctico y un vicio del populismo analítico.
Atribuirle una figura de ferocidad zoológica solo sirve para inflar la narrativa de terror e imbatibilidad que la ultraderecha desea proyectar. Su mandato no expresa el rugido de una fiera incontrolable, sino la gestión aplicada de un vasallaje geopolítico.
Su gobierno representa la integración total de Colombia al “Escudo de las Américas” y al “Plan Patriota”, traducida en una subasta acelerada de la soberanía nacional. En términos materiales, esto significa el retorno del extractivismo salvaje y de los pilotos de fracking, la profundización de la militarización, el incremento del paramilitarismo y la ruptura de cualquier asomo de gobernanza directa. El control vuelve a la vieja intermediación clientelar de los clanes políticos.
El ciclo progresista anterior llegó tarde a Colombia y chocó con el endurecimiento del intervencionismo estadounidense. Su mayor debilidad, sin embargo, fue interna: intentó neutralizar, institucionalizar y estigmatizar las banderas del movimiento social.
Al asumir vocerías discursivas vaciadas de transformaciones estructurales, desarmó ideológicamente a una parte del movimiento popular y la dejó expuesta al embate restaurador que hoy encabeza De la Espriella.
- La dinámica parasitaria y la autocrítica del poder popular
El capitalismo enfrenta una crisis profunda en su ciclo de acumulación global porque no puede enriquecerse sin agotar la naturaleza y el trabajo humano. Frente a ese ocaso, el imperialismo adopta una dinámica parasitaria: absorbe la vitalidad de las economías y los territorios periféricos hasta saturar su propia capacidad y, cuando colapsa, descarga las secuelas de la crisis sobre las mismas poblaciones que explotó.
El objetivo histórico es interrumpir ese ciclo de extracción violenta antes de que el daño territorial sea irreversible.
Para lograrlo, el movimiento popular, el proletariado y las organizaciones de base deben someterse a una autocrítica rigurosa. La cuestión central es qué harán cuando la embestida corporativa y militar avance sobre los territorios. Es necesario decidir entre refugiarse en la cueva del lamento político o dar un paso al frente para ejercer poder popular.
También debe reconocerse que la defensa de los derechos colectivos fue debilitada durante el espejismo institucional y que, en medio de la fragmentación política, los aliados reales no están en los clanes tradicionales disfrazados de alternativos.
- Encender el fuego
La resistencia no puede quedar paralizada por el miedo ni permanecer con la maleta lista para reaccionar ante cada provocación. Muchas de las amenazas del gobierno son fabricadas como cortinas de humo destinadas a desgastar y desmovilizar.
La principal lección del progresismo es que ya no basta con ganar elecciones si se pierde el control y la autonomía del territorio. La disputa institucional debe reformularse desde esa certeza.
La movilización social tiene la obligación histórica de defender el Estado Social de Derecho de manera decidida, enfocada en proteger lo construido y en impedir que el país sea entregado como pieza subordinada del nuevo orden imperial.
Ante el momento de dominación directa que presenciamos, la salida es profundizar la politización cotidiana en las veredas, las fábricas y las calles. Como advertía Gramsci para los tiempos de interregno, cuando intentan apagar el fuego, por un lado, la tarea ineludible es encenderlo por el otro.
Solo sobre la solidez de esa resistencia territorial podrá edificarse el futuro.


Deja una respuesta