
Gustavo Melo Barrera
•
Hay que reconocerles algo a los genios del marketing de la demoscopia criolla: tienen el superpoder más envidiable del universo conocido. Son capaces de desafiar las leyes de la física, la termodinámica y el sentido común con solo un par de tablas de Excel y una calculadora descalibrada.
En un país donde el nuevo gobierno lleva semanas tambaleándose entre escándalos de proporciones titánicas, shows mediáticos de categoría circense y salidas en falso que harían ruborizar a un payaso novato, las firmas encuestadoras salen muy orondas a dictar cátedra de optimismo mágico. Según sus pulcros gráficos, el presidente goza de un inmaculado 54% de aprobación, mientras que el vicepresidente le pisa los talones con un 53%.
Uno lee semejantes cifras y lo primero que hace es revisarse los ojos o buscar la sección de ciencia ficción del periódico. ¿Dónde diablos hacen esas entrevistas? ¿Acaso montan el call center en el Palacio de la Quiebra o en los calabozos del viejo San Carlos? Porque la realidad que habita fuera de las burbujas virtuales es bien distinta. A este ritmo, la única explicación lógica es que los encuestadores estén bajando los formularios con ouija en mano, encuestando a próceres difuntos o, con más probabilidad, limitando la muestra a los comités de aplausos integrados por familiares, escoltas y la parentela del ministro de turno.
La soledad del poder y el club de los lagartos
Lo cierto es que el Palacio de Nariño le quedó tan inmensamente grande al primer mandatario que el hombre parece una exhalación decorativa. A las únicas personas que se les ve merodeando por los corredores imperiales, aparte de la nutrida bandola de escoltas armados hasta los dientes, es a la fauna habitual de lagartos políticos de riguroso Kleenex en mano.
Allí desfilan, codo a codo, notables personajes de la vida nacional como el procurador y la fiscal general, dispuestos siempre a prestar una sonrisa de oreja a oreja para la foto oficial, listos para absolver faltas antes de que se cometan y para aplaudir con fervor de focas amaestradas cualquier ocurrencia matutina que salga del despacho presidencial. Fuera de esa corte de notables cortesanos y aduladores profesionales, nadie vuelve a ver al presidente a menos que sea en cadena nacional o blindado detrás de tres anillos de seguridad que ahuyentan hasta a las palomas de la Plaza de Armas.
El autismo estadístico de la opinión
Ante este panorama de sainete, la pregunta ya no es cuánto mide la popularidad del Ejecutivo, sino qué clase de alucinógenos colectivos consumen quienes diseñan estas mediciones. Nos quieren convencer de que el ciudadano de a pie —ese que sufre el costo de los alimentos, que lidia con servicios públicos impagables y que contempla estupefacto el carrusel de nombramientos absurdos— se levanta a las cinco de la mañana a rezar por la gobernabilidad de sus verdugos y a marcar con devoción un 5 al desempeño oficial.
No existen encuestas serias porque la realidad nacional ya superó la comedia negra, y no hay lectores con dos dedos de frente que resistan semejante falta de respeto a su inteligencia. Nos gobiernan entre sainetes, pantallas de humo y estadísticas fabricadas en laboratorios donde la alcurnia y la mentira se mezclan en coctelera. Al final, lo único que sube de verdad en este país no es la favorabilidad de los inquilinatos del poder, sino el descaro de quienes pretenden convencernos de que la penuria nacional es, en realidad, un éxito rotundo de sintonía.
¿Cree usted que las encuestas en nuestro país miden la opinión pública o simplemente funcionan como una agencia de publicidad pagada para mantener a flote la autoestima del poder?


Deja una respuesta