
Víctor Solano Franco
Comunicador social y periodista
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Especial para El Quinto
Los medios tradicionales llevan años lamentándose de que los influenciadores digitales acaparan la atención de las audiencias, pero al mismo tiempo son ellos mismos quienes dedican buena parte de su agenda a hablar —casi obsesivamente— de la vida y obra de esos personajes. Es una paradoja: mientras denuncian la pérdida de relevancia, se convierten en altavoces de aquello que critican.
Como la serpiente que se muerde la cola, el ciclo se retroalimenta: los influenciadores producen contenido banal, los medios lo replican, y las audiencias terminan creyendo que esa es la conversación pública que realmente importa. Muchas veces también, los influenciadores reniegan de los medios serviles al capital, pero buscan que los entrevisten o por lo menos nunca se niegan a la posibilidad de ser expuestos para ganar más fama y conseguir más likes… No sé si termina siendo una venganza o una relación de mutuo canibalismo.
El problema no es solo que se amplifiquen sus contenidos: también se reproducen hasta el cansancio noticias sobre su vida amorosa, sus viajes de lujo, las joyas que ostentan o los vehículos extravagantes que compran. Ahí está, por ejemplo, el caso de Blessd y su camioneta de más de tres mil millones de pesos, tema convertido en nota de prensa como si fuese un asunto de interés nacional. ¿Cuál es el aporte de este tipo de “información” a la construcción de ciudadanía o a la deliberación pública? Algunos me dirán que es “un artista, que no es un influencer…” Para estos efectos, un cantante de reguetón ha terminado siendo lo mismo porque sus declaraciones a través de sus redes o de los medios tradicionales reciben tanta o más pantalla que las de muchos políticos.
En medio de esta espiral, los grandes asuntos —la educación, la seguridad, la desigualdad, el medio ambiente y muchos otros— quedan relegados o convertidos en notas marginales. No se trata de satanizar a todos los influenciadores ni de generalizar sobre los medios: hay creadores de contenido que aportan reflexión y hay periodistas que aún priorizan el interés público. Pero el riesgo es evidente: cuando lo único que guía la producción de contenidos es la carrera por los clics, se banaliza la agenda pública y se reduce la democracia a un espectáculo.
Porque no se trata únicamente de entretenimiento vacío. La banalización constante moldea percepciones, debilita la capacidad crítica de los ciudadanos y desplaza los debates de fondo. Y un país que elige gobernantes o define políticas desde la superficie de la farándula corre el peligro de hipotecar su futuro. En esa ecuación, todos perdemos: medios, audiencias y, sobre todo, la democracia.
En los últimas cuatro elecciones presidenciales, por lo menos, las figuras de los influenciadores, actores, cantantes y otros personajes de la fauna del entretenimiento, han tenido más peso que las voces de economistas, educadores, politólogos, periodistas y de otras disciplinas a la hora de valorar conceptos sobre quién votar… Eso dice mucho de nosotros ¿o no?
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