
Manuel Humberto Restrepo Domínguez
Profesor Titular de la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia, Ph.D en DDHH; Ps.D., en DDHH y Economía; Miembro de la Mesa de gobernabilidad y paz, SUE.
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El reality puede comenzar con una fotografía irreal, pero viral, difundida ampliamente por las redes. Los dueños del mundo neoliberal fueron a la China de la hoz y el martillo sobre la bandera roja. La ultraderecha posa para un retrato frente al símbolo comunista: el propio Trump, Elon Musk y otros integrantes del séquito de depredadores de la vida humana, del planeta y del orden global basado en reglas comunes que ellos mismos no acatan ni respetan.
La imagen no constituye una declaración de coherencia ideológica, sino una demostración de decadencia. Hacen el ridículo y, de paso, ponen en ridículo a sus subalternos del sur: Milei, Noboa, Kast, Bukele, Corina, Guaidó, Uribe y sus candidatos.
La fotografía es el gesto de un safari depredador que ya no necesita ocultarse porque sabe que su presa lo ha descubierto. No es un trofeo ni un adorno para una galería privada: es una declaración de bancarrota cultural. Incapaces de venderse a sí mismos, recurren al disfraz de quienes los combatieron.
¿Por qué debería importarnos este circo de mal gusto? Porque la foto —aunque irreal— es un síntoma, y el síntoma es grave. La ultraderecha atraviesa una profunda crisis de legitimidad, pero el espectáculo continúa. El fotógrafo ajusta el lente, la sonrisa se ensancha y el flash ilumina una mentira más que, por un instante, todos fingen creer.
Esa misma pose ridícula del set fotográfico se traslada a la plaza pública colombiana, espacio histórico de resonancia de la indignación popular, del poder democrático construido desde abajo y de la lucha por derechos conquistados frente a las élites.
El neoliberalismo en formato de ultraderecha, ahora en campaña electoral, observa cómo su antagonista llena plazas y parques del país, donde es ovacionado, protegido y querido, e intenta reproducir esa escena a cualquier precio. Cínicamente olvida que fueron los suyos quienes ordenaban cerrar calles y reprimir la protesta, y ahora pretende apropiarse de esos espacios.
Cree que basta con desfilar por ellos como un turista en safari, atravesando —según su mirada— a ese “pueblo salvaje” al que, gracias a su respaldo o indiferencia, le arrancaron ojos durante el estallido social, encarcelaron jóvenes y negaron salarios dignos, jubilaciones justas y educación como derecho fundamental. Mientras tanto, celebraban entre whisky y caviar, en recintos privados, el saqueo de tierras, de recursos públicos y de empresas estatales; la privatización del agua, del gas y de la electricidad.
Olvidándolo todo, promueven ahora “tomas” simbólicas de plazas que rara vez logran llenar. Usan megáfonos alquilados y banderas ondeando junto a carteles que exigen “seguridad” o “libertad”: esa libertad de mercado donde el más fuerte aplasta al más débil. Y esta vez, la policía —antes fiel al libreto que ellos mismos escribieron— ya no los dispersa con gases ni los reprime como hicieron con otros.
No llenan plazas porque la movilización popular no es un producto de marketing político. Es un patrimonio colectivo, la riqueza última de un pueblo al que muchas veces no le quedan más que sus piernas y su voz para enfrentar la soberbia de las élites.
Los candidatos ultraderechistas aparecen entonces como cínicos profesionales. Convocan marchas bajo consignas que remedan el lenguaje popular y, entre banderas y gorras, surge algún cartel revelador que invoca la “defensa de la propiedad privada” como si fuera parte de un collage surrealista.
El ridículo alcanza su punto máximo cuando estos candidatos, autoproclamados líderes en banquetes de potentados y dueños de partidos decadentes, se fotografían junto al pueblo comiendo empanadas o levantando el puño en alto. La calle ha sido históricamente territorio de luchas obreras, estudiantiles y de víctimas.
La ironía no está en que mientan —eso ya se sabe—, sino en que muchos de quienes marchan con ellos creen estar repitiendo la épica del Mayo francés o la resistencia contra Pinochet, sin advertir que el enemigo ya no está únicamente en el palacio presidencial —como ocurrió durante años en Colombia—, sino también a su lado: usando una camiseta del Che comprada en un centro comercial, envuelto en símbolos de paz que en realidad desprecia.
No podrán llenar la plaza pública con conciencia, sino con espectáculo, vulgaridad y odio. Su gesto de protesta no es genuino; su movilización no nace de una necesidad histórica ni de una causa popular. Es apenas el ridículo congelado en una fotografía irreal.


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