
Leonardy Bolívar
No soy escritor, soy desempleado
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Prefacio
A veces la vida no nos quita los caminos… solo los transforma.
Esta es la historia de una oportunidad que pareció perderse, pero que, en silencio, encontró otra forma de existir.
—¿Cómo es que usted sabe de enfermería? —me dijo mi amiga Sara, mientras su mirada distraída se perdía en la opaca tarde sabanera.
—Verá, amiguita —le respondí, tratando de espantar ese aire lúgubre que comenzaba a posarse sobre la conversación—… cuando llegué a Bogotá, mi primer empleo fue como celador en un centro médico. Allí tenían consultorio algunos prestantes galenos de la ciudad. El puesto lo ocupaba entonces mi amigo Cristo Gabriel —así se llamaba; era primo de mi novia—, quien ese diciembre tomó sus vacaciones y me dejó en su reemplazo. No volvió. Y así, sin más, me quedé en propiedad.
El doctor Camilo, al notar mi curiosidad por los temas de salud, me sugirió estudiar enfermería. Yo, que siempre fui obediente a las oportunidades, le hice caso. Me matriculé en una de esas escuelas de garaje que pululaban en Chapinero, donde prometían títulos en tiempo récord. En seis meses ya era auxiliar de enfermería… aunque, si les soy sincero, aún sigo esperando la certificación después de cuarenta años.
Ascendí. De celador a enfermero. Y fue ese trabajo, humilde pero constante, el que me permitió costearme mi carrera profesional.
—¡Aaay, Leito! —exclamó Sara, con un dejo de nostalgia que le pesaba en los hombros—. Yo también tuve la oportunidad de estudiar enfermería…
Su voz cambió de tono, como si al hablar desenterrara una historia que nunca había terminado de cerrar.
—Era mayo de 1982. Vivíamos en Chía. Llevábamos apenas seis meses desde que llegamos de Cusagüí y no encontrábamos qué hacer. Todas las mañanas, el vecino de la droguería nos prestaba el periódico, y nosotros nos turnábamos para revisar la sección de empleos. Fue allí donde encontré un cupón: ofrecían una beca para estudiar enfermería el siguiente semestre. Lo llené con toda la esperanza… o tal vez con toda la desesperación que llevaba por dentro.
El proceso duró tres meses: primero por correo, luego presencial. Cada viaje a Bogotá significaba reunir dinero entre todos, casi como si se tratara de una colecta familiar. Pero lo logré… me dieron la beca.
—¿Y entonces qué pasó, amiga?
Una pequeña columna de vapor, con aroma a café bien tostado, ascendía desde los pocillos recién servidos, abriéndose paso con dificultad en el aire espeso de la cafetería.
—Nosotros éramos mis papás y ocho hermanos —continuó—. Yo soy la mayor. Tenía diecinueve años y acababa de terminar el bachillerato junto a ustedes el año anterior, en la agrícola de Boavita. Como no vivíamos allá, eso implicaba más gastos, especialmente cuando cursé sexto y me fui a vivir a Boavita. ¿Se acuerdan? En quinto —lo que hoy equivale a décimo— yo vivía en La Uvita, y todos los días caminaba desde allá hasta el colegio y regresaba en la tarde. Eran como diez kilómetros de ida y diez de vuelta.
Mis papás decidieron que era conveniente venirnos a la capital en busca de mejores horizontes para sus hijos, porque en el campo ya no se podía vivir de lo que producíamos. A esa altitud apenas se logra una cosecha de maíz y papa al año. Teníamos casi siempre dos vaquitas paridas, cuando mucho, y eso ya era una bendición. La leche no era para nosotros: se vendía hasta la última gota, y con eso se pagaban los estudios de cuatro de nosotros en el colegio.
También criábamos ovejas y unas pocas cabras… Las ovejitas daban lana, que mi mamá hilaba con paciencia infinita para hacernos sacos y cobijas. Teníamos gallinas, sí, pero los huevos tampoco eran para comerlos: se vendían los domingos en el mercado, y con ese dinero se compraba la sal y el dulce. Criábamos conejos y curíes, proteína que nos sabía a gloria.
Eran tiempos difíciles. Y todos trabajábamos de sol a sol… cuando no estábamos en el colegio.
Guardamos silencio un instante. No era necesario decirlo, pero todos lo sabíamos.
—Nos tocó duro —dije finalmente—. Especialmente a ti. Diez kilómetros en la mañana y diez en la tarde, todos los días… ¡solo para estudiar!
—No por falta de carretera… sino por falta del bendito dinero para el transporte —afirmó Mary—.
—Aun así —añadí—, esas dificultades templaron el carácter. Nos hicieron personas de bien. ¡Hoy podemos alzar la frente y ser ejemplo para que estas generaciones lo tengan todo servido!
—Sí, mi Leito… así es —respondió Sara, con una leve sonrisa que no alcanzaba a ocultar la melancolía—.
—Cuando llegamos a Chía, mi padre compró un lote con el dinero que logró reunir, después de vender hasta las gallinas… y quedamos debiendo. Como pudimos, levantamos un ranchito donde nos acomodamos todos en una sola habitación. Un hacinamiento que prefiero no recordar.
Mi papá montó unas canchas de tejo y asadero y comenzó a vender cerveza. El negocio funcionaba sobre todo los fines de semana. Cada peso que entraba era para comprar ladrillos, cemento… levantar paredes. Así construimos la casa familiar, en lo que entonces eran las afueras del pueblo.
Hoy, ese mismo lugar está rodeado por conjuntos cerrados de estrato cinco. Nos separa una pared de diez metros de altura. Este año nos llegó el impuesto predial por seis millones de pesos. Con la actualización catastral pasamos de estrato dos a cinco, sin derecho a apelación.
Un funcionario de la alcaldía nos dijo, sin rodeos, que lo mejor era vender e irnos… que esa zona estaba destinada a conjuntos exclusivos, y que nuestro lote era “de engorde”.
¿Y sabe qué es lo peor, Leito? —añadió—. El lote original era de mil quinientos metros cuadrados. Con los años y las necesidades, mi padre fue vendiendo pedazos… Hoy solo nos quedan ciento ochenta metros para los ocho hermanos, con dos apartamenticos modestos, después de sucesivas remodelaciones. Eso es todo.
La miré con cuidado. Sabía que la historia aún no terminaba.
—¿Y lo de la enfermería? —pregunté.
Sara suspiró, como quien se prepara para contar una herida antigua.
—Ay, mi Leo… casi mejor ni le cuento.
—Cuénteme.
—En esa época cocinábamos con carbón, carbón mineral. Todas las casas tenían estufa de carbón. El gas no había llegado todavía. Algunas pocas tenían estufa a gasolina, pero eran peligrosas. Nosotros no podíamos darnos ese lujo… solo carbón.
El carro del carbón pasaba los sábados. Lo vendían por bultos o por arrobas. Recuerdo al muchacho que siempre pasaba cada ocho días, a sabiendas de que el carbón alcanzaba para la quincena… y me daba encime.
Yo comenzaba mis estudios de enfermería el lunes. Estaba lista. Preparada para una vida nueva.
El domingo anterior fuimos a misa con mamá y mis hermanas, a dar gracias por la oportunidad. Ese día cayó un aguacero de esos bravos, con rayos y centellas. Llegamos a la casa empapadas, embarradas hasta las rodillas.
Yo había llevado mis zapatos blancos… quería amansarlos antes del primer día. Los lavé y, como no salió el sol en toda la tarde, los metí al horno de la estufa para que se secaran.
Al otro día, muy temprano, fui a la cocina a buscarlos…
Y estaban achicharrados.
Eran los únicos que tenía.
No pudimos comprar otros esa semana… ni la siguiente. No podía asistir con zapatos de otro color.
Perdí dos semanas de clase. Y cuando por fin pude volver… ya no me recibieron.
Sara guardó silencio. No fue un silencio vacío, sino de esos que pesan, que se quedan suspendidos como una pregunta sin respuesta. Afuera, la tarde sabanera parecía haberse detenido, como si también escuchara.
Yo bajé la mirada hacia el café ya frío. Pensé en todo lo que había tenido que alinearse en su contra: la lluvia, el barro, el carbón, el horno… unos zapatos.
Unos simples zapatos.
—Así fue como se me quemó la oportunidad, mi Leito —dijo finalmente, sin dramatismo, casi como quien ya aprendió a nombrar la desgracia sin que le tiemble la voz—. No fue la pobreza… ni la falta de ganas… fue eso… un descuido, una necesidad… un par de zapatos que no resistieron la temperatura.
La miré de nuevo. No vi derrota en su rostro. Vi otra cosa.
Vi a una mujer que había seguido caminando, incluso sin esos zapatos.
Porque, pensándolo bien, Sara nunca dejó de ser enfermera. No de título, no de uniforme blanco ni de hospital. Pero sí de alma.
Había aprendido a cuidar desde niña: a sus hermanos, a sus padres, al esposo al que le dedicó media vida, la vida misma en medio de la escasez. Había aprendido a resistir, a sostener, a curar sin instrumentos, a sobrevivir sin garantías.
Y tal vez —solo tal vez—, en este país, eso vale más que cualquier diploma.
Afuera, la tarde terminó de apagarse.
Y en ese instante entendí que hay oportunidades que no se pierden…
Solo cambian de forma.


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