
Víctor Solano Franco
Comunicador social y periodista
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Hay activos que no cotizan en bolsa, pero que definen la calidad de vida de una sociedad. El silencio es uno de ellos. Invisible, intangible, muchas veces ignorado… hasta que desaparece. Entonces se vuelve evidente que no era un vacío, sino un bien escaso.
Este 29 de abril, cuando se conmemora el Día Internacional de Concienciación sobre el Ruido, convendría hacer una pausa —sin ironías— para pensar en lo que estamos perdiendo. Porque el ruido no solo incomoda: invade, deteriora y, en muchos casos, agrede.
Durante años, pueblos como Barichara —reconocido como “el pueblo más lindo de Colombia”— construyeron su atractivo sobre dos pilares: su patrimonio arquitectónico y su tranquilidad. Lo mismo ha ocurrido en Villa de Leyva. No eran destinos de estridencia, sino de contemplación. Lugares para caminar despacio, para escuchar el viento, para desconectarse del ruido del mundo.
Hoy, sin embargo, esa promesa está en riesgo. Lo que antes era excepción se ha vuelto tendencia: bares que elevan el volumen sin consideración, música que se extiende hasta la madrugada, y ahora incluso “chivas rumberas” que convierten el ruido en un espectáculo itinerante. El problema no es la rumba en sí —cada quien tiene derecho a divertirse—, sino la imposición. La idea equivocada de que todos deben compartirla, quieran o no, al ritmo de los decibeles.
Este fenómeno no es aislado ni exclusivo de los pueblos. En las ciudades, el silencio también se ha vuelto una especie en vía de extinción. En Bogotá, Medellín, Cali y Bucaramanga, el ruido ha desbordado los espacios tradicionales de ocio. Ya no se limita a zonas de discotecas. Hoy lo generan motociclistas que modifican sus vehículos para amplificar el sonido, grupos que se reúnen en rotondas para hacer piques, o caravanas nocturnas que convierten la ciudad en una pista de exhibición sonora.
En Bucaramanga, por ejemplo, la zona del estadio se ha convertido en un escenario recurrente de este tipo de prácticas: aceleraciones a fondo, piruetas, ruido constante… muchas veces incluso frente a las autoridades. La señal es peligrosa: cuando el ruido se normaliza, también se normaliza la indiferencia.
Pero el problema va más allá del espacio público. También habita en lo cotidiano, en esos pequeños gestos que revelan una cultura del irrespeto: el pasajero que reproduce videos sin audífonos en el transporte público, el vecino que cree que su playlist es de interés general, la fiesta en un apartamento que desconoce horarios y contextos. Son actos aparentemente menores, pero que, sumados, erosionan la convivencia.
Y a veces, esa erosión escala. En Colombia, las riñas por ruido —especialmente por música a alto volumen— han derivado en hechos violentos e incluso en muertes. Es una paradoja brutal: lo que comienza como entretenimiento termina, en algunos casos, en tragedia.
Ahora bien, sería simplista ignorar que detrás de estos cambios también hay dinámicas complejas como la gentrificación. En lugares como Barichara, la llegada de nuevos habitantes ha traído inversión, dinamización económica y, en muchos casos, conversaciones valiosas sobre el ordenamiento territorial. Allí, incluso, se da un fenómeno interesante: ciudadanos que se adelantan a discusiones que las administraciones locales evaden, impulsando debates sobre los Esquemas de Ordenamiento Territorial y el futuro del municipio.
Pero el desarrollo no puede ser sinónimo de ruido. Ni la reactivación económica puede justificarse a costa del deterioro de la calidad de vida. Si el silencio era parte del valor diferencial de estos territorios, destruirlo es, en el fondo, atentar contra su propia sostenibilidad.
El silencio también es un activo turístico. Un recurso escaso en un mundo saturado de estímulos. Hay personas que viajan no para encontrar más ruido, sino para escapar de él. Ignorar eso es un error estratégico.
Y más allá del turismo, el silencio es un derecho. Un componente esencial de la salud mental, del descanso, de la convivencia. No es un capricho de quienes “no toleran la fiesta”; es una condición básica para vivir en sociedad.
Quizá el reto está en reequilibrar. En entender que la libertad individual tiene límites cuando afecta al otro. Que la cultura ciudadana no se mide solo en grandes discursos, sino en decisiones cotidianas. Que usar audífonos puede ser un acto de respeto. Que bajar el volumen también es una forma de convivir.
Porque al final, el silencio no es ausencia de vida. Es, muchas veces, su condición. Y si no aprendemos a valorarlo, a protegerlo y a regularlo, lo que perderemos no será solo la tranquilidad de un pueblo o el descanso de una noche. Será algo más profundo: la posibilidad de coexistir sin imponernos unos a otros.
Y ese sí sería un ruido difícil de silenciar.


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