
Gustavo Melo Barrera
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Nota aclaratoria: Esta columna no ha sido escrita por mí. La comparto porque considero que su contenido merece ser leído y reflexionado.
Por: Ubaldo Lozada M
Una vecina histérica creyó ver un abuso. En el balcón de un cuarto piso, un hombre trataba de calmar la pataleta de su hijo; le masajeaba los hombros para desestresarlo y le levantaba los brazos para que respirara. Como el niño estaba de espaldas a su padre, la señora desde la calle creyó ver otra cosa.
La señora gritó como loca, «lo está abusando, h. p. malpar…, suéltelo, llamen a la policía». De inmediato otros vecinos se contagiaron de la histeria y se unieron a los gritos y al delirio colectivo. Todos vieron lo que veía la señora en su imaginación, pero ninguno vio el absurdo: un delincuente sexual no se atrevería a cometer un acto de esos en público, desde un cuarto piso, a la vista de muchos transeúntes. A veces la locura se vuelve colectiva, enceguece la razón y entorpece la lógica.
Todos vemos lo que queremos ver, y todos creemos lo que que queremos creer, pero pocos ven lo que deben ver, ni creen lo que necesitan creer, o sea la verdad.
La prensa, en lugar de buscar la realidad, como le corresponde, se unió al escándalo y a la gritería, pidió castigo ejemplar para el culpable. El hombre, un estadounidense que estaba en proceso de adoptar tres niños, fue llevado a la cárcel, pero tres días después las autoridades aclararon la situación y lo liberaron. La loca y la locura quedaron sueltas.
Menos mal para el gringo, la insensatez de los residentes que lo acusaron sucedió en Bogotá, siglo XXI y no en el XX, hace 106 años, en Tulsa, Oklahoma, Estados Unidos. El 1 de junio de 1921, en plena persecución racial, un negro de 19 años fue acusado falsamente por una mujer blanca de haber intentado violarla. El periódico local publicó la noticia en forma sesgada y malintencionada contra la raza negra. De inmediato la población blanca capturó al muchacho, lo quemó vivo, lo colgó de un árbol y produjo una matanza en un barrio negro, que dejó más de 300 muertos. Todo por una acusación falsa. El gringo de Bogotá, repito, estuvo de buenas, pero el fenómeno de locura colectiva es el mismo.
La mentira, la locura, el odio se han unido como un tridente para generar venganza e injusticia. Desde el «crucifícale, crucifícale», la falsedad ha causado incluso masacres y guerras. En 2003 la coalición Estados Unidos, Reino Unido y España invadió a Irak bajo la mentira de que este país poseía armas de destrucción masiva.
Hoy el mundo sigue sometido a la sombra de la mentira. Desde el imperio del norte se invade, se secuestra, se acusa a otros gobiernos, bajo la calumnia y la falsedad. En la campaña electoral de Colombia, casi la mitad de los electores están contagiados de la mentira que les dice su candidato, y repiten llenos de terror y locura, «es comunista, es guerrillero, crucifícale», sin fundamento, sólo impulsados por las acusaciones falsas de su líder.
Por fortuna la otra mitad es la parte inteligente de Colombia, la que razona, analiza, aquella que tiene pensamiento crítico, como el economista Salomón Kalmanovitz, el escritor William Ospina, el periodista Enrique Santos y otros intelectuales, universitarios que han adherido a la opción de Cepeda. Porque el otro no es opción. Porque destripar no es opción.
P.D. La información es un arma poderosa: puede iluminar o puede destruir. En tiempos de polarización, cualquier dato malintencionado, tergiversado o sacado de contexto se convierte en munición para quienes buscan manipular la opinión pública.
La derecha colombiana, con Uribe como su emblema, ha perfeccionado el arte de la mentira como estrategia política: acusar sin pruebas, desviar la atención, sembrar miedo y salir impune. Cada ciudadano tiene la responsabilidad de no ser eco de esas trampas.
Antes de compartir una noticia, un rumor o un comentario, debemos preguntarnos: ¿es cierto?, ¿quién lo dice?, ¿con qué propósito? La verdad exige verificación, contraste y pensamiento crítico. De lo contrario, corremos el riesgo de ser cómplices involuntarios de la manipulación.
La democracia no se defiende con gritos ni con cadenas de WhatsApp, sino con rigor, conciencia y la valentía de detener la mentira antes de que se convierta en verdad aceptada.
Gustavo Melo Barrera .


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