
José Aristizábal García
investigador social, escritor, activista, autor de varios libros, entre ellos Amor y política (2015), Amor, poder, comunidad (2024) y La revolución del amor, próximo a aparecer.
•
¿Simplemente ratificaremos en las urnas a un presidente elegido y comprado por el régimen norteamericano? ¿O seremos nosotros mismos quienes elegiremos a un colombiano que sí defienda nuestro país?
A esto estamos enfrentados en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales el próximo domingo. A entregar la soberanía de la elección del jefe de Estado colombiano a una potencia extranjera o a ejercer la soberanía del pueblo y la autodeterminación nacional en ese acto crucial para la vida y el futuro del país.
Trump ya compró y eligió a Milei, a Novoa y al “Tito” Asfura. Ahora ha dicho que su candidato en Colombia es Abelardo, a quien le ha planteado su apoyo y respaldo total. A un tipo que ha jurado defender la soberanía de EEUU y se ha puesto al servicio de Trump y las mafias y magnates financieros que lo respaldan.
Ahora no estamos ante “el que diga Uribe”, sino “al que diga Trump”.
No es que el imperialismo norteamericano no haya metido la mano antes en las elecciones de Colombia y de otros países. Lo nuevo es la desfachatez y el cinismo con los que se menosprecia abiertamente la soberanía y la independencia de las naciones y la desvergüenza con la que una parte de la élite local lo cohonesta y lo celebra.
Lo nuevo es cómo combina las políticas de “un cambio de régimen” y con las de comprarlo o elegirlo. Antes ejercía la fuerza bruta de la invasión militar para tumbar al gobierno que se rehusaba ponerse a su servicio. Sin renunciar a eso, ahora aprovecha el poder de las finanzas, del dios dinero y la corrupción de las clases dominantes locales y sus sistemas electorales para intervenir abiertamente en las votaciones y otorgarles el triunfo a sus lacayos, tal como ha sucedido en Argentina, Ecuador y Guatemala.
En Venezuela no optó por “un cambio de régimen”; prefirió combinar las sanciones económicas, la amenaza, el chantaje de sus armas y los bombardeos, con una compra de una parte del régimen. De unos sectores de la élite gobernante que, en el momento de la decisión, renunciaron a los preparativos para contrarrestar el ataque y resistir, desactivaron los mecanismos de defensa y optaron por una rendición incondicional.
En Irán, Trump pretendió el “cambio de régimen” a través de la guerra seguida de la amenaza de destrucción total y la desaparición de una civilización. También propuso comprar el uranio enriquecido al precio del mercado, como otra forma de comprar el régimen. Y dijo que quería participar en la elección del sucesor del líder supremo asesinado, Alí Jamenei. En todo ello ha sido derrotado.
En Cuba, después de seis décadas de bloqueo económico, ahora amenaza con la fuerza y presiona con un bloqueo militar; pero el gobierno y el pueblo resisten.
En Colombia ya hubo el bombardeo de lanchas de pescadores y la amenaza de tumbar el gobierno Petro.
Ahora nos toca luchar no sólo para ganar la soberanía electoral, sino estar preparados para los nubarrones ominosos de esas otras formas de arrebatarle el poder al mandato popular. No es un problema sólo de la coyuntura de estos días. Es un desafío permanente frente a una hegemonía global que se hunde y necesita seguir explotando unos territorios y unos recursos que cree que le pertenecen.
Esto quiere decir que, si queremos un gobierno propio y avanzar en las reformas, necesitamos una mayor conciencia sobre la independencia, la autodeterminación nacional y los peligros del imperialismo norteamericano.
Y ampliar las relaciones de unidad con los movimientos, los pueblos y los países que están luchando por otro orden mundial libre del hegemonismo y la amenaza permanente de la muerte.


Deja una respuesta