
Leonardy Bolívar
No soy escritor, soy desempleado
•
Prefacio
Hay historias que no se explican. Solo llegan… y se quedan.
La de Jetas es una de esas. No por lo que pasó, sino por lo que dejó rondando después. Por eso fue Laura quien la contó, como se cuentan las cosas que no caben del todo en la razón. Lo que sigue no busca entender. Apenas acompaña. Como lo hacía él.
Hay ciertas conductas que aparecen cuando se alcanza el sexto o séptimo piso de la vida. Como si el cuerpo empezara a ceder, pero el alma —tarde— quisiera saldar cuentas pendientes. Eso fue lo que le ocurrió a un grupo de mis amigos que, un día cualquiera, entendieron que ya no los necesitaban laboralmente y decidieron gastarse los ahorros de toda una vida en un proyecto romántico, improductivo, pero inevitable: la finca de sus sueños.
Cuando la soledad empieza a rondar —los hijos lejos, las rutinas vacías— quedan los amigos. Y así fue como terminaron comprando una finca en grupo, de tamaño medio… dependiendo de quién la mire. La dividieron en parcelas, cada uno levantó su chalet, y allí llegaron a descansar del mundanal ruido citadino.
Fue en ese entorno donde conocí a Jetas.
Un perro viejo, gordo… y extraño.
Pero también fue ahí donde empecé a entender esos sentimientos que muchos esconden bajo la coraza de la vida productiva: la incapacidad de mostrarse débiles, el desgaste silencioso de quien ha sido asalariado media vida, la nostalgia que llega sin permiso.
La conversación que nos llevó a él nació alrededor de una hoguera. Era una de esas noches de viernes donde ese grupo de adolescentes sexagenarios se reunía como en una fiesta pagana improvisada: música de Mago de Oz, vino de tetrabrik y ninguna doncella que sacrificar.
—¿Dónde estarán Jetas y Dolly que no han aparecido? —pregunté.
—Creo que Laurita los amarró hoy para que no vinieran —respondió Nancy.
Dolly, Jetas y Vicente eran los perros de nuestra vecina. O, mejor dicho, eran de Laurita… pero en realidad eran de todos. Apenas llegaba alguien al naciente condominio, ellos aparecían primero: saludaban, acompañaban, se quedaban. Eran parte del lugar.
—¿Y eso por qué? —pregunté.
Nancy dudó un segundo.
—Es que le conté a Laurita que Jetas se fue con nosotros el pasado fin de semana a la quebrada… y se despeñó en la cañada.
—¿¡Cómo así!? Cuénteme.
Nos habíamos ido a la quebrada Los Pedros —Ramírez y Serrano, con Óscar— a destapar la bocatoma. La manguera llevaba días sin soltar una gota, y el monte, como siempre, había hecho lo suyo.
Allá, entre ese silencio espeso que se forma cuando cae la tarde en la montaña, lo escucharon.
Un aullido.
Era Jetas.
Venía de algún punto del barranco, atrapado entre matorrales que parecían tragarse el sonido. Lo llamaban… y él respondía. Pero no se dejaba ver.
Era como si estuviera ahí… y no.
Serrano subió por cuerdas. Óscar se metió entre la maleza, rasguñándose con espinas, bajando lo que pudo. Pero no lo encontraron.
Y el tiempo… el tiempo en el monte no avisa.
Cuando se dieron cuenta, ya eran las seis.
Seguían llamándolo. Y él seguía respondiendo. Siempre desde otro lugar. Siempre un poco más allá.
Como si se moviera.
O como si el sonido se moviera por él.
Ahí fue cuando decidieron dejarlo.
Lo dejaron en ese lugar como sucede a los alpinistas en “la zona de la muerte”, si no hay más remedio. Se dijeron que debía estar herido, que no podía caminar, que al día siguiente lo rescatarían con calma. Porque en realidad ya no veían nada.
Se fueron.
Y Jetas siguió aullando.
No sé si pidiendo ayuda… o avisando algo.
Esa noche organizaron toda una operación de rescate: cuerdas, palos, machete, brújula. Serrano dirigía. Ramírez aceptaba a regañadientes. Óscar cumplía.
Pero a las cinco de la mañana, cuando la luz todavía no decidía si aparecer, Ramírez llegó a mi puerta.
Venía desconcertado.
Había pasado por la casa de Laurita a contarle lo sucedido.
Jetas estaba ahí.
En el corredor.
Dormido.
Tranquilo.
Como si nada hubiera pasado.
Tan cansado que ni siquiera se levantó a saludar.
Eso sí… embarrado hasta el hocico.
Fue entonces cuando decidí preguntarle a Laurita por él.
Ella se quedó mirando el fuego antes de hablar, como si la historia no estuviera en su memoria sino en las brasas.
—Jetas… —dijo—. Así lo llamó Don Cristóbal la primera vez que lo vio. Por ese ojo derecho rasgado, como si la vida ya lo hubiera marcado antes de conocerlo.
Movió la leña. Las chispas subieron.
—Don Cristóbal subía al páramo de Mamapacha cada semana… eso no es paseo. Son horas de camino, de niebla cerrada, de frío que se mete en los huesos. Él iba a revisar su ganado.
Dice que lo encontró en un claro.
Flaco… pero flaco de verdad. Con el ojo abierto con una herida vieja. No ladró. No se movió.
Solo lo miró.
—Y ahí fue —continuó—. Le dio comida… y con eso bastó.
Desde ese día, Jetas no se separó de él.
Caminaba al lado del caballo, sin quedarse atrás, sin adelantarse. Como si entendiera el ritmo del hombre. Como si ya supiera el camino.
Había trayectos de ocho horas.
Y ese perro no se cansaba.
Cuando el camino se cerraba, Don Cristóbal abría trocha con la peinilla. Y Jetas pasaba detrás, metiéndose entre espinas, barro y ramas, como si ese fuera su mundo desde siempre.
A veces les tocaba quedarse a dormir allá arriba —continuó—. Don Cristóbal, amarraba el caballo… y se tiraba al suelo con un plástico encima. Y Jetas… Jetas se le metía al lado. No era solo compañía. Era calor.
—Porque en el páramo la noche no es como aquí… allá la noche pesa. —dijo ella.
—Un día se encontraron con unos guardapáramos. Ellos fueron los que le contaron la historia.
Jetas no era de por aquí.
Era europeo.
Había llegado con unos franceses, gente que subió a conocer el páramo como quien visita otro planeta. En ese viaje, el perro se perdió. Lo buscaron durante días. Volvieron un mes después solo para encontrarlo.
No pudieron.
—Pero Jetas ya había decidido.
Se quedó con Don Cristóbal.
Años después, cuando él se fue a trabajar al Guaviare, el perro quedó en la vereda. Lo dejo con otra familia.
Pero Jetas no se quedó.
Iba.
Comía.
Y se iba.
Volvía.
Siempre volvía.
Se quedaba esperando.
Como si el tiempo no le importara.
—Desde ahí se volvió un perro de nadie… o de todos —dijo Laurita.
Caminaba por la vereda, vivía de lo que le daban… y de las guayabas que caían al pasto.
Sonrió apenas.
—Así lo conocí yo.
Comiendo guayabas.
Cuando ella llegó a vivir sola en la montaña, pensó que estaba sola.
Pero no.
—Desde el primer día, Jetas decidió quedarse conmigo.
No fue adoptado.
Se instaló.
Ahora tiene quince años.
No oye bien.
Sus ojos se volvieron grises, como si la neblina del páramo se le hubiera quedado adentro. El ojo derecho sigue rasgado.
Camina lento.
De lado.
Cojea.
—Esa pata se la dañó en una de sus aventuras… y la cadera, un carro se la rompió hace años.
Se cansa.
Jadea.
Pero igual… camina. Visitando a quienes le agradan.
—Porque todavía cree que tiene que acompañar.
Luego bajó la voz:
—Esto es apenas un pedacito de su historia. —terminó diciendo Laurita.
Al día siguiente, quise conocer el lugar donde se había caído.
Fuimos.
Y fue ahí donde algo no encajó.
Al acercarnos a la quebrada, metí la pata izquierda en una grieta. La derecha quedó atrapada en una rotación absurda.
Sentí el tirón.
La lesión.
Hoy estoy con lesiones moderadas en mi rodilla, que demandara de 6 a 7 semanas de recuperación.
Y no puedo dejar de pensar en ese barranco.
En ese lugar donde uno oye… pero no ve.
En ese sitio donde los sonidos no vienen de donde deberían.
Y en ese perro viejo…
que volvió.
Como si nunca se hubiera ido.
O como si, simplemente…
conociera el camino de regreso mejor que cualquiera de nosotros.
LEOBORUIZ-LAURA.


Deja una respuesta