
José Aristizábal García
investigador social, escritor, activista, autor de varios libros, entre ellos Amor y política (2015), Amor, poder, comunidad (2024) y La revolución del amor, próximo a aparecer.
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Se habla mucho de la batalla cultural pero poco sobre el relato y las prácticas para ganarla.
Muchas veces, en las conversaciones usuales, en un transporte público, entre vecinos, en las redes sociales u otros espacios, con personas sencillas que defienden a Abelardo y la ultraderecha, se les responde con simples consignas o la misma jerga confrontativa de siempre que ya no le dicen nada a la gente.
O con igual rabia con la que ellas lo hacen, dejando de lado lo propositivo y cayendo en el estilo contestario del anti y del contra, incluso en otros insultos o descalificaciones. Simple contraataque reactivo y simétrico que no argumenta ni levanta otras emociones: rabia contra rabia; ofensa contra ofensa. Como desde otra burbuja que se cree tener la otra verdad. En el fondo, el mismo lenguaje, donde ellas llevan todas las de ganar.
Es el reflejo de las broncas y zafarranchos que menudean en el Congreso y entre los dirigentes políticos en pueblos y capitales.
No se trata de silenciarnos, pero tampoco de gritar más duro o ser más agresivos. Si tratamos al otro/otra como una persona, un interlocutor válido y lo escuchamos con atención y le respondemos argumentativamente, con la palabra justa y la conducta congruente, quizás tendremos más posibilidades de abrir una conversación, un diálogo, no para ganarle y vencerlo, pero sí introducirle alguna duda o motivarlo a que se piense con la propia cabeza.
A partir del período de gobierno anterior, la izquierda ha introducido algunos discursos nuevos y valiosos en el debate público. Sin embargo, sigue predominando un discurso que se queda en las reivindicaciones inmediatas, las que se creen “posibles” dentro del mismo Estado. Esto ocurre, mientras que las grandes movilizaciones, los estallidos y los movimientos sociales han ido más allá reclamando reformas profundas que remuevan el orden económico-social. “No queremos ser incluidos en el sistema, sino cambiarlo”, proclamaban los muchachos y muchachas en Cali. Y, además, es un discurso que se la juega todo a lo electoral y a las leyes que se podrían lograr en el parlamento; por tanto, necesariamente cortoplacista.
Pero la batalla cultural no puede ser solo discursos. Ella tiene que plasmarse en hechos concretos, en otras economías populares y comunitarias, en cooperativas autogestionarias, en producciones artísticas y culturales, medios de comunicación alternativos, realizaciones de la educación popular, ollas comunes, bibliotecas, cine clubes, nuevas instituciones barriales y populares que resuelvan las necesidades de la gente y en las cuales se palpe la construcción de un poder colectivo, autónomo, distinto a los poderes de dominación del Estado. Plasmarse en ejemplos o referentes, bases de apoyo o baluartes, que se puedan ver y tocar, expuestos a la vista de las grandes mayorías y de los que se hable ampliamente.
Y eso solo se logra yendo a trabajar con la gente en sus barrios y lugares de trabajo y construyendo con ellos esas otras formas duraderas de un poder colectivo. Esto es lo que permitirá una estrategia para transformar la movilización popular en poderes duraderos. Porque la resistencia y la movilización siempre van a estar ahí. El arte, lo que necesitamos resolver, es cómo volverlas poder popular robusto y perdurable.
Lo electoral es un brazo muy importante e indispensable, pero no suficiente. Porque la única vara de medir resultados políticos no puede ser la cantidad de votos en los procesos electorales; también hay que mirar los niveles de conciencia y de organización. Porque colocar algunas leyes o propuestas de ley, como los grandes objetivos a lograr, tiene el problema de que luego se pueden derogar, neutralizar o hacer inocuas. Y tampoco basta la alternancia.
Es imprescindible el trabajo de base, o trabajo de hormiga, con los sectores populares como el que hacíamos en los años sesenta y setenta y ahora sólo lo practican los evangélicos. Millones de personas se han vuelto apolíticas y abstencionistas porque ninguna de las políticas puestas en escena las hace ilusionar con otro tipo de sociedad, otras formas de convivir, distintas al poder de dominación del Estado.
La organización de un partido, por grande que sea, nunca puede reemplazar los infinitos procesos de autoorganización que se producen entre la gente que diariamente está trabajando y luchando por sobrevivir. Es de estos microprocesos autoorganizativos de donde brotan los afectos, el pegante y la fuerza de la movilización popular.
De lo anterior se deriva, entonces, que la batalla cultural también nos tiene que hablar de cuál clase de poder es el que se quiere construir, cuál la estrategia para lograrlo y de los hechos concretos en los que ella se vuelve realidad.


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