
Luis H. Hernández
El autor es licenciado y doctorado en ciencias sociales
magister en en Desarrollo rural y especialista en en Desarrollo regional y urbano, y en relaciones internacionales.
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Sobre lo que trata
La actual coyuntura de Colombia y del mundo se compone de la juntura de cuatro momentos transicionales:a
1. Una transición de orden civilizatorio que cubre desde los años setenta del siglo XX y supone un cambio de época.
2. Dentro de ese cambio de época, una transición propiciada en 2008 por la crisis del modelo económico de acumulación capitalista neoliberal, crisis que se acompaña de la decadencia de la hegemonía estadounidense.
En un ámbito más localizado, Colombia, y dentro de esas transiciones globales, está el tercer momento transicional:
3. La ralentizada transición del viejo régimen frentenacionalista, iniciada en los años noventa del siglo XX. Y casi al mismo tiempo comienza la cuarta transición, la de los procesos de paz con la insurgencia contemporánea.
4. Esta transición comenzó en los años ochenta y noventa con el M-19, el EPL y el Movimiento Armado Quintín Lame; siguió con el acuerdo firmado con las FARC en 2016. En veremos, están un acuerdo con el ELN y con las denominadas disidencias.
A esas situaciones, imbricadas entre ellas o contenidas unas en otras, las configuramos a imagen de las matrioskas, esas famosas muñecas rusas que se albergan anidadas o contenidas dentro de sí y cuya realidad nos resulta mucho más compleja de lo que aparentan si las comprendemos, a su vez, entretejidas. Eso significa que los hechos que van emergiendo condensan en sí mismos las diversas dimensiones temporo-espaciales pasadas, presentes y futuras y las concentran como dimensiones de corto, mediano y largo plazo que contiene cada hecho. Un innegable meollo que reta, no solo al interés analítico de la coyuntura sino, aún más, a la imaginación y a la capacidad de los actores de la cosa política, protagonistas responsables de las relaciones hegemónicas de poder que determinan, mediante las políticas públicas, la vida misma de la población gobernada.
Transiciones que consideramos, no son de carácter funcional, de recuperación o reversibles, sino sistémicas u orgánicas, irreversibles.
– Las transiciones funcionales corresponden a circunstancias de crisis que dan cabida a cambios de retroalimentación con los que retorna la información a su punto de origen y el sistema regresa a la situación previa, es decir, al punto de equilibrio y de mantenimiento del orden; ellas se remozan y prosiguen su curso, y esto tiene un corto aliento, que puede ser de días, meses, o años.
– Las transiciones de transformación sistémica u orgánicasindican, por el contrario, la clausura del organismo o sistema en cuestión, pues en ellas emerge un nuevo patrón organizacional, producto de una transformación estructural. Por eso mismo, son transiciones de carácter sistémico irreversible y su resolución implica un lapso considerable de tiempo que se cuenta en decenas y centenas de años.
A las dos formas de transición, la funcional y la sistémica, les asiste el conflicto. Pero, la segunda, se da en un periodo prolongado de disputa antagónica, violenta, entre los actores de la época en relevo y los emergentes de la nueva época que esté emergiendo. Esta situación se ha popularizado en tiempos recientes como la “trampa de Tucídides«, figura utilizada por personas de la academia y por analistas para describir el riesgo de conflicto que surge cuando un poder emergente amenaza con desplazar a otro establecido.
Suele suceder en la transición sistémica que los actores en relevo, al considerar la crisis como de carácter funcional -y no orgánico-, se desgastan en las argumentaciones, proposiciones y acciones que les resultan inútiles o fallidas para su recuperación; con ello, se ralentiza el tiempo severo o dramático de su duración al resistirse a desaparecer y persistir en recuperarse invirtiendo más energía de la que necesitan. El resultado es el incremento entrópico de su disolución, como se ilustra cuando se mantiene en sobrevivencia vegetativa a un enfermo en fase terminal. Esa circunstancia, en los sistemas sociales hipercomplejos, se complica aún más cuando esos actores en relevo, para mantener su hegemonía, acuden a las creencias, valores y estrategias originales de la época en clausura, con la ilusión de refundarla; mientras tanto, los nuevos actores, van diseñando sus creencias y valores en las expectativas que les depara, de manera inobjetable, la pulsión que emerge de los factores que dan origen a la nueva época.
MATRIOSKAS GLOBALES
- Matrioska civilizatoria
Seis giros constituyen los factores que conllevan un cambio de época en la historia de nuestra civilización:
- El de la matriz energética.
- El de la forma de comunicarnos o lingüístico.
- El del conocimiento y la tecnología.
- El demográfico o poblacional.
- El cultural
- El institucional.
Los acompañan en sus causas una crisis ambiental y en sus consecuencias, un cambio ético-moral.
1.1. Desde los años setenta del siglo XX, nos encontramos en un periodo de transición de la época Moderna en clausura, hacia una Transmoderna en ciernes. Entonces, se dio la crisis energética petrolera, al amparo de la llamada Guerra de los Seis días entre árabes e israelitas, que llevó al alza de precios, la estanflación, la eliminación del patrón oro, entre otros y, lo clave, a la búsqueda de nuevas fuentes energéticas. Esto ocurrió así por cuanto se consideraba que el petróleo, como recurso no renovable que es, iniciaba el proceso de agotamiento de las reservas existentes en el mundo, ilustrado en la caída de las reservas de los Estados Unidos, hasta entonces, el país con mayor producción y consumo. Sobre la base de esas reservas, había construido desde mediados del siglo XIX (Edwin L. Drake. Titusville 1859) su poderío hegemónico económico y político mundial.
La situación indicaba el inicio de la obsolescencia de la matriz energética fósil (carbón y petróleo), fundamento y sostén energético de la época moderna, vigente desde el siglo XVII; además, eso se acompañaba en los años ochenta del siglo XX con la evidencia del impacto negativo de esa matriz en el medio ambiente y, en consecuencia, en la sobrevivencia de la vida de nuestra especie en el planeta.
Para entonces, la electricidad se había consolidado como la principal forma de energía útil por su versatilidad en la producción y uso, pues, se puede obtener de las más variadas fuentes, renovables o no, fósiles o limpias, y aplicarse en innumerables actividades.
Ese conjunto de aspectos fundamentó un giro en la matriz energética. En ese giro, se prioriza el uso de fuentes de energía diversas, renovables, limpias y abundantes que, en consecuencia, las hace -entre otras ventajas- de bajo costo. Además, se pueden localizar, de modo que quedan al alcance de quienes las van a utilizar, para que, en términos administrativos, las autogestionen o co-gestionen en su producción, distribución y uso.
1.2. Por las mismas fechas, se da un cambio en el sistema comunicacional de las sociedades, con la emergencia de la Internet. Se trata de un conjunto descentralizado de redes de comunicación interconectadas que funcionan como una red lógica única, de alcance mundial; esa tecnología puso en entredicho el sistema de comunicaciones impreso de Gutenberg, propio de la época moderna. El carácter de interconexión, descentralización y globalización de todas las actividades humanas que caracterizan la red informática pone en otros términos y condiciones los procesos productivos materiales o inmateriales, tangibles o intangibles, que había diseñado la forma centralizada comunicacional impresa moderna.
1.3. Esos giros se imbrican con la bifurcación que se da también en la ciencia y la tecnología con las ciencias cognitivas, la inteligencia artificial (IA), la informática y la robótica, entre otras ramas del conocimiento. Giros que, coligados con los anteriores, van haciendo evidente un modo de vida sistémico que supera el mecánico clásico, este último compuesto de partes y basado en el vapor.
1.4. También, por entonces, se empieza a hacer evidente un giro demográfico de implosión, que prospecta 2050 como el año a partir del cual se hará franca la caída significativa y generalizada a nivel planetario de la tasa de crecimiento poblacional. Este asunto ya se sugería desde los pasados años sesenta en las tasas negativas de algunos países como Japón, Corea, Francia, Dinamarca y Noruega. La situación obra a contrapelo de la época moderna caracterizada por la explosión demográfica, que acompañó sus variables socioeconómicas de empleo, crecimiento, PIB, explotación de la fuerza de trabajo, acumulación y desarrollo. Es una implosión con un evidente impacto en todas las actividades humanas y por ahora, aunque imprevisibles, intuíbles y escenificables.
1.5. El famoso Mayo del 68 francés del siglo XX simboliza y da cabida al giro cultural. El suceso hizo visibles las demandas de distinta índole de los seres ninguneados hasta entonces por la modernidad: entre ellos, las mujeres, las personas con orientaciones sexuales e identidades de género (LGBTIQ+) variadas y aquellas con diversidad funcional o discapacidad, las comunidades y culturas étnicas originales. Al luchar por ser partícipes en los procesos de reconocimiento de sus identidades, demandas y derechos se abre el prisma al reconocimiento de sus propias creencias, valores, expectativas y formas de ser humano-culturales y eso transforma, de manera radical las relaciones e instituciones familiares y sociales modernas.
1.6. Esos giros impelen, necesariamente, un cambio de las instituciones socieconómicas y políticas de sus formaciones sociales capitalistas y del socialismo real, que están por verse o constituirse. Mutaciones en los sistemas y organismos de mercado, financiación, producción, distribución y consumo de bienes y servicios, políticamente en los estados-nacionales centralizados, en sus formas de poder, legitimadoras y representativas de las democracias liberales, sustentadas en los partidos políticos -que van siendo vetustos. En fin, variaciones en las formas de constituir la hegemonía; ahora, desde las demandas de las personas visibilizadas y localizadas es lo que autores como Chantal Mouffe y Ernesto Laclau denominan democracia radical.
Dichos giros, en su conjunto, se constituyen en los factores de la nueva época civilizatoria transmoderna en ciernes. En su transición, esta va erosionando los factores que constituyeron la época moderna en clausura, en la medida que se van filtrando en forma lenta, pero, inexorable e irreversible, por los poros de los sistemas socioeconómicos, políticos, culturales, ideológicos e institucionales de las diversas comunidades locales y globales existentes. En prospectiva, se perfila el año 2050 como el punto de generalización o despliegue de los nuevos factores civilizatorios.
- Matrioska neoliberal
La consigna Volver a hacer grande a los Estados Unidos, objetivo del segundo gobierno de Donald Trump, iniciado en enero de 2025, pretende él hacerla realidad, otra vez, a partir del petróleo. Con ello, dar al traste con el modelo neoliberal, en clausura desde la crisis financiera de 2008, crisis que se reafirmó con el trance de 2014.
El asunto es que, al propósito de Trump, le asiste un franco agotamiento de las propias reservas de su país. De ahí su pretensión de refundar esa grandeza, de una parte, apropiándose, directa o indirectamente, del recurso que poseen otros países y de su riqueza monetizada en dólares. Así, les impone a estos, directamente, sanciones o vetos por medio de la Oficina de Control de Activos Extranjeros (OFAC, Office of Foreign Assets Control), dependiente del Departamento del Tesoro. Lo hizo así con los siguientes países:
- Irán (en 1979).
- Siria y Bielorrusia (en 2004).
- Libia (en 2011).
- Rusia (en 2014).
- Venezuela (en 2015).
De otra parte, también, pretende alcanzar su objetivo por las vías de hecho reeditando el intervencionismo imperial decimonónico en países y regiones como Venezuela (2026), Medio Oriente (2026) y, en potencia, Canadá y Groenlandia. Indirectamente, maneja como suyos los recursos monetarios obtenidos por los países petroleros, recursos depositados en dólares en su sistema bancario y financiero. De esa manera, puede disponerles en qué, cómo, cuándo y para qué invertirlos, lo que los convierte, de hecho, en protectorados y los obliga a ser consumidores de las mercancías que producen sus empresas, ahora protegidas con la política del alza de los aranceles.
Esa política, además de que potencia el despliegue del conflicto militar a gran escala que está impulsando, le sirve para reactivar el poderoso complejo militar-industrial estadounidense, que es una red de corporaciones, organismos estatales y actores políticos que impulsan la hegemonía militar de Estados Unidos desde la Segunda Guerra Mundial.
En ese contexto, se propone dar al traste con las mismas políticas socioeconómicas del modelo neoliberal y con las instituciones internacionales que se instauraron en la posguerra para garantizar la convivencia pacífica entre los países. En su orden, inicia el aumento indiscriminado, exorbitante y sin acuerdo alguno de los aranceles establecidos -en el marco del modelo neoliberal- con los países firmantes de los tratados del libre comercio (TLC) e implementa políticas nacionalistas protectoras y de subsidios para sus empresas y corporaciones.
Esas políticas se acompañan con acciones contra la inmigración sobre la base de argumentar que esa población inmigrante hace que se reduzca el número de horas que trabajan sus adolescentes nativos y el sueldo de los trabajadores nacidos en el país que no terminaron la enseñanza secundaria; además, el gobierno de Trump considera a las personas inmigrantes como terroristas o culpables del empeoramiento de sus instituciones económicas y políticas, en fin, los causantes de que se frene el crecimiento económico el mismo sueño americano.
No sobra ilustrar que el modelo neoliberal, puesto en entredicho por la administración trumpista, había despuntado en los años setenta para reemplazar al modelo keynesiano que se había erigido después de la Segunda Guerra Mundial para enfrentar la crisis del modelo capitalista liberal clásico. El keynesianismo priorizaba el papel de los Estados en la actividad socioeconómica de las naciones por medio de la planeación, mientras los modelos liberal y neoliberal la dejaban en manos del libre mercado y de la mano bien visible de sus agentes: los empresarios privados y sus corporaciones nacionales y transnacionales.
Llama la atención que, entonces, en la transición del modelo liberal al keynesiano emergieran los regímenes fascistas en Alemania, Italia y España y el stalinista estatista en la Unión Soviética. Son fascismos que renacen en la actualidad en consonancia con la crisis del modelo neoliberal, al mando de gobiernos autoritarios y del dominio socioeconómico a nivel mundial de las corporaciones transnacionales, entre ellas, las petroleras.
De otra parte, Trump se propone retirar a Estados Unidos de 66 organizaciones internacionales a las que considera “derrochadoras, ineficaces o perjudiciales”, así como de convenciones y tratados internacionales “contrarios a los intereses” del país norteamericano, que “buscan restringir la soberanía estadounidense”.
Entre las primeras de esas organizaciones internacionales, se destacan la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (UNFCCC), el Fondo de Población de la ONU (UNFPA) y el Programa de las Naciones Unidas para los Asentamientos Humanos (UN‑Hábitat). En el caso de las segundas, el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC), la Agencia Internacional de Energía Renovable (IRENA) y el Foro Mundial sobre Migración y Desarrollo. En este grupo, más recientemente, se hizo el lanzamiento de una campaña diplomática para desmantelar la Corte Penal Internacional (CPI).
Todo lo anterior lo hizo Trump con el fin de quedar con las manos libres para obrar a discreción y, así, no verse obligado a rendir cuentas ante el mundo por los efectos degradantes y los costos en vidas humanas que contraiga la implementación de sus políticas. Lo cierto es que esas medidas de rancio proteccionismo -ahora, neo-imperial- no se corresponden con la lógica de un nuevo modelo socioeconómico consensuado con los demás países y, como sus intelectuales no han sido capaces de diseñar uno que lo reemplace, Trump se encuentra dando improvisados “palos de ciego”.
De eso se desprende, de una parte, como se anticipó, la franca clausura del modelo socioeconómico neoliberal; de otra, la pretendida vuelta al pasado y, finalmente, los días contados para sus pretensiones, las de Trump, de ser reelegido, pues, tendrá su prueba de fuego en las elecciones parlamentarias en el próximo mes de noviembre: como no se había visto en la historia política de los Estados Unidos, repuntan los candidatos de corte socialista, descendientes de inmigrantes.
Mientras tanto, Asia, en particular, China, prosigue en el despliegue de sus posibilidades, potenciadas en su milenaria historia y en su mirada de mediano y largo plazo, acompasadas con los factores que se corresponden con la nueva época civilizatoria. Allí se incrementan la producción y el uso de energías alternativas y limpias y, con ellas, se da preeminencia a la ciencia y a la tecnología sustentada en la inteligencia artificial y en la robótica, con todo lo que ello implica.
América Latina se convierte, a la vez, en el escenario definitorio de toda América de la situación estadounidense antes escrita. El presidente Trump la vuelve a considerar como su patio trasero, remozando la vieja política de la doctrina Monroe de 1823, América para los americanos, en su versión de Escudo de las Américas que anunció en marzo de 2026. Lo hizo como una iniciativa multinacional de cooperación militar y de seguridad regional, justificada en la lucha contra el narcotráfico y el crimen organizado en estos países, pero, con el objetivo evidente de apoderarse de su recurso petrolero y de los demás recursos requeridos para el renacimiento de la grandeza estadounidense. Eso se ilustró en la invasión a Venezuela en enero de 2026 y en el rapto de facto de su mandatario en funciones Nicolás Maduro.
Su propósito se acompaña con la instauración en la región de regímenes políticos cipayos, que rememoran los autoritarios y patrimonialistas, propios de las republiquetas bananeras de los siglos XIX y XX. Se trataba de formas de Estado de países pobres, atrasados y corruptos, gobernados por dictadores legitimados de manera fraudulenta y sometidos a la hegemonía de una empresa extranjera, que los sobornaba o los supeditaba al ejercicio de su poder financiero. Los mandatarios, por lo general, no respetaban ni leyes, ni regla alguna y consideraban una virtud birlarlas, mientras que cumplirlas no era valorado socialmente.
Pero, esta vez, o son elegidos en franca lid electoral o impuestos por medio de procesos electorales fraudulentos o amañados para su reelección, al tiempo que lustrados con la renacida ideología fascista, con sectarias creencias religiosas y valores libertarios neoliberales distópicos y bajo la tutela o amparo de la administración estadounidense. De esa manera emergen Nayib Bukele, en el Salvador (2019); Javier Milei, en Argentina, Daniel Noboa, en Ecuador (2023), Rodrigo Paz, en Bolivia, José Antonio Kast, en Chile (2025), Nasry Asfura, en Honduras, Niko Fujimori, en Perú y Abelardo de la Espriella, en Colombia (2026).
De otro lado Brasil y México, los países más grandes de la región en términos socioeconómicos, demográficos y territoriales, se constituyen en el palo en la rueda del propósito de Trump.
Brasil es miembro de los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica), una asociación económico-comercial de las cinco economías nacionales emergentes desde 2000 y ubicadas en cuatro puntos continentales estratégicos; posicionada como un espacio internacional alternativo al G7 (creado en 1975), conformado por las siete principales economías avanzadas del mundo: Alemania, Canadá, Estados Unidos, Francia, Italia, Japón y Reino Unido, que coordinaban, desde entonces, las políticas socioeconómicas globales.
Entre tanto, México, como su vecino incómodo, obra como punta de lanza en la defensa de su soberanía y de la dignidad latinoamericana. Los dos, Brasil y México, cuentan en su haber con instituciones socioeconómicas, de una parte, híbridas al combinar elementos del libre mercado con un significativo papel keynesiano del Estado en su conducción y, de otra, sustentadas en el recurso petrolero, que, sin desconocer la existencia de los nuevos factores civilizatorios son cautos en su despliegue, dados los precarios estados socioeconómicos dependientes heredados.
La situación tiene, igualmente, su pulso político en las elecciones presidenciales de octubre en Brasil.
Matrioskas colombianas
Colombia, encunada en las anteriores transiciones civilizatoria y neoliberal en crisis, camina por las propias transiciones, la del viejo régimen frentenacionalista y la del proceso de paz.
- Matrioska frentenacionalista
Por sus características y su larga historia, el régimen frentenacionalista genera el conflicto centenario de la violencia que caracteriza al país en su historia republicana. En su periodo contemporáneo gatilló al actor más reciente: la insurgencia guerrillera.
Más allá de las formalidades jurídicas, el conocido, oficialmente, como Frente Nacional (nacido 1958 y terminado en 1974), desborda histórica y políticamente, hacia atrás y hacia adelante, esa consideración periódica. Este Frente Nacional se definió como una coalición política que se concretó en 1958 entre el Partido Liberal y el Partido Conservador, pero, sus orígenes los encontramos en el siglo XIX, cuando por primera vez en la historia del país Liberales Radicales y Conservadores -enfrascados entonces en el conflicto armado de 1851-, se coligaron en 1854 para derrocar al general indígena José María Melo.
Dicha situación vuelve a emerger cien años después, en 1956, cuando el Partido Liberal y conservadores laureanistas -trenzados desde antes de 1948 en la violencia bipartidista-, luego de avalar un golpe de Estado (1953), constituyen un “Frente Civil” para desmontar la misma dictadura por ellos avalada del general Gustavo Rojas Pinilla. Acto seguido establecen, formalmente, el régimen frentenacionalista (1958), hegemonizado por un sistema de gobierno bipartidista en el que sus dos facciones, la liberal y la conservadora, se alternarán en forma exclusiva el poder gubernamental y su administración, formalmente, por 16 años.
Ese régimen tenía como marco dos aspectos del orden internacional:
– El auge del modelo keynesiano adoptado como cepalino para América Latina y que se caracterizó por promover la modernización de la región de mano de los estados.
– La denominada Guerra Fría (1947 – 1991) entre Estados Unidos y la Unión Soviética, al amparo en América Latina de la doctrina estadounidense de la Seguridad Nacional y su anticubano programa de ayuda económica, política y social Alianza para el Progreso (1961-1970).
El acuerdo frentenacionalista comenzó a aplicarse en 1958 con la elección del liberal Alberto Lleras Camargo. Lo que se puede considerar su onda corta jurídica va hasta 1974, pero, tiene, también, una onda larga político-administrativa, que va hasta 1994, año en el que es elegido como alcalde de Bogotá -en el contexto de la promulgación, en 1991, de una nueva Constitución Política en el país- Antanas Mockus, quien se lanzó a la contienda electoral como un candidato independiente. El ser elegido alguien que no representaba a los partidos tradicionales significa, de hecho, la primera derrota electoral del bipartidismo liberal-conservador en la historia del país y la apertura de un proceso de transición que conduce a su clausura.
El régimen se caracterizó por un recurrente proceso de acomodación de elementos modernos en el seno de prácticas tradicionales hacendatarias heredadas de la época misma de la Colonia. A ese proceso lo acompañó una situación de déficit de gobernabilidad, enganchada con el clientelismo asociado a la corrupción y con la exclusión.
El clientelismo se entiende como la apropiación privada de recursos oficiales con fines políticos y se ejerce por medio de una red de relaciones que se dan entre un patrón y un cliente, que regulan las relaciones políticas de la sociedad. Alrededor del clientelismo se teje la corrupción en sus más diversas versiones: interrelacionada con las deficiencias del carácter contractual del Estado, al no poder suplir las demandas sociales, ni absorber sus variados conflictos. Un factor crucial es que antes de 1958 la corrupción era un ingrediente del régimen y, desde entonces, es su principal nervio institucional.
De otra parte, al tiempo que el régimen frentenacionalista despreciaba la democracia, activaba la vida política del país por medio de la exclusión proscribiendo, legalmente, a la oposición. Para ello, argumentaba estar luchando contra el comunismo y contra toda movilización o protesta porque eran actos subversivos dirigidos a desestabilizar las instituciones; por tanto, se les podía dar un tratamiento de orden público. De ahí, el famoso aforismo de la historia política del país de que fuera más fácil crear una guerrilla que fundar un partido político.
De hecho, a propósito de la exclusión de campesinos liberales de la reforma agraria de Alfonso López Pumarejo propuesta en 1936 se originaron las guerrillas liberales, que llegaron a ser, en 1964, las guerrilla Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). Por la disidencia del Movimiento Revolucionario Liberal (MRL), opuesto al pacto frentenacionalista, y la posterior vuelta de su fundador Alfonso López Michelsen al redil bipartidista, se potencia la aparición del Ejército de Liberación Nacional (ELN). Finalmente, por el fraude electoral de 1970 contra el general Gustavo Rojas Pinilla, se habilita la emergencia del Movimiento 19 de Abril (M-19). Estos son los tres grupos armados insurgentes más significativos.
Sin embargo, no solo se trató de la exclusión política: también hubo exclusiones económica, social, regional, étnico-cultural, de género y generacionales, pues, los beneficios de sus planes socioeconómicos se concentraron en las corporaciones y en las entidades privadas, de modo que quedaba por fuera la mayoría de la población; eso abonó, al lado de la crisis generada por la ruptura del pacto internacional cafetero (1989), la emergencia del narcotráfico y de los grupos paramilitares, -como las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC)-, que van a operar, en contubernio con las Fuerzas Armadas del Estado, para eliminar física y simbólicamente todo tipo de oposición al régimen y de diferencia política e ideológica.
El régimen político en cuestión se enmarca ahora en la implementación del modelo neoliberal mediante el denominado recetario del Consenso de Washington (1989), centrado, en términos socioeconómicos, en la estabilización macroeconómica, la liberalización del comercio, la reducción del gasto público y la promoción de la inversión privada a costa de la pública. Institucionalmente, esa situación encuentra las condiciones de su consolidación en la política de Seguridad Democrática que, en términos de gobernabilidad, se convierte en un régimen político al copar 20 años de vigencia de manera consecutiva, con los dos gobiernos de Álvaro Uribe Vélez (2000-2010), los dos de Juan Manuel Santos (2010-2018) -reelegidos anticonstitucionalmente- y uno de Iván Duque (2018-2022).
Se trata de un régimen híbrido, por cuanto mantiene las creencias, intereses, valores y expectativas características del notablato y constelaciones de la élite liberal-conservadora tradicional del Frente Nacional en relevo, coligadas con las creencias, intereses, valores y expectativas de los emergentes del narcotráfico, en medio de las disputas y tensiones de sus líderes Juan Manuel Santos y Álvaro Uribe.
Ese régimen y esas políticas se pausaron con la elección de Gustavo Petro (2022-2026) y con sus propuestas socioeconómicas progresistas de corte neokeynesiano, pero, volvieron a escena con la elección de Abelardo de la Espriella (2026-2030) y su propuesta de la Colombia milagro.
De esa manera, nos encontramos en medio de un campo variado de tensiones que mantiene en veremos la consolidación de la transición del viejo régimen frentenacionalista y de su versión actualizada de la Seguridad Democrática, en uno nuevo requerido; ese régimen viejo y la versión actualizada en mención se anidan, a la vez, en los bemoles propios de las matrioska antes descritas de la nueva época transmoderna y del modelo neoliberal.
4. La matrioska de la paz
El Frente Nacional y la insurgencia guerrillera se identifican como el haz y el envés de la hoja política de la historia transcurrida desde los pasados años sesenta en Colombia. Al igual, son funcionales entre sí, pues, aunque cumplen roles distintos, son complementarios: mutuamente, se justifican, convalidan su vigencia y proclaman la justeza y vigencia histórica de sus razones.
Es significativo que en las recientes elecciones presidenciales de 2026 ganara adeptos el que sigue enarbolando la consigna en contra del comunismo, la de acabar con la insurgencia activa y proseguir con hacer trizas el Acuerdo de Paz de 2016. Es, también, revelador el hecho de que, junto a la intervención de las tropas estadounidenses en el continente, se oxigena la crítica de los actores armados contra el establecimiento. En conjunto, con ello se mantiene activo el conflicto en los próximos cuatro años y, porque no, se acumulan hasta 2050 los cien de soledad correspondientes a la paz.
Como ya se dijo, el surgimiento en los años sesenta de las guerrillas izquierdistas de las FARC, el ELN, el EPL y el M-19 se corresponde con el carácter político y socioeconómico excluyente del régimen frentenacionalista bipartidista -confeccionado a la sombra del keynesianismo cepalino- y con el impacto de la revolución cubana. De igual manera, los procesos de paz despuntados en los pasados años ochenta tienen de contexto la aplicación del modelo neoliberal, la implosión de la Unión Soviética y la crisis del socialismo real, En este recorrido, hubo un punto crucial a finales de 2016: la firma del Acuerdo final para la terminación del conflicto y la construcción de una paz estable y duradera entre las FARC y el Estado colombiano, en cabeza del presidente Santos, en un momento en que el modelo neoliberal había entrado en crisis.
En términos capitalistas, el país no se había modernizado con ninguno de los recetarios socioeconómicos de los dos modelos implementados: el keynesiano (cepalino) y el neoliberal. Los alcances logrados, propios de una “modernización a medias sin modernidad”, se nutrían en el neoliberal, en buena medida, con las bonanzas propiciadas por el narcotráfico, de lo que brotó una burguesía advenediza para acompañar a la tradicional burguesía notable y, también, para disputarle el poder. Igual, se mantuvo aumentada la concentración de la riqueza y la exclusión sociopolítica del régimen, al tiempo que se filtraba la corrupción por todas las instituciones políticas y sociales. Esto puso al conflicto en otros términos, con la aparición de los nuevos actores paramilitares.
El acuerdo frentenacionalista de 1958 había supeditado las Fuerzas Armadas al poder civil y fortalecido el carácter presidencialista del régimen, lo que explica, en buena parte, la estabilidad institucional del sistema político. Pero, esas Fuerzas Armadas se mantenían, también, sometidas a la Doctrina Monroe de América para los americanos y a su política de Seguridad Nacional que, en el marco de la Guerra Fría, se centraba en la lucha contra el comunismo. Dicha política, a raíz del ataque a las Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001, se actualizó en el nuevo siglo, ahora, en contra de lo que se comenzó a llamar como terrorismo.
Pues bien, ese anticomunismo y ese anterrorismo se constituyeron, desde entonces, en el país en el híbrido significante del proceso de guerra y paz del régimen de Seguridad Democrática inaugurado por el presidente Álvaro Uribe en 2002. Ese híbrido siguió alimentado con los presidentes Juan Manuel Santos e Iván Duque; luego, se pausó en el gobierno de Gustavo Petro, pero que se reencauchó con el recién elegido gobierno de Abelardo de la Espriella.
En ese marco, el proceso de paz entre Santos y las FARC, que llenó de expectativas e ilusiones a buena parte de la comunidad nacional, latinoamericana y mundial -cuyos principales logros fueron el desarme del grueso de esa guerrilla y el premio Nobel-, tuvo su prueba de fuego en el famoso plebiscito de octubre de 2016. El resultado en contra del acuerdo oxigenó a los enemigos de la paz y se constituyó, desde entonces, en su significante para apostarle al mantenimiento de la violencia centenaria y que, por lo visto, seguirá campeando en el país, por lo menos, en el próximo cuatrienio.
Sin embargo, en perspectiva, lo más significativo de ese plebiscito ha sido la ampliación de la fisura entre los sectores dominantes del establecimiento del país, cuyas diferencias personalizan Juan Manuel Santos, Álvaro Uribe y Abelardo de la Espriella. Este último pretende, a raíz de su elección, terciar en la disputa por su liderazgo.
En lo que respecta al gobierno de la Colombia Humana de Gustavo Petro, este propuso una política de Paz Total al ampliar el espectro de los actores de la violencia. Este espectro incluyó a los que la ejercían su accionar en los sectores urbanos. Al final, quedó en una buena intención y en espera de las condiciones propicias. Con respecto a lo hecho alrededor del Acuerdo con las Farc -congelado por su antecesor Iván Duque-, Petro los reinicia haciendo avances en cada uno de los seis puntos acordados, sin alcanzar en el tiempo transcurrido los resultados propuestos. Dadas las condiciones del nuevo gobierno en ciernes, estarán lejos de cumplirse en su totalidad en 2030, según lo acordado.
Acerca de lo sucedido con el ELN y las denominadas Disidencias, el proceso se veía entrampado desde su inicio en un dilema perverso, pues, ambos jugadores, guerrilla y gobierno, perderían con cara o con sello, es decir, negociando o manteniéndose en guerra. La razón es que, desde el inicio mismo del gobierno no había garantía de que se perfilara la consolidación de un régimen progresista o democrático radical que diera al traste con el de la Seguridad Democrática dominante, salvo el optimismo dimensionado de Petro y el deseo de los poderes del establecimiento por desarmar a los subversivos remanentes sin mayor costo. Rebeldes que, además, no encuentran mayor aliciente en el proceso truncado y entrampado, en que se encuentran los acuerdos firmados por las Farc.
En fin, una situación dilemática, tan común en las vidas cotidianas e históricas de los pueblos, que se termina resolviendo con el desarrollo de los mismos procesos, independientemente de la voluntad de los actores: ella obra con fuerza objetiva. Es una característica afín con las relaciones de poder que, sabemos, nos disponen “a esperar lo inesperado” o a dar cuenta de“los súbitos saltos de liebre”que distinguen, precisamente, a las coyunturas de excepción y cuya resolución requiere del oficio de la genialidad política teórica y práctica, tanto individual como colectiva.
Conclusiones en modo prospectivo
Caracteriza el momento actual del país la trampa de Tucídides a raíz de los conflictos entretejidos de las cuatro matrioskas transicionales: la matrioska civilizatoria, la del modelo socioeconómico, la del régimen político y la de los procesos de paz, y en las que poderes emergentes amenazan con desplazar a los establecidos.
Al ser transiciones de orden orgánico o sistémico, los cambios a darse en el mediano y en el largo plazo, tienen carácter inexorable: es decir, son objetivos: si bien son matizados por la acción humana, discurren independientes de su voluntad. Además, y por esa razón, las condiciones históricas se ponen a favor de los emergentes en ciernes y en contra de los establecidos en relevo.
En procura de mantener vigente el poder establecido, los actores que lo defienden acuden al pasado para refundarlo, pero, al decir de Don Quijote, “segundas partes nunca fueron buenas” y, la misma flecha histórica del tiempo es irreversible. Así que, sus pretensiones se ven abocadas a una situación distópica, mantenida por las limitaciones que comportan los emergentes para diseñar las nuevas, exigidas por y para consolidar la o las transiciones.
En esa óptica, consideramos que, en la transición civilizatoria por la que transcurrimos, las dicotomías conceptuales características del pensamiento religioso, científico y ético occidental de la época moderna en clausura, han entrado en un cuestionamiento crítico, debido al reconocimiento del carácter complejo, sistémico, relativo y diverso que se reconoce en la realidad. De ahí que, en relación con la política, las dicotomías y disputas hegemónicas entre izquierda y derecha, Estado o mercado, guerra y paz, capitalismo y socialismo o comunismo etc., requieren su redefinición en el marco de la nueva época Transmoderna en ciernes.
Sabemos que las formaciones socioconómicas modernas capitalistas y socialistas reales, como las demás dicotomías mencionadas y afines a ellas, se corresponden con los respectivos giros civilizatorios que, en el siglo XVII, le dieron origen a la época moderna y que sus actores dominantes han escenificado.
Para Colombia, la convivencia en paz representa una situación utópica, lo que no significa que se acaben las diferencias, oposiciones y contradicciones mismas -que son, de por sí, condición sine qua non de nuestra especie-. El asunto es si se sigue manteniendo la categoría antagonismo, en la que, además de eliminarse la palabra, se despoja y se viola, por la vía de las armas, la vida de los cuerpos. El objetivo de la convivencia en paz requiere de las condiciones socioeconómicas generalizadas de equidad y bienestar que lo hagan posible. Unas y otras, negadas por el sistema en clausura y, de hecho, constituidas en reto para el que lo remplace. Situación colombiana que, en el marco de la nueva época civilizatoria, le permita a nuestra especie constituirse como humanidad, solo posible por la capacidad ética y moral de obrarla por cuenta propia como la Gran Utopía.


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