
Juan Carlos Silva
Magíster en Lingüística y Economista UPTC
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En el escenario global actual se percibe una temperatura particular: una sensación de enfriamiento político, discursivo y simbólico. No se trata únicamente de fenómenos climáticos ni de metáforas literarias, sino de un clima histórico reconocible, hecho de decisiones, siglas, narrativas y posicionamientos estratégicos.
La palabra Ice funciona hoy como un nodo de sentidos. Remite, por un lado, al hielo literal: Groenlandia, el Ártico, los carámbanos que reaparecen con fuerza en el imaginario geopolítico debido al cambio climático, las rutas marítimas y los recursos estratégicos. Pero ICE es también una sigla institucional en Estados Unidos, vinculada al control migratorio y a la seguridad fronteriza. Y, al mismo tiempo, ice opera como signo cultural: frialdad, contención, dureza.
Durante los últimos años, Estados Unidos ha reafirmado un lenguaje de soberanía, protección y repliegue selectivo. El movimiento MAGA (Make America Great Again), asociado a Donald Trump pero no reducido a su figura, expresa una corriente más amplia: el deseo de recuperar control en un mundo percibido como incierto, acelerado y amenazante. En este contexto, el endurecimiento de sus fronteras, el énfasis en la seguridad y la defensa de intereses nacionales aparecen como respuestas pragmáticas para unos, y como señales de cierre para otros.
Nada de esto surge de la nada. Lo que hoy se manifiesta es apenas la parte visible del iceberg: una superficie formada por siglos de historia, disputas económicas, desplazamientos poblacionales, ciclos imperiales y transformaciones tecnológicas. Las siglas condensan procesos largos, aunque simplifican lo complejo para hacerlo administrable. No explican el mundo, pero lo ordenan operativamente.
El predominio de este lenguaje —seguridad, control, posicionamiento global— no implica necesariamente una conspiración ni una decadencia moral automática. Responde, en gran medida, a una reorganización del poder en un escenario de interdependencia, donde los recursos, influencias y narrativas se están redistribuyendo. Frente a ese panorama, los Estados buscan estabilidad, previsibilidad y ventaja estratégica.
Sin embargo, este mismo proceso produce un efecto colateral: el enfriamiento del discurso público. La política se vuelve técnica, defensiva, calculada. La emoción cede espacio a la gestión; la promesa, al procedimiento. El mundo no es que arda sino que se congela lentamente en protocolos, muros legales, métricas de riesgo y mapas de influencia.
Tal vez por eso esta época puede describirse como una Era del Hielo: no tanto por ausencia de movimiento, y sí, tal vez, por su lentitud y densidad. Todo se desplaza, pero cuesta verlo. Bajo la superficie, enormes masas históricas continúan avanzando. Lo visible —Trump, MAGA, ICE, Groenlandia— es solo el relieve momentáneo de una estructura más profunda.
Comprender lo que está pasando exige, entonces, menos indignación inmediata y más atención sostenida. Y no es para justificar ni condenar de antemano, es para reconocer que el mundo actual no se define por un solo actor ni por una sola sigla, sino por la compleja interacción entre alerta, cálculo, memoria y poder. En esa interacción, el hielo no es el final: es una fase.
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