
Luisa Fernanda Ramírez Granada
Máster en periodismo
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Aunque pareciera que el Centro Democrático encontró una zona de confort levantando polvareda desde la oposición, lo que los medios de comunicación llaman “tensiones” y “advertencias” giran en torno a la debilitación de Álvaro Uribe y su partido como líderes de derecha, mas no en la oposición a las políticas de fondo del presidente electo, Abelardo de la Espriella.
Luego de descartar una alianza con el exrepresentante de oficio del una vez ministro de Nicolás Maduro, Álex Saab, la candidata de Uribe (o Él mismo) decidió sumarle su poco más de un millón y medio (siete por ciento) de votos al hoy presidente electo: «Apoyo al doctor Abelardo, que está de lado de la libertad, del progreso y de la iniciativa privada (…) Colombia no caerá en las manos del comunismo ni el neocomunismo que representan Iván Cepeda y Gustavo Petro”, dijo la nieta de Guillermo León Valencia desde el Hotel GHL Capital, en Bogotá, mientras los pocos asistentes al auditorio previsto, en Compensar, se quejaban de haber sido plantados, tras la baja afluencia y los resultados de esa primera vuelta presidencial.
Durante su campaña, las críticas de la exsenadora contra De la Espriella abundaron en argumentos ad hominem, como su falta de experiencia en el sector público, sus clientes parapolíticos uribistas. El único reparo de fondo fue hacia su respaldo a los inicios de las negociaciones del gobierno de Juan Manuel Santos con la guerrilla de las FARC en 2012. Sin embargo, la ungida por el expresidente Uribe y el ungido por el presidente Trump coinciden virtualmente en todas las políticas ambientales, sociales, económicas, de seguridad y en conflicto armado.
Por ejemplo, en cuanto al fracking, en El país de los Jóvenes, emitido en mayo, la entonces candidata sostuvo que esta técnica “lleva siendo usada más de 20 años en Estados Unidos”, y, “cuando hay un daño ambiental, puedes demandar a las empresas”. Sin embargo, sostuvo que “no hay una evidencia sobre un daño ambiental significativo”. Pero no propuso el fracking como una alternativa: “Tenemos que hacerlo. Vamos a usar una parte significativa de las regalías para la protección ambiental”, porque “la primera causa de emisión de Colombia es la deforestación”.
De esta forma, De la Espriella siempre tuvo y tendrá un aliado en el uribismo, ya que, para él, “el fracking es una obra civil. Es comparable a la construcción de un edificio o una casa; si se realiza correctamente, no habrá problemas ni contaminación ambiental”, según le dijo Al influenciador WestCol.
Sobre el sistema de salud, la designación de Ana María Vega, presidenta de la Asociación Colombiana de Empresas de Medicina Integral (ACEMI, que agremia las EPS del país), como ministra de esa cartera respalda lo que han dicho De la Espriella y su vocero y vicepresidente electo, José Manuel Restrepo, sobre ese rubro: “Corregir la manera en que el dinero se mueve y se administra. (…) Mantendremos las EPS, pero les impondremos topes administrativos y un bloqueo anticorrupción”. Es decir, aún más normatividad y más EPS intervenidas, siguiendo la misma línea oficial de los últimos 18 años.
En cuanto a seguridad, la proponente por un cauca dividido entre mestizos e indígenas cuestionó los diálogos de la política de paz de Gustavo Petro, así como la de Santos, indicando que “han puesto al país de rodillas y debilitado al Estado de derecho”. Asimismo, el creador de la Fundación para Iniciativas de Paz (FIPAZ), fundada en 2005 durante los diálogos del gobierno Uribe con las Autodefensas Unidas de Colombia, ha dicho que reemplazará los diálogos actuales por una estrategia de “estricto sometimiento a la justicia y uso total de la fuerza del Estado”.
Sobre macroeconomía, la especialista en Economía de la Universidad de los Andes dijo que “el capital está mejor en manos de los empresarios”, en defensa de la administración privada de los recursos, siguiendo la misma línea de su exrival, que aseguró que “el Estado no produce riqueza; quien la genera es el empresario”.
En cuanto a la Jurisdicción Especial para la Paz, la abogada sostuvo haber sido “la mayor enemiga de la JEP desde su origen. Recogí firmas para tumbarla, en una misión con la senadora Paola Holguín y Álvaro Hernán Prada”. En esa misma línea, De la Espriella dijo que “La JEP es fruto de la burla a la voluntad popular que dijo no. Su origen es espurio y, en mi presidencia, voy a acabarla”.
De esta forma, se evidencia que la enemistad del uribismo con el abelardismo radica en los métodos, mas no en los fines. Mientras Valencia y el resto de miembros del Centro Democrático proviene de familias con tradición política en sus regiones, De la Espriella es un showman creado por y para la era de la inmediatez, pero con el mismo mensaje falocentrista y paternalista del megalómano que concentra el poder para derrotar a sus enemigos, que son los de todos, no muy diferente a los 12 años (sumando los cuatro en la Gobernación de Antioquia) que Uribe estuvo en el poder, pero con solo un poco más del machismo y la chabacanería que logran clics.
La derrota de Paloma Valencia, sin embargo, no fue culpa de De la Espriella, o al menos no en su totalidad. Esperar que los votantes conservadores se sintieran atraídos por un hombre homosexual contrario a todos las tradiciones católicas de la gente de bien solo funciona en Grindr, mucho más si es el segundo de una mujer frágil y emocional que debería permanecer en casa, cuidando de sus hijos (contrario a lo demandado por su abuela, Josefina Valencia De Hubach), en vez de pretender liderar un país lleno de hinchas enardecidos que golpean a sus parejas cuando pierde su Selección.
El fin del uribismo fue forjado desde adentro. Se equivocaron al pensar que sus bases iban a votar por una mujer y un hombre gay. Su electorado prefirió correr hacia el hombre macho, ordinario, chabacán y arribista en el que se sintió representado.
Mucho de ese electorado uribista ve a De la Espriella como la reencarnación de ese Dios del Antiguo Testamento que tanto añora.


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