(y no a los de siempre)

Gustavo Melo Barrera
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En tiempos de campaña, Colombia vuelve a enfrentarse a una paradoja recurrente: todos los candidatos prometen cambio, pero muchos representan exactamente lo contrario. Entre discursos reciclados, miedos inducidos y estrategias de polarización, el votante termina atrapado en una narrativa donde elegir parece más un acto emocional que una decisión racional. Por eso, más que un listado de nombres, lo que el país necesita hoy es un criterio. Un manual básico —pero urgente— para elegir bien.
El primer principio es simple, aunque suele ignorarse: desconfíe de quien necesita un enemigo para existir políticamente. Los candidatos que construyen su campaña sobre el miedo —al “otro”, al pasado, al caos— suelen ofrecer pocas soluciones reales. Gobernar no es dividir, es resolver. Cuando el discurso se centra más en advertencias apocalípticas que en propuestas concretas, lo más probable es que estemos ante una estrategia de manipulación, no de liderazgo.
Segundo: siga la coherencia, no la retórica. En Colombia abundan los políticos que hablan de legalidad mientras han convivido con prácticas cuestionables, o que prometen renovación siendo producto de las mismas estructuras de siempre. Revisar trayectorias no es un ejercicio de desconfianza, sino de responsabilidad. ¿Qué ha hecho ese candidato cuando ha tenido poder? ¿A quién ha beneficiado realmente? Las respuestas a estas preguntas dicen más que cualquier discurso de plaza pública.
Tercero: entienda quién financia y rodea al candidato. Ningún proyecto político es individual. Detrás de cada campaña hay apoyos, alianzas e intereses. Un candidato que evita explicar de dónde vienen sus respaldos, o que se rodea de figuras vinculadas a viejas prácticas clientelistas o cuestionadas por corrupción, difícilmente representará un cambio real. La independencia no se proclama: se demuestra.
Cuarto: evalúe las propuestas, no los eslóganes. Prometer “mano dura” o “cambio total” es fácil; explicar cómo se logrará es lo difícil. Un buen candidato no solo plantea objetivos, sino rutas claras, viables y medibles. ¿Cómo piensa mejorar la seguridad sin vulnerar derechos? ¿Cómo impulsará la economía sin profundizar desigualdades? ¿Cómo enfrentará el crimen organizado más allá del discurso? Las respuestas deben ser específicas, no emocionales.
Quinto: cuidado con la nostalgia disfrazada de solución. En cada ciclo electoral reaparece la idea de que “todo tiempo pasado fue mejor” y que basta con volver a ciertas políticas para resolver los problemas actuales. Pero Colombia de hoy no es la de hace 20 o 30 años. Repetir fórmulas sin entender los cambios en el conflicto, la economía y la sociedad no solo es ineficaz, sino peligroso. La seguridad, por ejemplo, no puede construirse sobre atajos que ya demostraron sus costos humanos y legales.
Sexto: valore el respeto por las instituciones. Un candidato que desacredita sistemáticamente la justicia, la prensa o los organismos de control puede resultar atractivo en el corto plazo, pero debilita los pilares de la democracia. Las instituciones no son perfectas, pero son necesarias. Reformarlas es legítimo; destruir su credibilidad, no.
Séptimo: escuche cómo habla del país, no solo de sus problemas. Hay una diferencia profunda entre quien describe a Colombia como un proyecto posible y quien la presenta como un fracaso absoluto que solo él puede salvar. El mesianismo político suele ser una señal de alerta. Ningún líder, por fuerte que sea, reemplaza a las instituciones ni a la ciudadanía.
Finalmente, recuerde que votar no es un acto de fe, sino de responsabilidad. Elegir bien implica informarse, contrastar, dudar y, sobre todo, pensar en el largo plazo. Colombia no necesita salvadores ni enemigos internos; necesita gobernantes capaces, equilibrados y comprometidos con el interés público.
Este manual no garantiza certezas, pero sí ayuda a evitar errores evidentes. En un país donde el ruido suele imponerse sobre la razón, aplicar estos principios puede ser, en sí mismo, un acto de cambio. Porque, al final, el verdadero poder no está en los candidatos, sino en los ciudadanos que deciden quién merece gobernar.
Adenda: el 31 de mayo y la sombra de la violencia
De cara al 31 de mayo, el país no solo elegirá entre candidatos, sino entre formas de entender el poder. Tres proyectos compiten con narrativas distintas: uno que recicla estrategias del pasado bajo nuevos nombres; otro que apela a promesas grandilocuentes sin sustento claro; y un tercero que propone continuidad con ajustes sobre lo ya avanzado. Pero más allá de esa disputa, hay una pregunta inquietante: ¿cesará la violencia antes de que se cierren las urnas o será utilizada, una vez más, como herramienta de presión política?
La historia reciente sugiere cautela. En Colombia, la violencia electoral no siempre es espontánea; a menudo responde a intereses que buscan influir en el resultado mediante el miedo o la desestabilización. Si la intensidad disminuye antes de la votación, podría interpretarse como un intento de generar una sensación de normalidad que legitime el proceso. Si, por el contrario, persiste o escala, el mensaje sería aún más preocupante: que el control territorial y la intimidación siguen siendo factores determinantes.
El reto para el Estado es claro: garantizar que el voto sea libre, seguro y sin coerción. Porque sin eso, cualquier resultado quedará inevitablemente bajo sospecha.


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