
Lucía Vásquez Celis[i]
[i] Magister en Ciencia Biología-Ecología; licenciada en Biología. Visiting Scholar en IATP, Minneapolis USA (1995) y en GRAIN Barcelona España (1995). Diplomados y cursos en ámbitos nacional e internacional “LA PAZ TOTAL. Avances, logros y perspectivas”, Universidad Nacional de Colombia y Consejería Comisionada de Paz 2025; – «CULTURA POLÍTICA, DEMOCRACIA Y GESTIÓN PÚBLICA». Universidad Nacional de Colombia.2024. – “Participación y Representación Política de las Mujeres en Colombia”, Netherlands Institute For Multipartydemocracy. 2020; – “La promoción de los derechos y la eliminación de todas las formas de violencia contra las mujeres es nuestro compromiso”, secretaria de la Mujer, Alcaldía Mayor de Bogotá. 2020; – “Políticas Agropecuarias, Seguridad Alimentaria, Cambio Climático”- BID.2020; “Curso básico sobre Derecho Internacional Humanitario DIH”, con el CIRC y la Cruz Roja Colombiana. 2015; -“I Curso en Debates Actuales del Desarrollo Humano”, con la Escuela Virtual de las Naciones Unidas. 2008; -“I curso en teorías de la Democracia”, Escuela Virtual de las Naciones Unidas. 2008; – Participación nacional e internacional en Seminarios, Foros y Talleres sobre temas relacionados con Ordenamiento y Planificación Territorial, Desarrollo Rural, Cambio Climático, Agriculturas Sostenibles, DDHH y Pueblos Indígenas.
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En este artículo convoco a reflexionar, alrededor de una de las bellas propuestas que nos plantean sectores del ámbito global: la Paz con la naturaleza y con las personas y preguntarnos si esta es una posibilidad viable o una bella utopía. En verdades de Perogrullo, ya dichas desde diversos sentipensares, encontramos pistas que nos ayudan a resolver la cuestión planteada.
El planeta se enfrenta a una coyuntura crítica en la que la huella ecológica global de la humanidad supera la capacidad biológica de la Tierra, la degradación ambiental y la pérdida de biodiversidad amenazan a la humanidad, la salud de nuestros ecosistemas y la estabilidad social, económica y política colectiva de la sociedad.
En palabras de Anshul Aggarwal, campesino doctorante hindú “Atravesamos lo que científicos han descrito como la sexta gran extinción de especies en la historia de la vida del planeta. Los cambios planetarios siempre hacen parte de su evolución, pero los cambios drásticos que hoy se experimentan han sido causados, en gran medida, por la acción humana. Nuestro impacto sobre la Tierra ha alcanzado proporciones tan enormes que muchos académicos llaman a nuestra época el Antropoceno: la era de los humanos, un tiempo en el que las demás formas de vida han sido marginadas y mercantilizadas”.
Vivimos en un entorno global de policrisis o interacción simultánea de múltiples crisis globales que generan de manera creciente pérdida de biodiversidad, cambio climático, contaminación y degradación de tierras y mares, han afectado negativamente a múltiples derechos humanos y han aumentado la desigualdad y la pobreza en aspectos como el derecho a la vida, a la salud, al agua, al saneamiento, a la alimentación, al vestido y a la vivienda, al desarrollo, a la educación, a la reunión pacífica, a los derechos culturales. Sus efectos adversos afectan de manera desproporcionada a los niños, mujeres, niñas y adolescentes y jóvenes; a las personas que viven en la pobreza, a las minorías, a las personas mayores; a los pueblos indígenas, afrodescendientes y comunidades locales, a las personas con discapacidad, migrantes y desplazados internos, LGBTI y otros grupos en situación de vulnerabilidad.
No obstante, y pese a este desolador panorama, surgen desde múltiples realidades propuestas que invitan y construyen nevos paradigmas, nuevos enfoques y alternatividades, como pistas para que la Paz con la naturaleza y las personas, no sea un fetichismo. Urge caminar alrededor de estas pistas que nos han planteado la COP16, movimientos ambientales, variopintos procesos sociales, pueblos étnicos y sectores de la academia.
Viene tomando fuerza un llamado a desplazarse tanto del enfoque antropocéntrico como del ecocéntrico hacia la idea del antropocosmos. La visión antropocósmica reconoce una existencia espiritual unificada que se manifiesta en una diversidad de formas: el cosmos, el planeta y el ser humano. Esta visión antropocósmica se convierte en el motor de una nueva visión de la vida en paz con la naturaleza y con las personas. Las comunidades indígenas en distintas partes del mundo, y de manera particular en Colombia y la India, han sostenido esta cosmovisión durante milenios. Han comprendido al ser humano no como un sujeto aislado en el mundo, sino como parte intrincada de la vasta red de la vida y del cosmos.
Los conocimientos, innovaciones y prácticas de los Pueblos Indígenas, Afrodescendientes, campesinos, agricultores y comunidades locales que encarnan estilos de vida tradicionales, son también, esenciales para la conservación y el uso sostenible de la diversidad biológica y, por tanto, la importancia de promover su participación pronta, justa y equitativa de los beneficios derivados de la utilización de dichos conocimientos, innovaciones y prácticas tradicionales asociadas.
Las mujeres, niñas y jóvenes en diversas situaciones y condiciones desempeñan un papel fundamental como agentes de cambio a favor de la vida en dignidad y de las prioridades de paz y relación respetuosa con la naturaleza.
Urge, trabajar activamente para conservar y restaurar la biodiversidad y avanzar hacia una relación armoniosa y pacífica entre los seres humanos y la naturaleza; una mayor conciencia e intensificar los esfuerzos a nivel local, subnacional, nacional, regional y mundial en materia de derechos humanos, paz entre los pueblos, sostenibilidad, justicia social y ambiental.
Es imperativo, detener e invertir la pérdida de biodiversidad, restaurar la salud y la integridad de los ecosistemas y su conservación, restauración y uso sostenible desde la acción colectiva y sostenida de Estados, organizaciones internacionales, pueblos étnicos, procesos y dinámicas sociales diversas, populares campesinas, sector privado y todos los titulares de derechos y partes interesadas pertinentes.
La paz con la naturaleza y las personas ha sido un principio fundamental de la COP16 realizada en Colombia, desde el cual se propone mejorar la relación con la naturaleza y construir un modelo económico que priorice la conservación y el uso sostenible de los ecosistemas y recursos naturales. Desde este principio la COP16 propone rutas posibles encaminadas hacia la protección de la biodiversidad, la restauración de ecosistemas y la justicia social y ambiental, en el reconocimiento del conocimiento y papel crucial que desempeñan los pueblos étnicos y comunidades en la conservación de la biodiversidad y en la resolución de conflictos ambientales.
El vínculo entre protección de la naturaleza y de las culturas que conforman el país pluriétnico y multicultural que somos como país Colombia, es reconocer a los territorios, a la naturaleza y a las culturas que los habitan como víctimas del conflicto, como sujetos de derechos y generadores de alternativas de vida, dignidad y resistencias y de caminos de paz entre los pueblos.
Es imperativo, respetar el derecho internacional, la autodeterminación de los pueblos y centrar los esfuerzos en la conservación, el uso sostenible, la restauración de la vida, el debido respeto y la observancia del derecho internacional como barrera crucial contra las acciones que amenazan la vida de los seres humanos y la naturaleza.
El Historiador Ricardo Sánchez Ángel sostiene que la paz con la naturaleza será un fetichismo, mientras no se establezca un orden internacional justo que permita superar los procesos, estructuras y sistemas que generan guerras por sus intereses particulares. También señala que “el derecho internacional a la paz de las Naciones Unidas ha sucumbido al derecho a la guerra”. Además, sostiene que el centro de las causalidades de las guerras sigue estando en el control y extracción de recursos naturales, como el petróleo, el gas, el carbón, el coltán, el litio, el níquel, el cobre, la plata, el oro, el agua dulce y la de los mares y océanos. Sin embargo, deja abierta una posibilidad: «El propósito de la paz es un objetivo ineludible; con la naturaleza y voluntad de los pueblos y procesos sociales de todos los colores, con la impaciencia y la paciencia que requiere la tarea, lo lograremos».
Si la paz con la naturaleza fuese una bella utopía, tal como dijeron las voces de mayo 68 en Paris, “Seamos realistas, pidamos lo imposible”; «La imaginación al poder»; «Nosotros somos el poder».


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