
Juan Carlos Silva
Magíster en Lingüística y Economista UPTC
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Hay un problema con la denominación «IA». La gente anda asustada por lo de «artificial», como si estos mismos grafos que inventamos con el tiempo y que usamos fueran algo natural. Entonces se establece, casi sin pensarlo: nuestro lenguaje es expresión de nuestra inteligencia natural; en cambio, la otra, la artificial, crea un lenguaje artificial.
Pero ¿qué sería exactamente un lenguaje natural? El asunto empieza a complicarse cuando miramos de cerca aquello que llamamos lenguaje. Las palabras que usamos no crecieron en los árboles ni cayeron del cielo. Las recibimos, las aprendimos, las repetimos, las modificamos, las olvidamos, las volvemos a inventar. Una palabra pasa de boca en boca durante generaciones y termina pareciéndonos tan natural como respirar.
Y ahí está la trampa: la costumbre hace invisible el artificio. Hablamos y ya. Escribimos y ya. Nombramos las cosas y ya. Pero detrás de ese «ya» hay una inmensa maquinaria histórica de sonidos, grafías, reglas, convenciones, asociaciones, diferencias, metáforas, malentendidos y acuerdos. El lenguaje funciona porque hemos aprendido a habitar ese artificio hasta dejar de percibirlo como artificio.
La IA viene a perturbar esa tranquilidad. De pronto aparece una máquina que produce lenguaje y entonces gritamos: ¡artificial! Como si nosotros hubiéramos estado hablando en estado natural. Como si nuestras palabras no fueran también una tecnología. Como si una frase de amor fuera menos artificiosa que una frase producida por una máquina. Como si mentir, enamorar, engañar, convencer, prometer, insultar o consolar fueran actividades ajenas a la fabricación lingüística.
El lenguaje sirve para comunicarnos, desde luego. Pero también para enamorarnos y para engañarnos. Para inventar dioses y naciones. Para hacer promesas que comprometen el futuro. Para convertir una frontera en patria, un conjunto de sonidos en un nombre y una historia contada muchas veces en una verdad compartida.
En una palabra: el lenguaje es un artificio que hemos naturalizado. Por eso resulta curioso el escándalo ante el llamado «lenguaje artificial» de la IA. ¿Qué otra cosa podría hacer una máquina que ha sido construida precisamente a partir de nuestras huellas lingüísticas? No ha llegado una lengua marciana. No ha descendido sobre nosotros un idioma extraterrestre.
La máquina trabaja con el lenguaje humano, con sus regularidades, sus probabilidades, sus asociaciones, sus repeticiones, sus giros, sus errores y sus infinitas combinaciones. Lo que cambia es el procedimiento mediante el cual esas formas son producidas y articuladas.
La IA no inventó el artificio del lenguaje. Lo puso en evidencia. Y es por eso molesta tanto. Nos hemos acostumbrado a pensar que hablar es una propiedad casi misteriosa de nuestra naturaleza. Decimos «inteligencia natural» y la expresión parece explicarlo todo. Pero «natural» puede ser apenas el nombre que damos a aquello cuyo artificio hemos olvidado.
Algo parecido ocurre con el teléfono celular. Antes todo era maravilloso hasta que inventaron el celular. Antes la gente conversaba. Antes se miraba a los ojos. Antes los niños jugaban. Antes había tiempo. Antes, antes, antes.
Nos inventamos un pasado idílico y después nos lamentamos de haberlo perdido. Pero el teléfono no inventó nuestra relación problemática con la tecnología. La hizo visible. Cada generación suele imaginar que la tecnología inmediatamente anterior era todavía humana, mientras la nueva aparece como una amenaza.
La imprenta debió de parecer escandalosa a alguien. La fotografía pudo parecer una extravagancia. El teléfono alteró las relaciones humanas. La radio transformó la experiencia de la información. La televisión fue acusada de destruir la conversación. Ahora el culpable es el celular y, después, la IA.
Dentro de unas décadas nuestros nietos mirarán con nostalgia el momento en que «todavía» usábamos la IA de esta manera y considerarán que aquella era una época más humana, más auténtica, más espontánea. La nostalgia tiene una curiosa capacidad para fabricar su propio pasado.
Y aquí aparece la tormenta. Una palabra —«artificial»— comienza a acumular sobre sí toda clase de miedos: máquinas que piensan, máquinas que hablan, máquinas que escriben, máquinas que crean, máquinas que sustituyen al hombre.
Pero estamos armando una tormenta en un vaso de agua. Porque la cuestión verdaderamente interesante no es que exista un lenguaje artificial. La cuestión es que la aparición de la IA nos permite mirar de otra manera el lenguaje que ya teníamos.
La IA funciona como un espejo extraño. Nos devuelve nuestras propias operaciones lingüísticas bajo una forma nueva y, al hacerlo, nos obliga a preguntarnos qué había detrás de aquellas operaciones que considerábamos exclusivamente humanas.
Entonces: «¿Puede la máquina hablar como nosotros?» O mejor: «¿Cuánto de lo que llamamos hablar estaba ya constituido por procedimientos que nunca habíamos querido llamar algoritmos?»
Porque algoritmo no significa una cosa fría, electrónica y deshumanizada. También puede haber algoritmo allí donde existen regularidades, reglas, combinaciones, repeticiones, posibilidades y restricciones.
Aprendemos una lengua. Aprendemos sus reglas. Reconocemos patrones. Combinamos elementos. Anticipamos palabras. Corregimos frases. Interpretamos contextos. Inferimos intenciones. Y hacemos todo esto mientras hablamos sin estar pensando explícitamente en el procedimiento.
La naturalidad de nuestra experiencia lingüística puede ser el resultado de haber incorporado durante años ese procedimiento. La IA, en cambio, nos muestra el procedimiento. O al menos una parte de él. Por eso produce tanta inquietud. Porque no nos asusta solamente que la máquina hable. Nos asusta que al hablar nos recuerde que nosotros también hablamos mediante un sistema de posibilidades que nos precede y nos constituye. Y entonces viene la palabra «artificial» a salvarnos momentáneamente.
Artificial ellos. Natural nosotros. Qué tranquilidad. Pero la distinción comienza a deshacerse cuando comprendemos que la cultura humana consiste, en buena medida, en transformar artificios en naturaleza. Una palabra aprendida se vuelve espontánea. Una regla gramatical se vuelve intuición. Una costumbre se vuelve tradición. Una convención se vuelve evidencia. Una ficción repetida se vuelve realidad social. Una tecnología incorporada al cuerpo deja de parecernos tecnología.
El artificio triunfa cuando deja de parecer artificio. Eso es el lenguaje. Y la IA tiene el extraño mérito de venir a recordárnoslo.
Por eso me da a veces la impresión de que buena parte del escándalo alrededor de la IA es un asunto de viejitos alborotados por las transformaciones que van minando sus convicciones esclerotizadas, endurecidas por el uso. Sí, lo digo así. Un asunto de viejitos temblorosos. —No hable tan alto. —El que escupe pa’ arriba… Porque, naturalmente, yo también estoy ahí. Y justamente por eso conviene decirlo. No estamos fuera del fenómeno que observamos. Estamos dentro de él. También nosotros somos criaturas de transformaciones tecnológicas anteriores. También hemos tenido que aprender nuevas palabras, nuevos aparatos, nuevas formas de escribir, de leer, de conversar, de recordar.
La historia de la humanidad podría contarse, en buena medida, como la historia de sus artificios convertidos en costumbre. La escritura fue un artificio. La imprenta fue un artificio. El libro fue un artificio. El teléfono fue un artificio. El cine fue un artificio. El computador fue un artificio. El celular es un artificio. La IA también.
La diferencia es que ahora uno de esos artificios ha empezado a trabajar directamente sobre el lenguaje, y el lenguaje es precisamente aquello con lo que hemos construido buena parte de nuestra imagen de nosotros mismos.
Ahí está la verdadera perturbación. La IA no tiene que ser un lenguaje extraterrestre para resultar filosóficamente inquietante. Le basta con ser nuestro propio lenguaje devuelto mediante otro procedimiento, y por eso conviene dejar de mirar la tormenta y mirar el vaso. Porque el vaso también lo hicimos nosotros. Y lo que llamamos tormenta es, en buena medida, el movimiento de nuestras propias palabras dentro de él.
Hay que decirlo para pensarlo. Y viceversa.
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