
Felipe Polanía
Educador Artístico y Mediador Cultural
Viviendo en Zurich, en condición de exilio
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El 23 de septiembre, el presidente Abelardo de la Espriella participó en una operación contra el microtráfico en el centro de la ciudad de Cali. La puesta en escena alcanzó su clímax mediático cuando, con todo su ajuar de guerrero, enfrentó a un detenido, lo miró a los ojos y dijo: «Creía que podía desafiar al Estado, bienvenido a la patria milagro». Luego se dio la vuelta y abandonó el escenario, dando por terminada su intervención. En ese momento, la cámara hace un paneo hacia el detenido: un hombre de mediana edad, tez morena, barba grisácea, cabello ensortijado casi al ras y camiseta de la selección Colombia. El presunto dealer mira desconcertado al presidente vestido de guerrero, como si no entendiera lo que sale de aquella boca bordeada por una barba cuidadosamente delineada. La escena está impecablemente ejecutada. Nunca mejor dicho: pelea de tigre con burro amarrado.
Dos días más tarde, durante la extradición de Geovany Andrés Rojas, comandante de los Comandos de Frontera, conocido como Araña, el presidente escenificó su entrega a agentes de la DEA en la base aérea de Malambo. Frente a un hombre de cuello ancho y papada abundante, con overol marrón de prisionero, encadenado de pies y manos y rodeado de militares colombianos y agentes de Interpol, De la Espriella eleva repetidamente su pequeño cuerpo erguido sobre las puntas de los pies. Señala desafiante con los índices, estirando y contrayendo los brazos hacia delante y hacia los lados. Lo llama alimaña, bandido, miserable, narcoterrorista, secuestrador, salvaje y criminal. Afirma ver miedo y terror en sus ojos y ordena: «Interpol, proceda». Enseguida detiene la acción y vuelve a dirigirse al preso, con el índice extendido y el ceño fruncido detrás de los lentes de sol: «Araña, ¡bienvenido a la patria milagro!».
Una semana más tarde, en un evento televisado desde la localidad de Coveñas, en el departamento de Sucre, el presidente advierte al alcalde de Sincelejo, Yahir Acuña, que no le dejará robarse un centavo del dinero estatal. El dedo índice vuelve a señalar sin pausa mientras grita amenazante: «Se lo digo de frente, no voy a dejar que toque esa plata». La cámara muestra a un alcalde callado y concentrado en la escucha, de alguna forma atemorizado.
De la Espriella persiste en escenificar la humillación de sus oponentes: el pequeño dealer de una olla, el jefe de una banda narcotraficante o el político presentado como corrupto. Poco importa quién sea el humillado; importa representar a un guerrero justiciero, inmisericorde frente al mal. Para completar el personaje, los libretistas de la patria milagro han confeccionado un ensamblaje religioso que sostiene y vehicula su discurso. Por eso, en cada escenificación resulta indispensable el grito de «¡Viva Cristo Rey!».
Tal vez la inspiración para esta performance provenga del gobierno israelí, uno de los grandes aliados del actual gobierno. Su ministro de Seguridad Nacional, Itamar Ben-Gvir, del partido de extrema derecha Poder Judío, se ha exhibido durante los últimos dos años humillando a prisioneros y prisioneras palestinas, entre ellos al carismático líder de la resistencia palestina Marwan Barghouti, así como a activistas de la flotilla humanitaria Global Sumud, detenidos por tropas israelíes cuando intentaban llevar ayuda por mar a la Franja de Gaza. En al menos ocho apariciones públicas durante el último año, Ben-Gvir ha humillado personalmente a personas detenidas, o ha aprobado expresamente su trato humillante. Ben-Gvir predica la pena de muerte por ahorcamiento para los y las palestinas. Recientemente ha afirmado: «Creo que se deberían llevar a cabo asesinatos selectivos en Gaza, eliminar cada noche a 30 o 40 (personas). No solo a quienes nos ponen en peligro en este momento. No. Hay personas allí que no merecen vivir, y ya es un cumplido que las llame personas».
Humillar significa colocar a alguien por debajo, menoscabar su dignidad, degradar, despreciar, deshonrar, someter, pisotear. Para Ben-Gvir, humillar es reafirmar su poder. La humillación pública de los presos escenifica su capacidad de actuar como protector frente al enemigo declarado y reafirma el supuesto mandato divino de defender al pueblo judío. Entendida como cumplimiento de la voluntad divina, se genera una inmunidad psicológica y ética frente al sufrimiento del adversario y justifica el desprecio por las normas morales y las obligaciones internacionales en materia de derechos humanos.
En Colombia, Abelardo de la Espriella también predica el evangelio de la humillación: camina entre cadáveres empacados en bolsas blancas y amenaza a los grupos armados ilegales con esas mismas bolsas. La puesta en escena es inequívoca: el justiciero cumple un mandato sagrado.
No creo que De la Espriella sea un devoto. En algunas imágenes incluso parece santiguarse de manera equivocada. Tampoco creo que estas humillaciones sean solo producto de la arrogancia de quien tiene poder, por el contrario, son un camino para acceder al poder absoluto. Sus libretistas construyen una puesta en escena al gusto de la vocación camandulera y el corazón paramilitar de una parte significativa de la población colombiana. Se trata de hacer de Abelardo un destino inexorable, investir su nombre de autoridad divina. Para encarnar al varón de la guerra escogido por Dios, Abelardo debe mostrarse implacable con el mal, exento de las obligaciones de la moral humana y redimido por voluntad divina.
Por eso seguirá gritando «¡Viva Cristo Rey!» al escenificar victorias militares y humillando a sus adversarios políticos y a los prisioneros. Solo humillando a quienes encarnan el mal en su discurso probará su condición de guerrero celestial.
P. D.: Los libretistas de Abelardo no deberían confiar demasiado en esta estrategia. En el país del corte franela, el corte corbata, las caballerizas de Usaquén, los hornos crematorios, los falsos positivos y tantas otras barbaridades, no es fácil impresionar con violencia.


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