
Francisco Cepeda López
Profesor y músico
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Voy un tanto distraído viajando en taxi a cumplir una cita médica y, en un giro de la vía, aparece una inmensa valla de esas de “publicidad política pagada”. Llama la atención el mensaje-consigna promocional “por un país más grande” y la imagen de quienes lo pregonan: Paloma y Oviedo.
En principio, el mensaje suena trivial, pues es recurrente escucharlo cada vez que se anticipan eventos electorales pero, mirado en detalle, expresa una manera de atraer borregos en esas mismas ocasiones. En ese rapto surgen preguntas: ¿Más grande que cuál otra cosa?; ¿más grande comparado con qué, con cuál otro país?
Reviso entonces mi diccionario buscando “grandeza”, para ver cuál acepción se ajusta más a tal pregón. La grandeza se define como la cualidad de lo que es grande en tamaño, intensidad o importancia. Puede referirse tanto a magnitudes físicas como a la excelencia moral, nobleza de espíritu, o al prestigio y superioridad de una persona, un colectivo o un objeto, en un campo determinado.
En tratándose del tamaño, veo que no es posible, a menos que recurriéramos al estilo estadounidense de apropiar territorios a la fuerza, así se lo propusieran las aves mencionadas. (Bueno, aquí me entra duda: ¿querrán apropiarse de Venezuela?, ¿de Ecuador?, ¿de otro territorio vecino? Según cómo son y quiénes los respaldan, no debería extrañar.)
En cuanto al prestigio de personas o colectivos, -si fuera yo- no lo reclamaría pues Uribes, uribitos, hasta “tigresitos” son poca cosa desde la perspectiva ética y, desde el abordaje cultural, ya han mostrado dientes, garras y aromas fétidos en demasía como para imaginar “grandeza” en ellos.
Finalmente, en el caso de la “nobleza de espíritu”, me remito a las propuestas del candidato al que acompaño; su decencia no tiene comparación con el espíritu gamberro y ramplón de la paloma y el tigre con el que algunos sujetos puedan identificarse. (Recuerdo aquí la acogida que tuvo hace unos años la “lista de los decentes”: todavía la decencia atrae y convoca.)
Lo que esconde -para mí- la propuesta de “más grande”, es el reforzamiento de la predadora noción marginalista contemporánea de crecimiento económico ad infinitum, para que los cortesanos colonialistas de nuevo cuño, de la cual forman parte, continúen viviendo de unas condiciones iniciadas -tal vez- hace algo más de un siglo, si el “big brother” del norte se los permite. El reciente fallecimiento de uno de esos virreyezuelos, lo muestra de cuerpo entero.
ESA NO ES LA GRANDEZA A LA CUAL ASPIRAMOS. La nuestra apunta a ser grandes en la defensa de la paz y la vida, en la superación de la dicotomía Estado-mercado, mediante el rescate de la dimensión de lo público, espacio hoy invadido por la esfera de lo privado mercaderil y la recuperación de las condiciones de un Estado fuerte con capacidad para organizar la sociedad y proporcionar los servicios y los bienes públicos que esa sociedad requiere y a los cuales aspira.
Grandeza en el reconocimiento de nuestra naturaleza mestiza, pluriétnica y multicultural que, más allá de los enunciados, ensanche la inclusión para la construcción de la equidad y la igualdad esperadas desde el comienzo de la construcción de nuestra República y asumidas por las fuerzas progresistas en esta contienda político-electoral en el acuerdo que expresa la Alianza por la Vida.
Paz, Verdad y Justicia: Enfocado en la implementación de la paz con un enfoque integral que incluye la justicia transicional y la memoria, más allá de la seguridad tradicional.
Justicia Ambiental y Territorio: La naturaleza es vista como sujeto de derechos y base de la vida, priorizando la agroecología, la soberanía alimentaria y el fortalecimiento campesino, reconocidos en el análisis de la Alianza Verde al vincularse a la Alianza por la Vida.
Democratización Económica y Social: Busca la transformación del modelo productivo hacia una potencia agroalimentaria, junto con el fortalecimiento del trabajo, salud, educación y la democratización de la tierra.
Revolución Ética y Participación Ciudadana: Propone una «revolución ética» para combatir la corrupción y reconstruir la moral pública, incentivando la participación activa de la ciudadanía y las regiones en la política, según documentos del Pacto Histórico.
Tal es la grandeza que nos anima, una que busca legitimar, en términos de expectativas institucionalizadas y actitudes internalizadas, que nos permita ser “el occidente del occidente”. Por la vía que sea, hemos apropiado una noción en mucho ajena, de cultura eurocéntrica y su noción de democracia como aspiración permanente. Como toda América Latina, hemos incorporado en nuestro quehacer mecanismos para originar y absorber un “flujo de cambio continuo” con pretensiones modernizantes, incluidas las formas de gobierno, en ambientes de crecimiento urbano y búsqueda de desarrollo industrial.
Pero Colombia ha caminado por el filo de una navaja donde los logros modernizantes han caminado de la mano de ensayos autoritarios bajo la jactancia de ser la “democracia más antigua de América Latina”. Sí; democracia queriendo parecerse a los modelos ideales weberianos de burocracias consolidadas y elecciones cada cuatro años, pero replicando toda suerte de prácticas cortesanas en el orden regional y nacional, que los aspirantes de marras a la presidencia esgrimen como la nación “más grande” para que siga igual su democracia de bolsillo.
No quiero que nos parezcamos a nadie. Prefiero un país de nuestra talla.
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