
Gustavo Melo Barrera
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Hay que reconocerle a María Fernanda Cabal un talento histriónico envidiable.
Pararse en un atril, engolar la voz con la severidad de una institutriz victoriana y exigirle a Gustavo Petro que «se resigne y acepte la derrota» es un ejercicio de comedia involuntaria que roza el realismo mágico. Exigir humildad demerita cuando se es heredera de un linaje político donde el verbo “tumbar” se conjuga en todos los tiempos verbales es, cuando menos, una falta de respeto con el gremio de los ilusionistas.
Porque si algo distingue a la derecha de alta alcurnia es que no compite: se apropia. Comenzando por casa, la propia senadora sabe perfectamente lo que es recibir un buen «tumbado» de las altas esferas del uribismo.
El gran patriarca, Álvaro Uribe, le ha aplicado con maestría la sabrosa técnica del congelamiento estratégico, dándole portazos en las narices cada vez que la señora acaricia la ilusión de subirse al trono presidencial.
¡Pobre María Fernanda! Tan fiel, tan disciplinada con el garrote ajeno, para terminar siempre relegada al rincón de las segundonas, viendo cómo los patriarcas del clan le arrebatan la candidatura con la misma elegancia con la que un prestamista de barrio se apropia de la escritura de una casa.
Entre patrones te veas.
Pero el saqueo conceptual y político no se detiene en los cuarteles antioqueños; viaja con escalas y descaro por las regiones. Ahí tenemos el prodigioso número de magia protagonizado en Santander por fichas como Jorge Figueroa Clausen, quien con la precisión de un carterista de plaza de mercado logró el milagro de montarse, desdibujar y tumbarle la idea original, el discurso y el testamento político anticorrupción al difunto Rodolfo Hernández.
Transformaron un movimiento de indignación ciudadana en un práctico vehículo de reciclaje político, demostrando que en la sabana santandereana no se pierde nada: todo se roba, se maquilla y se reutiliza para el usufructo del nuevo socio.
Ahora bien, si el robo en la política es un deporte de alto rendimiento, en la economía cotidiana alcanza categoría de alta cocina. La relación histórica de María Fernanda Cabal con la gente del Valle del Cauca tiene mucho de ese despojo tradicional de terrateniente nostálgica de la colonia: mirar por encima del hombro al labriego mientras se consolidan hegemonías sobre la tierra ajena.
Pero el golpe maestro a la salud de los colombianos no requiere careta ni revólver, sino un buen tongo legislativo. Mientras la ex senadora agita las banderas de la decencia patria, defiende con fervor místico los intereses de los ingenios azucareros.
No es un secreto para nadie que la industria del dulce procesado inunda las despensas nacionales con una porquería de azúcar refinada que enferma, diabética y lentamente mata a la población. Un veneno legalizado que se sostiene gracias a un jugoso cabildeo subterráneo, donde se financian campañas de congresistas y representantes para que hundan, una y otra vez, cualquier proyecto de ley que se atreva a ponerle impuestos o frenos a este dulce ecocidio metabólico.
Matar a la gente a punta de calorías hiper procesadas mientras se llena la chequera: el capitalismo de sotana y melaza.
Con semejante currículum de atracos cruzados, traiciones de mentor a subalterno y jugaditas con la salud pública, no extraña en absoluto que la más reciente pirueta política de la exsenadora sea el lanzamiento del autodenominado Partido Republicano, de la mano de personajes como Figueroa Clausen.
Tras abandonar las toldas del Centro Democrático, la nueva colectividad —que no es más que un reciclaje de la vieja Liga de Gobernantes— nace no para hacer patria, sino para repartirse los restos del botín electoral rumbo al 2027 y 2030.
Ante semejante despliegue de cinismo institucional, donde todos le roban el discurso al vecino, la presidencia al aliado y la salud al ciudadano de a pie, el bautizo de este nuevo partido no podía tener un manifiesto más honesto, sincero y acorde a su propia doctrina.
Olvídense de la libertad y el orden; el verdadero eslogan que debería brillar en la placa fundacional de esta nueva casa política es, sin lugar a duda: “Robaos los unos a los otros, así como yo os he robado”.


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